
Una de las épocas más brillantes para el desarrollo del arte y el pensamiento en España fue el Siglo de Oro. A esta etapa pertenecieron genios como don Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Lope de Vega o Luis de Góngora. Una larga lista de nombres en la que no puede faltar el de Baltasar Gracián, un profesor, predicador jesuita y rector del colegio de Tarragona, autor de una de las obras más importantes del periodo.
La escritura de este hombre, nacido en 1601 en Belmonte de Calatayud (Zaragoza), condensó la mirada desengañada de su tiempo en tratados, aforismos y ficción alegórica. Libros como El héroe, El discreto, Agudeza y arte de ingenio, Oráculo manual y arte de prudencia y El Criticón abordaron la conducta, la inteligencia y el trato social, con un autor que defendía a capa y espada la prudencia, el juicio propio y la capacidad de leer las intenciones ajenas en una sociedad que consideraba llena de apariencias. Sus obras eran desobedientes y satíricas, por lo que fue duramente castigado por la cúpula de los jesuitas y acabó viviendo sus últimos días en la miseria.
Con todo, durante su vida dejó algunas reflexiones que hoy en día siguen siendo muy recordadas, como esta advertencia contra los extremos: “Aprobarlo todo suele ser ignorancia; reprobarlo todo, malicia”. Con estas palabras, Baltasar Gracián opone dos formas de juicio defectuoso. Si aceptar las cosas de manera automática revela una falta de discernimiento, condenarlo todo sistemáticamente demuestra una disposición hostil ante cuanto hacen o piensan los demás. Y es que, para él, juzgar siempre exigía atención, medida y distancia.

El significado de la frase de Baltasar Gracián
Para el filósofo español, alguien que celebra cualquier idea o conducta está renunciando a distinguir entre lo razonable y lo equivocado. Lejos de reclamar una desconfianza permanente, su pensamiento sí defendía una mirada capaz de valorar circunstancias, intereses y consecuencias antes de adscribirse a una opinión ajena o a una corriente dominante. De hecho, Gracián observaba con dureza el comportamiento colectivo de la sociedad en la que vivía, llegando a describir al vulgo en El Criticón como “una sinagoga de ignorantes presumidos”.
La segunda parte de la frase también es importante, ya que Gracián nos advierte de quien convierte la crítica en una costumbre. “La impugnación moderada da ocasión a la enseñanza cumplida”, reza en uno de los aforismos que escribió en Oráculo manual y arte de prudencia. La contradicción nos puede aportar conocimiento, pero para ello debe evitar la porfía, el agravio y la necesidad de imponerse sobre los demás. En un tiempo de opiniones veloces y adhesiones públicas inmediatas, su planteo conserva vigencia: discrepar no obliga a descalificar, del mismo modo que coincidir tampoco libera de la obligación de pensar.
En defensa de los juicios independientes
Las ideas de Gracián no se alejan mucho de las de otros filósofos célebres. Dos siglos más tarde, el pensador inglés John Stuart Mill formuló una defensa del buen juicio que también llama a la cautela. “Toda supresión de la discusión supone infalibilidad”. Así, cuando alguien prohíbe el debate o silencia las opiniones contrarias, está asumiendo implícitamente que posee la verdad absoluta y que es incapaz de equivocarse. Mill sostenía que una opinión errónea puede ayudar a comprender mejor una verdad, pues el contraste obliga muchas veces a que revisemos nuestros propios argumentos.
Por su parte, el alemán Friedrich Nietzsche también se mostraría muy crítico con todas esas cuestiones que aceptamos como ciertas sin cuestionarlas. “Las convicciones son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras”, advertía. Sus palabras coincidían con la desconfianza de Gracián hacia las adhesiones más rígidas, si bien el filósofo de Humano, demasiado humano puso el foco en el riesgo de transformar creencias en certezas.
Sea como sea, vemos que son varios los filósofos que han reflexionado sobre cómo debemos encajar las opiniones externas. Quien es capaz de desarrollar una crítica fundada y de reconocer aciertos sin caer en la complacencia, así como de señalar errores sin convertir el rechazo prácticamente en una identidad, habrá desarrollado el buen juicio necesario como para poder acceder al conocimiento de la mejor forma posible.