La crisis de Ceuta mueve a recordar que la cuestión migratoria no es solamente un problema humanitario o de seguridad. Las más de 70.000 personas que llegaron a esa ciudad en dos días obligaron a revisar conceptos de los que tanto hablamos desde la posguerra: soberanía, relaciones internacionales o colonialismo. El episodio llevó al Gobierno español a declarar la situación de interés para la seguridad nacional. Dentro de la Unión Europea, Italia restableció controles con España invocando razones de seguridad. España respondió con reciprocidad y, esta misma semana, el gobierno de Pedro Sánchez aprobó los anteproyectos de una nueva ley de asilo y de reforma de la Ley de Extranjería para adaptar la legislación española al nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo. Y no muy lejos de allí, en el océano Índico, otra antigua frontera colonial está atravesando su propio proceso: Mayotte. Se trata de una de las cuatro grandes islas del archipiélago de las Comoras, situado entre Madagascar y la costa oriental de África. Las otras tres, Grande Comore, Anjouan y Mohéli, constituyen desde 1975 un país soberano, al independizarse de Francia en un traumático proceso. La paradoja comienza mucho antes de la llegada de los europeos. El archipiélago fue poblado inicialmente por poblaciones africanas. Desde la Edad Media llegaron comerciantes y poblaciones árabes y persas. Durante siglos las islas estuvieron organizadas en distintos sultanatos. Sufrieron guerras internas, disputas dinásticas, incursiones procedentes de Madagascar y el tráfico de esclavos. Portugueses y franceses aparecieron en las rutas del océano Índico, pero la presencia europea tardaría todavía en convertirse en dominio colonial. En 1841 el sultán Andriantsoly cedió Mayotte a Francia buscando protección frente a sus adversarios. Las otras islas siguieron después: Grande Comore quedó bajo protectorado francés en 1886, Anjouan en 1887 y Mohéli en 1892. En 1912 las cuatro quedaron integradas en la colonia francesa de Madagascar y Dependencias. Desde 1946 las Comoras constituyeron un territorio francés de ultramar. En una de las últimas oleadas descolonizadoras de la posguerra, el Gobierno francés se vio compelido a efectuar durante 1974 una consulta a la población de las islas sobre la independencia. Mayotte votó por permanecer francesa, mientras el resto de las islas votó abrumadoramente por independizarse. Francia decidió que la consulta debía ser interpretada isla por isla. Las Comoras y buena parte de la comunidad internacional sostuvieron lo contrario: el territorio colonial era el archipiélago en su conjunto y la descolonización debía producirse respetando sus fronteras. En diciembre de 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas condenó la separación de Mayotte y sostuvo que la isla formaba parte integrante del territorio comorense. La resolución 31/4 fue aprobada por 102 votos contra uno, con 28 abstenciones. En tanto, el Consejo Constitucional francés consideró que Mayotte no podía abandonar la República sin el consentimiento de su propia población. En 1975 se estableció una consulta específica para la isla y la respuesta, al año siguiente, fue permanecer en Francia. Desde entonces la decisión se profundizó. En 2009, el 95,2 % votó a favor de la departamentalización. En 2011 Mayotte se convirtió en departamento francés y en 2014 pasó a ser una región ultraperiférica de la Unión Europea. La posición comorense tampoco desapareció. Tras la independencia, las Comoras atravesaron una historia política extremadamente inestable, con golpes de Estado, intervenciones militares y fuertes disputas entre las islas (intrigas muchas veces promovidas desde Francia). La Constitución de 2001 intentó resolver esas tensiones mediante una estructura de amplia autonomía insular y una presidencia que debía rotar entre las islas. La reforma constitucional de 2018 modificó sustancialmente aquel equilibrio y fortaleció el poder presidencial. En el campo diplomático, las Comoras continúan reivindicando Mayotte y Naciones Unidas nunca abandonó completamente aquella posición histórica. El resultado es una situación extraordinaria: una antigua potencia colonial administra un territorio de ultramar, que es una frontera europea, cuya soberanía es reclamada por el Estado nacido de la descolonización de ese mismo territorio. Francia varió su posición frente a las reivindicaciones de las diferentes islas. Cuando Anjouan intentó separarse de las Comoras en 1997 y llegó incluso a solicitar una vinculación con Francia, París no aceptó la propuesta. Cuando la Unión Africana intervino militarmente en 2008 para restablecer el control del Gobierno comorense sobre Anjouan, Francia apoyó. La explicación jurídica francesa es que Mayotte decidió permanecer francesa antes de la independencia de las Comoras (autodeterminación); Anjouan intentó separarse de un Estado ya independiente (integridad territorial). ¿No hay acaso una contradicción? Hoy la cuestión territorial se cruza con el fenómeno migratorio. Anjouan está a unos 70 kilómetros de Mayotte. Durante siglos sus habitantes circularon por un mismo espacio económico, cultural, familiar y religioso. Pero ahora uno es territorio francés integrado en la Unión Europea y el otro uno de los países más pobres del mundo. Surgen rutas clandestinas que involucran a otras islas, como Grande Comore, o a Madagascar, hacia donde llegan personas procedentes de países como la República Democrática del Congo, Burundi, Ruanda, Tanzania o Somalia. Desde allí, algunos intentan alcanzar Mayotte. La Organización Internacional para las Migraciones identifica a las Comoras como un importante espacio de tránsito de esta migración mixta hacia la isla. En 2017, el 48 % de la población de Mayotte tenía nacionalidad extranjera, unas 123.000 personas; alrededor del 95 % de ellas eran comorenses. Al mismo tiempo, el 42 % de todos los habitantes de la isla había nacido fuera de Mayotte. Más del 95% de los 230.000 habitantes totales -2020- son musulmanes. En 2025 Francia registró más de 21.400 expulsiones desde Mayotte, de las cuales aproximadamente el 96 % correspondieron a comorenses. Se constituyó así un régimen migratorio con controles extraordinarios de identidad, retención y expulsión de extranjeros. Pero en 2020 la Corte Europea de Derechos Humanos condenó a Francia en el caso Moustahi c. France, referido a dos niños comorenses expulsados desde Mayotte. La Corte consideró vulnerados diversos derechos establecidos por el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Como en los casos de Ceuta y Melilla, se trata de avanzadas europeas en territorio extracontinental, sometidas a presión migratoria, atravesadas por la experiencia colonial y objeto de reivindicaciones territoriales desde Estados africanos. El orden internacional nacido después de 1945 proclamó la igualdad soberana, la autodeterminación y la descolonización. La integración europea, desde la década de 1950, agregó la promesa de la desaparición de las fronteras nacionales y la cooperación. Pero los enclaves europeos en África y los departamentos de ultramar son, a todas luces, vestigios de un pasado que no termina de cerrarse. Mientras Europa discute cómo repartir migrantes, cómo reforzar sus fronteras y cuánto poder otorgar a los Estados para expulsarlos, quizás convenga mirar también el mapa. Porque algunas de esas fronteras fueron dibujadas mucho antes de que existiera la Unión Europea. Y cuentan verdades que el Viejo Mundo preferiría mantener debajo de la alfombra.