
Katy tenía poco más de cuarenta años cuando le dijo a la monja lo que quería. No era una casa. No era un trabajo.
“Quiero una cama limpia para morir. Porque no sé si esta noche, cuando salgo a la calle, me matan o termino en la cama de un hospital que ni las sábanas nos cambian”.
La monja de las carmelitas descalzas de Neuquén Mónica Astorga, la escuchó. Y no se quedó de brazos cruzados.
Lo que siguió a esa frase fueron casi veinte años de trabajo con mujeres trans en Neuquén. Con el impulso de la monja armaron una peluquería, un taller de costura, una casa de encuentro, un centro de adicciones y, finalmente, el primer complejo de viviendas para mujeres trans de Argentina. Doce monoambientes inaugurados en 2020, con ducha propia, puerta con llave y una cama limpia.
Astorga recibió a Infobae en su departamento de Flores. Toda vestida de negro y con las uñas muy cortas, Mónica narró casi sin parar su vida hasta la actualidad. Desde su infancia en un pueblo bonaerense, el encuentro con las chicas trans y su actualidad alejada de la Iglesia.

La niña del techo de tejas
Mónica Astorga Cremona nació el 3 de diciembre de 1964 en el Hospital Piñero, en Buenos Aires. A los tres años sus padres se separaron. Su padre era, en sus palabras, “un mujeriego tremendo”. Su madre no dudó. Agarró a Mónica y se fue a Rauch, el pueblo del interior bonaerense donde había crecido. Una familia separada en esa época no era cosa común. Menos aún una mujer que tomaba la decisión sola y se iba.
En Rauch, Astorga aprendió a estar sola sin sentirse sola. Salía del colegio y en lugar de ir directo a su casa, que quedaba a tres cuadras, entraba a la iglesia. Se sentaba frente a un Cristo muy grande. Se quedaba quieta, sin hacer nada en particular, sin rezar en voz alta. Después seguía para su casa. “No pensaba nada. Simplemente estaba ahí”, afirma en diálogo con Infobae.
Su madre habló con las hermanitas que trabajaban en el hospital del pueblo. Le preguntó si Mónica podía ir a estar con ellas después del colegio. Así que Astorga salía de clases, hacía los deberes y caminaba tres cuadras hasta el hospital. Tenía siete años.
En su casa había una galería larga y techos muy altos. La directora del colegio las había invitado al grupo guía, una rama de los scouts, y les enseñaron a hacer nudos y a armar cruces con piolín. Astorga subía por una antena del vecino que daba a su patio, trepaba al techo de tejas y desde ahí se veía todo el pueblo. Pasaba horas sentada arriba, haciendo crucecitas, mirando.
A los quince años, la mandaron a Buenos Aires para que pudiera seguir estudiando. La familia no tenía dinero para costear el secundario en Rauch. Se fue a vivir con una tía, hermana de su padre. Lo que le prometieron y lo que encontró fueron dos cosas distintas. “Terminé siendo la sirvienta de la casa, entregando la mitad de mi sueldo que ganaba en una tienda de Flores para cubrir su estadía. La otra mitad se iba en los viajes. No me quedaba nada”, cuenta Mónica.

Siguió con la idea de ser monja, pero la vida la fue empujando hacia otro lado. Cambió al secundario nocturno para poder trabajar. Salía a bailar los fines de semana. Tuvo novio. Pero sentía, dice, “un vacío tremendo”. Nada le daba lo que buscaba.
Un sábado, una compañera del trabajo la invitó a un grupo de jóvenes en la parroquia de San Pantaleón, en Mataderos. Astorga se negó. “No me hables de la Iglesia”. Pero estaba tan mal ese día que fue. Entró al templo y sintió lo mismo que sentía de chica en Rauch frente al Cristo grande. “Era lo único que me daba paz. Lo que llenaba ese vacío”, afirma y se le iluminan los ojos.
Tenía dieciocho años. A los seis meses le dijo a un sacerdote de la parroquia que lo suyo era ser religiosa. Él le respondió: “Estaba esperando que lo dijeras”.
Veintisiete horas en tren hasta Neuquén
Lo que siguió fue un proceso de búsqueda que Astorga describe sin rodeos. “Paraba a las monjas que se cruzaba en la calle y les preguntaba cuál era su misión”, recuerda. El sacerdote le fue dando direcciones de distintas congregaciones. Ella las visitaba. En ninguna encontraba del todo su lugar hasta que alguien le habló de un monasterio recién fundado en Neuquén.
Pidió las vacaciones adelantadas en la tienda. Tomó un tren. Veintisiete horas de viaje.
Llegó a un barrio humilde de Neuquén y encontró dos casitas prefabricadas unidas. Nada ostentoso. Nada imponente. Eso la impactó más que cualquier otra cosa. “Parecía que había vivido toda mi vida ahí”, cuenta Astorga.

En septiembre de 1984 hizo la primera visita. En diciembre volvió para el mes de convivencia que exigía la congregación antes de tomar una decisión. En agosto de 1985 se puso el hábito por primera vez. Recuerda el día con precisión. “Fue el 15 de agosto. Estaba feliz”.
La vida en el monasterio de clausura tenía una estructura que Astorga encontró cómoda. Momentos de oración en silencio, momentos de vida comunitaria, recreo después del almuerzo y la cena, formación, trabajo. Recibían el diario todos los días. Miraban películas los fines de semana. La superiora de entonces era una mujer abierta que organizaba desayunos para los chicos del barrio con problemas familiares y los atendía en la puerta del monasterio, algo que en otros conventos de la época habría sido un escándalo.
Con los años, Astorga llegó a ser madre superiora del monasterio de Neuquén en dos trienios. También fue consejera dos veces en la asociación que agrupa a catorce monasterios carmelitas. Desde esa posición observó de cerca lo que describe sin eufemismos como “internas peores que los políticos”. Campañas previas a las elecciones de superiora, presiones de los obispos sobre las votaciones y diferencias de trato según el cargo que cada una ocupara.
“El día que dejás de ser superiora, el que te llamaba deja de llamarte. Te borra del mapa”, explica Astorga resignada.
Romina llegó a dejar el diezmo
Era 2006 cuando Romina entró a la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en Neuquén. Venía a dejar el diezmo. El sacerdote, un misionero italiano al que todos tildaban de conservador, le preguntó de dónde venía ese dinero. “De la prostitución - dijo Romina-. Es el único trabajo que podemos hacer las trans”. El cura le respondió que era una hija de Dios y le preguntó qué quería hacer con su vida. Ella dijo que quería estudiar peluquería.
Entonces llamaron a Mónica. “Mónica, ¿no querés hablar vos? Porque sos más joven, la vas a entender mejor”.
Era la primera vez que Astorga de 20 años, monja de clausura, se sentaba frente a una mujer trans. No fingió saber lo que no sabía. “Por ignorante, no quiero lastimarte. Entonces hablame vos. Contame. ¿Cuándo te sentiste mujer? ¿Cómo lo viviste?”, recuerda que le dijo a Romina.

Dos horas después, Astorga le hizo una pregunta: “¿Cuántas son las que quieren dejar la calle?”. Romina respondió: “Todas. Acá somos entre cien y ochenta”. “Andá a buscarlas y traelas”, dijo la monja.
“¿Qué podés hacer vos, monja de clausura?”
A los tres días, Romina volvió con cuatro. Las cinco mujeres entraron al monasterio con el escepticismo de quien ya aprendió a no esperar nada de nadie. Una fue directa: “¿Qué podés hacer vos? Hemos golpeado todas las puertas. Nadie nos abrió. La Iglesia no nos deja entrar”.
No era una exageración. En muchas iglesias de Neuquén no las dejaban pasar. Si se sentaban en los bancos, los feligreses se corrían.
Astorga las llevó a la capilla del monasterio. Antes de entrar, una preguntó: “¿Pero podemos entrar nosotras?”. La monja quiso saber por qué no podrían. “Porque nos dijeron que Dios no nos quiere”. Lloraron dentro de la capilla. Cuando salieron, Astorga les hizo la pregunta que usaría como punto de partida con cada una que llegara después. “¿Cuáles son los sueños que tienen? Porque si no tienen sueños, están muertas.”
Luján dijo que quería ser cocinera. Victoria, peluquera. Katy pidió la cama limpia.
“Yo no me puedo quedar de brazos cruzados, yendo a sentarme y diciendo: ‘Señor, te pido por las trans’. No. Si les estoy diciendo que sueñen, tengo que ayudarlas a que esos sueños se cumplan”, admite Mónica.
La confianza se fue construyendo de a poco. Nadie les había ofrecido ayuda sin querer algo a cambio. La familia las había expulsado, muchas a los ocho o diez años. Katy tenía trece cuando se fue de su casa. Las usaban y las desechaban. De repente había alguien que se sentaba con ellas a preguntarles qué soñaban.

Lo que construyó sin un peso de sueldo
Astorga no cobraba. Nunca cobró. Las monjas de clausura no tienen sueldo. La institución les provee todo dentro del monasterio. Afuera, no tienen nada. Pero eso no frenó lo que vino después.
Habló con el obispo. Le pidió una casa que el obispado tenía en desuso, destruida, sin más que las paredes. “Usted no se preocupe. Deme la casa y yo veo cómo se arregla”. Un empresario local la restauró y la equipó para recibir a mujeres que salían del hospital. En 2010 se inauguró.
La casa se llamó Santa Teresita. Tenía ducha, cocina y un salón de encuentro luminoso. Katy no quería que la llamaran “la casa para morir”. Astorga propuso otro nombre. Se llamo la casa del encuentro. Katy dejó la prostitución, empezó Alcohólicos Anónimos y montó su taller de costura en el fondo, que bautizó “Renacer”. Romina abrió su peluquería en un local alquilado con fondos de Cáritas Nacional.
En 2019, Sedronar propuso a Astorga crear un centro de atención para personas con consumos problemáticos orientado al colectivo trans. Ella aceptó con una condición: que las talleristas fueran las propias mujeres trans. El centro se montó en la misma casa Santa Teresita, con trabajadora social, psicóloga y talleres de computación, gimnasia y oficios.

Las cartas del Papa
Mónica Astorga conoció a Jorge Mario Bergoglio en 1987, cuando él era sacerdote jesuita en Buenos Aires y ella una novicia que viajaba desde Neuquén. Cada vez que bajaba a la capital, pasaba a verlo. Él la esperaba en la puerta del ascensor. Charlaban. Después fue arzobispo. Después papa. Los sábados llamaba al monasterio. La relación nunca se cortó.
Le escribía por mail. El secretario de Francisco escaneaba las respuestas manuscritas y se las enviaba. Astorga mandaba el mail a las siete de la mañana y a las cuatro de la tarde tenía respuesta.
Al principio, Francisco se refería a las chicas en masculino en sus cartas. Astorga lo corrigió. Poco a poco, el Papa fue cambiando. Al final escribía: “Dale saludos a tus chicas”.
En una carta, Francisco le escribió: “En la época de Jesús, los leprosos eran rechazados así. Ellas son los leprosos de la actualidad. No dejes el trabajo de frontera que te tocó”. En otra: “Sigue trabajando así, acompañada por la comunidad y sin dejar la oración. Rezo con y por ti”. En otra más, cuando Astorga le contó los ataques que recibía dentro de la Iglesia, Francisco usó una sola palabra para describir lo que veía: “clericalismo mezquino”.
Cuando Francisco murió, Astorga quedó, en su propia palabra, huérfana.
“Yo me levantaba cargada. Mi desahogo era él. Le mandaba el mail a las siete de la mañana y a las cuatro de la tarde tenía su respuesta. Todas manuscritas. Él leía todo, todo, las cartas, todas”, cuenta y se emociona.

El obispo que la llamó “escandalosa”
En diciembre de 2020, el obispo Fernando Croxatto visitó el monasterio. Le preguntó a Astorga si no se había cuestionado llevar una vida más activa que la que correspondía a una monja de clausura. Ella le respondió que acompañaba a las trans sin dejar sus obligaciones dentro del convento. Un mes después, Croxatto le comunicó que varias hermanas del monasterio se oponían a su trabajo.
Las acusaciones que circularon dentro de la comunidad fueron concretas. Decían que se iba del convento a la mañana a las casas de las trans y volvía a la noche. Que se había llevado el dinero del monasterio. Que salía a buscarlas a la ruta.
“Jamás dejé de hacer nada - dice Astorga-. Todo lo que yo digo, se lo dije en la cara. Y si no me dieron la cara, se lo mandé por escrito”.
Ninguna de sus compañeras ni ningún superior fue a sentarse con ella a preguntarle cómo trabajaba. Una foto con una bandera del orgullo en el taller de Katy circuló como prueba de que había ido a la Marcha del Orgullo. La foto era del taller. Astorga nunca había estado en ninguna marcha. “Si en vez de estar en semejante conventillo metidos, alguno hubiera venido a sentarse conmigo”, se lamenta Astorga.
Hubo una foto con un paraguas del orgullo que sí fue intencional. Habían tenido una reunión con las chicas en el monasterio, llovía, una de ellas tenía ese paraguas y Astorga le pidió que se lo prestara. “Esa sí la hice a propósito. Porque había cosas que ya me chocaban y en algunas cosas empecé a provocar”.
La presión fue creciendo. Astorga se fue a Buenos Aires un tiempo. Cuando volvió a Neuquén, las otras monjas le pidieron que se fuera. Se trasladó a Córdoba. Recibió el mismo rechazo. Entonces tomó una decisión. “Decidí tomar distancia porque si no iba a perder hasta la fe”, explica.
Pidió un año. Le dijeron que tenía que estar sin hábito. Después le dijeron que tenía que dejar de ser monja. El Vaticano aceptó su desvinculación de la Orden de las Carmelitas Descalzas en 2024. Cuarenta años después de haber entrado.

La llave de un departamento a los sesenta años
Entró al monasterio con veinte años. Salió con sesenta. Sin aportes jubilatorios. Sin ahorros. Sin sueldo acumulado. Con una depresión que describió como enorme.
Las carmelitas le entregaron la llave de un departamento en Flores, en Buenos Aires, con un contrato de diez años sujeto a condiciones. Mónica no podía ingresar a ninguna congregación religiosa, ni casarse, ni convertir el departamento en un refugio.
“Yo estaba con una depresión enorme. Pero no podía quedarme tirada en una cama medicada. Tenía que hacer algo”, admite.
Una mujer trans de Mar del Plata le pagó un curso de peluquería masculina y barbería. Nueve meses de formación, más todas las herramientas. Astorga empezó a ir a las duchas comunitarias de Barracas a cortarles el pelo a los hombres en situación de calle.
Un día, yendo al curso por la avenida Rivadavia, vio en la vereda, frente a un supermercado, a una señora sentada en el piso sin calzado. Los pies destruidos. “¿Y quién se ocupa de los pies de los pobres?”, se preguntó.
Empezó con un curso básico de podología. Después profundizó. Hoy atiende en una peluquería de Flores dos días a la semana. Tiene pacientes con cáncer y diabetes que no pueden pagar atención. Cuando puede, se escapa al Hospital Borda, donde visita a mujeres trans internadas y a pacientes crónicos que no reciben visitas. Lleva alfajores y atados de cigarrillos.
Lo que hace con los pies es lo mismo que hacía en el locutorio del monasterio. Mónica escucha y palpa. Detecta el dolor antes de que la persona lo nombre. “Cuando ya llevo varias sesiones con alguien, le digo: ‘Estás muy mal’. El otro día una señora se largó a llorar y me abrió todo”.
El dueño del local donde trabaja tardó meses en entender por qué la gente salía de su turno diferente. Un día buscó su nombre en internet. Fue a verla llorando. “Yo quiero que la persona que yo atiendo se vaya caminando bien, en paz. Que no se lleve dolor en los pies. Y si puede irse aliviada de lo otro que trajo también, mejor”, explica Astorga.

Lo que quedó en pie
Katy hoy dirige la casa Santa Teresita. Lleva más de cuatro años sin alcohol. Romina tuvo un ACV y vive a pocas cuadras del centro de Neuquén, con la salud delicada. Los doce monoambientes del complejo habitacional siguen ocupados. Algunas de las primeras inquilinas se mudaron. Otras están construyendo su propia casa.
Cuando se cumplieron veinte años del primer encuentro con las chicas, en julio de 2026, Astorga se presentó de sorpresa en Neuquén. Las que estaban le dijeron que lo que le había pasado había sido culpa de ellas. Astorga les respondió que no. Que era la miseria humana, nada más. Que si volviera a nacer, volvería a hacer lo mismo.
Las mujeres trans fueron las primeras en ayudarla cuando quedó sin nada. Katy y otras le pasaban dinero todos los meses. Todo lo que hay en su departamento de Flores llegó de manos de ellas.
“Para ellas sigo siendo la hermanita Mónica. Para Katy soy su mamá”.
Argentina registró en 2025 al menos 227 crímenes de odio contra personas del colectivo LGBTIQ+, basados en la orientación sexual o la identidad de género, según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio. La cifra implicó un aumento del 62% frente al año anterior. El observatorio señaló que se trató del número más alto desde que comenzó a funcionar hace 10 años. El registro equivale a un crimen cada 38 horas.
Mónica sigue yendo a la iglesia cuando lo cree necesario, pero siempre se va antes de que empiece la homilía del sacerdote. “Es que no les creo”, sostiene con una sonrisa plena que deja ver todos sus dientes.



