
A los 89 años, Dustin Hoffman publicará en Estados Unidos sus memorias, Look at Me, el 11 de noviembre, un libro en el que revisa seis décadas de carrera y fija una idea que atraviesa su balance personal: después de una vida marcada por el reconocimiento, “el éxito es más fácil” que la felicidad.
En 2027 se cumplirán 60 años del estreno de El graduado, la película de Mike Nichols que convirtió al actor en una estrella cuando tenía 30. En los siguientes 20 años, encadenó títulos como Cowboy de medianoche, Perros de paja, Todos los hombres del presidente, Kramer contra Kramer, Tootsie y Rainman, recibió seis nominaciones al Óscar y ganó dos.
Según The New York Times, Hoffman asegura que mirar hoy su trabajo le produjo una sorpresa poco habitual en un actor conocido por su autoexigencia. “Siempre tuve dudas sobre algunas de mis interpretaciones, pero al volver a ver las películas, pensé: ‘Está bastante bien. Si lo viera en otra persona, lo pensaría’”, dijo al diario.
El actor también describió ese reencuentro con su pasado como una experiencia de extrañamiento. “Recordar versiones más jóvenes de mí mismo es como ver a otra persona en ese momento de mi vida”, afirmó.

Al comienzo, casi nadie apostaba por él. Cuando comunicó a su familia que quería ser actor, una tía le dijo que no era lo bastante guapo, una objeción que también remitía a su físico en una época en la que figuras como Warren Beatty o Sidney Poitier respondían al molde dominante del galán alto y seguro.
Hoffman, con 1,65 metros de altura, terminó quebrando ese patrón. Su Benjamin Braddock en El graduado encarnó un tipo de protagonista vulnerable, inseguro y contradictorio que conectó con una generación de espectadores y acompañó la transformación del cine de Estados Unidos desde 1967.
Esa mutación fue también industrial. Los grandes estudios perdían millones con musicales tradicionales y estrellas envejecidas, mientras una nueva camada de directores influida por el cine de autor europeo, entre ellos Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, George Lucas, Martin Scorsese y Nichols, desplazaba el centro de gravedad de Hollywood.
Antes de ese salto, Hoffman era un actor casi desconocido que había trabajado sobre todo en Broadway. Durante la prueba de cámara de El graduado estaba tan nervioso que olvidó sus líneas.

La elección resultó decisiva. A partir de allí, consolidó una galería de antihéroes neuróticos, hombres corrientes o personajes de clase trabajadora que se alejaban de la imagen perfecta de las décadas anteriores y ayudaron a redefinir qué podía ser una estrella de cine.
El libro no fue un ejercicio aislado de archivo personal. Mientras escribía, murieron algunos de sus amigos más cercanos, entre ellos Robert Redford, con quien compartió Todos los hombres del presidente, y también Gene Hackman y Robert Duvall, compañeros de una juventud precaria en Nueva York.
“Su muerte fue un golpe”, recordó sobre Redford. “Mientras escribía el libro también fallecieron otros dos viejos amigos, Gene Hackman y Robert Duvall, con quienes viví en Nueva York cuando teníamos veintitantos y empezábamos nuestras carreras como actores. Es extraño ser el último de los tres que queda con vida”.
Su historia con Hackman venía de mucho antes de la fama. Ambos nacieron en California y estudiaron en la misma escuela de interpretación en Pasadena; Hackman tenía 26 años y Hoffman, 19, y una anécdota repetida los une desde entonces: sus compañeros los votaron como “los dos estudiantes con menos posibilidades de triunfar”.

Hackman fue expulsado de la academia tras obtener las peores calificaciones registradas allí y se mudó primero a Nueva York para probar suerte. Dos años después lo siguió Hoffman, que se instaló en su pequeño apartamento hasta que la convivencia se volvió imposible y terminó viviendo con Robert Duvall, otro actor principiante.
Hoffman construyó su reputación sobre una preparación minuciosa, preguntas constantes y una inmersión emocional poco frecuente en sus personajes. El director Sydney Pollack, que lo dirigió en Tootsie, resumió ese método con una frase que se volvió célebre: “Dustin hacía cien preguntas. Noventa y nueve de ellas eran geniales”.
Ese mismo impulso modeló el libro. Hoffman explicó que sus memorias están organizadas por temas y no por cronología porque así funciona ahora su recuerdo: “Cuando llegas a los ochenta y tantos, tus recuerdos dejan de ser una progresión lineal. Todas las personas que has sido y todo el trabajo que has hecho se convierten en un mosaico en tu mente”.
Para escribirlas, volvió a ver toda su filmografía. “Sinceramente, me sorprendió lo buenas que son muchas de ellas”, dijo, y puso como ejemplo La cortina de humo, de 1997, y Todos los hombres del presidente, de la que sostuvo que sigue “llena de suspense”.

Sobre esta última evocó un método de trabajo propuesto por Redford cuando interpretaban a Woodward y Bernstein, los periodistas que destaparon el caso Watergate en The Washington Post. “Robert Redford tuvo una gran idea para esa película: que ambos nos aprendiéramos los diálogos del otro, además de los nuestros. Así podíamos hablar a la vez, decir lo mismo, sorprendernos mutuamente y a los demás actores de la película, sin preocuparnos por quién había dicho qué”.
El actor extendió esa reflexión al modo en que las imágenes fijan una vida. Sostuvo que, durante la mayor parte de la historia humana, nadie podía revivir su pasado a través de fotografías ni, mucho menos, de películas; hoy, en cambio, casi cualquier persona crea un archivo visual de sí misma con teléfonos inteligentes y redes sociales.
En su caso, ese archivo produjo distancia. “Mientras veía todas las películas pensaba: ‘¿Pero quién hizo esto?’”, bromeó. “En las que estuve bien, no sé qué hice ni cómo lo hice. Siento como si en la pantalla hubiera una persona completamente distinta”.

Desde aquellos rodajes, su vida cambió de escala y de forma: estuvo casado dos veces, tuvo seis hijos, dirigió en 2012 El cuarteto y este año protagonizó Tuner, un thriller de atracos de Daniel Roher en el que interpretó a Harry Horowitz, un afinador de pianos anciano y figura paterna de un joven pianista con hiperacusia.
Al explicar cómo encara cada papel, volvió a una definición que también ilumina el libro. “Siempre empiezo intentando buscar puntos en común entre ‘mi personaje’ y yo. Subrayo las comillas porque intento encontrar en quien interpreto una versión o un resquicio de mí mismo. Así no pienso tanto en el resultado, sino en estar presente y ser auténtico”.
La escritura de esas memorias contó con la colaboración de Ariel Levy, redactora de The New Yorker, que editó y coescribió el volumen. El libro entra en asuntos personales, entre ellos la relación entre éxito y felicidad, una cuestión sobre la que Hoffman, después de 89 años, respondió sin vacilar: “El éxito es más fácil”.


