
Todo libro de memorias sobre perros tiene una gran ventaja desde el comienzo: hay un perro. Que te describan la personalidad de un perro es un enorme placer, y se podría argumentar que todos los cachorros merecen una breve biografía: una serie interminable de cuadernillos dedicados a dar a cada individuo canino la atención que merece. Pero en un libro de memorias sobre perros, el animal, por más amorosamente observado que esté, existe en gran medida para enseñarle al autor alguna lección profunda y muy necesaria: cómo vivir el presente; cómo sanar emocionalmente; cómo amar incondicionalmente; cómo aceptar la muerte. El subtítulo de Living With Freddie, de Anna Heyward, sugiere que Freddie, un galgo italiano con un sistema nervioso permanentemente acelerado, le enseñó a Heyward “a ser humana”.
Es bastante grande eso como tener que aprenderlo pero, siendo justos con Heyward, parece más acertado decir que tuvo que aprender a ser la cuidadora de un perro. Y eso ya es suficientemente difícil.
Freddie tenía “alrededor de 8 años” y estaba esquelético cuando entró en la vida de Heyward. (Una rápida búsqueda de imágenes muestra que lo de esquelético parece ser la norma en esa raza). El correo electrónico inicial que recibió sobre él por parte del grupo de rescate hacía “alguna mención a problemas de conducta y de salud”, pero era “todo un poco vago”, escribe. “No me preocupé demasiado, en parte porque estaba entusiasmada y en parte porque pensaba que tener un perro sería fácil”.

Los perros adoptados de ocho años rara vez son fáciles. Para empezar, son relativamente viejos y a veces llegan con experiencias que los han dejado emocionalmente dañados y conductualmente difíciles de manejar. Muy pronto quedó claro que Freddie sufría una forma severa de ansiedad por separación. La primera vez que el novio de Heyward, Aaron, salió de su departamento después de la adopción, Freddie mostró una gran angustia: aullaba, rascaba e incluso se lastimaba mordiéndose la cola. Desde ese momento, la vida de Heyward pasó a estar consumida por el esfuerzo de asegurarse de que Freddie nunca quedara sin supervisión y de trabajar para mejorar su reacción de modo que pudiera quedarse solo sin peligro.
Si Heyward hubiera centrado su relato únicamente en la ansiedad de Freddie y en su propia ansiedad por la ansiedad de él, el libro podría haberse vuelto insoportablemente tenso. Pero ella escribe con mucha seguridad, variando el tono con frecuentes desvíos contextuales hacia la ciencia y con el ocasional vistazo a un Freddie más feliz.
Va ofreciendo datos entretenidos (como que Sobre el origen de las especies, de Charles Darwin se publicó en el mismo año, 1859, en que se celebró en Inglaterra la “primera exposición canina propiamente documentada”); resume figuras y descubrimientos clave en la historia del conductismo; y describe con belleza un momento en que Freddie persiguió ciervos dentro de un bosque y pareció habitarse a sí mismo por completo, con confianza. Menos satisfactoria es la subtrama de su relación cada vez más tensa con Aaron, agravada, aunque de ningún modo causada, por las necesidades de Freddie.
A este libro de memorias llega más de una clase de desamor, y en algún momento terminás sintiendo pena por todos. Uno de los elementos de ese dolor, la crianza de Heyward, apenas está esbozado, pero su efecto perdura con fuerza. Ella habla con franqueza del modo desgarrador en que su familia trataba a Sammy, el perro de su infancia, un mestizo pequeño que vivía enteramente en un “pequeño cuadrado de patio” fuera de la casa familiar en Australia, “día y noche, solo”. Sammy “ladraba constantemente” y, cuando los vecinos se quejaban, un hombre con una remera de “Bark Busters” fue a la casa para enseñarles a arrojarle a Sammy “trozos cortos de cadena” para hacerlo callar. Igual de inquietante es la manera estricta en que los padres de Heyward juzgaban y castigaban a la propia autora.

“Cuando era niña, el amor y la obediencia estaban irremediablemente mezclados en mi mente”, escribe. “El castigo tenía que ser desagradable porque debía abordar tu maldad interior, la causa del mal comportamiento”. Luego enumera castigos que incluían “golpes, encierro en una habitación con llave” y “la prohibición de interactuar con hermanos o amigos, los gritos, que nos dijeran que éramos malos, egoístas o irritantes”. En un momento particularmente conmovedor escribe que, con Freddie, “todavía estaba tratando de entender cómo era el amor cuando el dolor no formaba parte de él”.
Heyward a menudo da la impresión de ser una alumna ejemplar intentando imponer su pura laboriosidad sobre problemas emocionales fuertemente enredados. “Creía que la mayoría de las cuestiones del sentir y del ser podían resolverse”, escribe, “y si no podían, era porque yo no estaba trabajando lo suficiente en ellas”.
A pesar de confesiones como estas, no queda del todo claro hasta qué punto Heyward conecta ciertos puntos sobre sus propios sistemas de respuesta emocional. Pero, al mismo tiempo, parte de su conclusión final es que, cuando se trata de animales, en el mejor de los casos somos narradores profundamente sospechosos e incluso podemos convertirnos, sin querer, en antihéroes. Lo que aprendió sobre las mascotas podría aplicarse a cualquier relación supuestamente amorosa, incluidas las relaciones entre seres humanos: “En realidad, era muy difícil estar a la altura de un perro”.
Fuente: The New York Times



