En primer plano, el joven portavoz Elliott James “L.D.” Barkley (con anteojos) y Frank “Big Black” Smith (con gorra blanca, al centro) coordinan las demandas frente a los observadores externos en un intento de frenar la inminente represión armada

El saldo fue fatal: 43 personas murieron en Attica. Entre ellas había presos, guardias y empleados penitenciarios. Lo inimaginable: diez rehenes murieron durante el asalto, pero no fueron degollados por los presos, como afirmaron inicialmente las autoridades. Murieron por los disparos de las fuerzas de seguridad que habían entrado para recuperar la prisión.

Todo había comenzado cuatro días antes, el 9 de septiembre de 1971, cuando 1.281 presos tomaron parte de la cárcel estatal de Attica, en Nueva York, y capturaron a 42 empleados como rehenes. Exigían mejores condiciones de vida, atención médica, libertad religiosa, educación y el fin de los abusos. Durante cuatro días negociaron con las autoridades con la ayuda de abogados, periodistas y observadores externos, pero el acuerdo se quebró por una demanda que pareció excesiva: los presos querían garantías de que no serían castigados por haberse rebelado.

El 13 de septiembre, el Estado decidió entrar por la fuerza. Gases lacrimógenos, humo y más de dos mil disparos convirtieron el patio de la prisión en una masacre. Cuando terminó el operativo, 39 personas habían muerto solamente ese día para que Attica quedara bajo el control estatal. Lo que siguió fueron denuncias de torturas, abusos y graves irregularidades en la investigación, mientras durante décadas sobrevivientes y familiares siguieron reclamando que se conociera toda la verdad sobre lo ocurrido.

Monumento frente a la prisión en honor a los oficiales y empleados penitenciarios que fallecieron durante el levantamiento: todos, excepto uno, murieron por fuego de sus propios compañeros

Una prisión al límite

Attica no era una prisión cualquiera. Había sido construida en 1931 para albergar a unos 1.600 hombres, pero en 1971 encerraba a más de 2.200. La mayoría eran jóvenes afroamericanos y puertorriqueños, muchos provenientes de los barrios más pobres de Nueva York. Del otro lado estaban los guardias, prácticamente todos hombres blancos procedentes de comunidades rurales del norte del estado. La distancia entre unos y otros no era solo geográfica: dentro de Attica estaba atravesada por el racismo, los abusos y una relación de poder casi absoluta.

Las celdas eran pequeñas, el hacinamiento era permanente y los presos podían pasar entre 14 y 16 horas al día encerrados. Solo tenían una ducha por semana y recibían una pastilla de jabón y un rollo de papel higiénico al mes. La comida era escasa y la atención médica, deficiente. Las visitas familiares se realizaban a través de una red metálica, el correo era censurado y las cartas escritas en español podían ser destruidas. También estaban restringidos los libros y la práctica de la religión musulmana.

El maltrato no terminaba allí. Los presos denunciaban abusos físicos, discriminación racial y un sistema disciplinario que utilizaba la humillación como forma de control. Los internos afroamericanos eran relegados a los trabajos peor pagados y sufrían el acoso constante de los empleados blancos. Attica no era un lugar destinado a rehabilitarlos, sino para castigarlos y destruir sus individualidades.

Pero los hombres privados de la libertad en aquel lugar no vivían aislados del mundo exterior. El movimiento por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam y el activismo político de finales de los años 60 y comienzos de los 70 también habían llegado a las cárceles.

Algunos presos estaban influenciados por los Panteras Negras, una organización que luchaba contra el racismo y la desigualdad en Estados Unidos; los Young Lords, un movimiento de activismo puertorriqueño; o el movimiento de los musulmanes negros, que también defendía los derechos de la población afroamericana. La muerte de George Jackson, integrante de los Panteras Negras y una figura de enorme influencia entre los presos, provocó incluso una huelga de hambre de cientos de internos de Attica en agosto de 1971.

Por todo esto, el descontento era generalizado y llevaba meses. En julio, los presos habían presentado al comisionado de Correcciones Russell Oswald y al gobernador Nelson Rockefeller una lista de demandas para mejorar sus condiciones de vida. Pedían mejor alimentación, atención médica, educación, libertad religiosa, acceso a libros y diarios y el fin de los abusos. Pero las autoridades no respondieron como esperaban. En lugar de aliviar la tensión, el director de la prisión, Vincent Mancusi, impuso nuevas restricciones sobre los materiales de lectura y las pertenencias personales.

Attica era un polvorín. Y solo hacía falta una chispa.

El levantamiento comenzó como una respuesta desesperada a un sistema de control estilo panóptico que militarizaba hasta las necesidades biológicas más básicas de los reclusos

La chispa

Todo se inició por una pelea entre dos presos durante el recreo del 8 de septiembre. Un guardia intervino para separarlos y terminó siendo golpeado. La situación parecía controlada, pero el director de la prisión, Vincent Mancusi, ordenó que los dos internos involucrados fueran enviados a “la caja”, como llamaban al confinamiento solitario utilizado como castigo disciplinario. Cuando los guardias fueron a buscarlos, otros presos se resistieron a que se los llevaran. Uno de ellos, William Ortiz, golpeó a un oficial con una lata de sopa y, como castigo, quedó encerrado en su propia celda.

A la mañana siguiente, la incertidumbre reinaba en la Compañía 5 del penal. Los presos exigieron saber qué había pasado con Ortiz, pero los guardias guardaron silencio absoluto sobre su estado y su posible castigo. Aprovechando el movimiento hacia el desayuno, un grupo de internos logró sacarlo de su celda para ponerlo a resguardo en otro sector.

Al descubrir la maniobra, las autoridades ordenaron el regreso inmediato de toda la Compañía a sus celdas tras la comida. Sin embargo, un fallo en la cadena de mando dejó a varios guardias sin previo aviso. Así, cuando los presos caminaban al patio, se encontraron con las puertas bloqueadas y los guardias atrapados junto a ellos. Convencidos de que estaban por ser reprimidos, los internos reaccionaron: en cuestión de minutos, la tensión acumulada explotó y la prisión se desbordó por completo. Algunos atacaron a los guardias, otros intentaron escapar y el caos se extendió a otros pabellones. Lo que había comenzado como un conflicto entre unos pocos presos se transformó en una rebelión que tomó por sorpresa a las autoridades.

En cuestión de horas, 1.281 de los aproximadamente 2.200 internos habían tomado el control de buena parte de Attica, incluido el patio D y el centro de control de la prisión. Cuarenta y dos guardias y empleados civiles quedaron como rehenes. Durante los enfrentamientos iniciales, varios guardias resultaron heridos. Uno de ellos, William Quinn, sufrió heridas graves y murió dos días después.

10 de septiembre de 1971: los reclusos amotinados de la cárcel de Attica, puño en alto, gritan sus reivindicaciones durante la visita de la comisión negociadora

La rebelión se organiza

La primera decisión fue evitar que el levantamiento se convirtiera en una matanza. Los presos sabían que tenían a decenas de guardias y empleados en su poder y que cualquier muerte podía ser utilizada para justificar una intervención armada. Por eso, establecieron reglas dentro del patio y organizaron grupos encargados de mantener el orden, atender a los heridos y vigilar a los rehenes.

Frank “Big Black” Smith quedó al frente de la seguridad. Era un preso condenado por robo que antes del levantamiento trabajaba en el lavadero y entrenaba al equipo de fútbol de la prisión. Ahora tenía una tarea muy diferente: impedir que los rehenes fueran atacados. Junto con otros internos, llegó a colocarse físicamente entre ellos y los presos que estaban más nerviosos.

Elliott James “L.D.” Barkley asumió otro papel importante en la toma. Tenía 21 años y estaba a pocos días de recuperar la libertad cuando comenzó el motín. Su capacidad para hablar y explicar lo que ocurría lo convirtió en uno de los principales portavoces de los internos. Frente a periodistas y observadores externos, dijo que los presos no estaban reclamando privilegios, sino condiciones y derechos que consideraban básicos para su existencia.

La organización también permitió que los presos empezaran a atender a los heridos y repartir los alimentos disponibles. En medio de un escenario que podía desmoronarse en cualquier momento, intentaban demostrar que podían mantener el control del patio. Incluso quienes ocupaban posiciones de liderazgo entendían que la supervivencia de los rehenes era fundamental para cualquier negociación.

Lejos de sumirse en la anarquía, los presos formaron comités de seguridad, salud y negociación, desafiando el orden absoluto del Estado

Mientras tanto, las autoridades se preparaban para el peor escenario. Policías estatales, agentes locales, funcionarios penitenciarios y efectivos de la Guardia Nacional comenzaron a concentrarse alrededor de Attica. Las torres de vigilancia quedaron ocupadas por hombres armados y los presos podían ver cómo aumentaba la presencia de fuerzas de seguridad detrás de los muros.

Los internos también se prepararon para un posible ataque. Reforzaron accesos, cavaron pequeñas trincheras y utilizaron cables para electrificar algunas puertas. No tenían armas de fuego sino cuchillos, garrotes y otras armas improvisadas. Aun así, creían que el riesgo de matar a los rehenes hacía improbable que las autoridades se atrevieran a entrar por la fuerza.

Pero antes de que comenzara cualquier operación, quedaba una posibilidad: negociar. Los presos habían tomado el control de una parte de la prisión y ahora querían utilizar esa posición para conseguir algo que llevaban meses reclamando. La cuestión era si el Estado estaba dispuesto a escucharlos.

Fuerzas de seguridad del Estado de Nueva York iniciaron el violento asalto armado al penal

Las negociaciones

Entre sus demandas, exigían también atención médica adecuada, mejores condiciones de higiene, visitas familiares sin las restricciones habituales, mejores salarios por los trabajos dentro de la prisión y el fin de los abusos y la censura. Pero había una exigencia que hizo la diferencia: garantías para que quienes habían participado en la rebelión no fueran procesados ni sufrieran represalias.

Para facilitar ese diálogo, los presos pidieron que se incluyeran personas ajenas al sistema penitenciario. Entraron abogados, periodistas, políticos y activistas que actuaron como intermediarios, entre ellos William Kunstler, un conocido abogado de derechos civiles, y Tom Wicker, periodista del New York Times. El comisionado de Correcciones Russell Oswald aceptó parte de las demandas, pero no pudo destrabar el pedido que los presos consideraban fundamental: la amnistía.

Los negociadores intentaron encontrar una fórmula que permitiera cerrar el acuerdo. Incluso Kunstler admitió que se estaban discutiendo alternativas cuando las conversaciones fueron interrumpidas; el gobernador de Nueva York se negó a viajar a Attica y tampoco aceptó reunirse con los presos. Los internos temían que, si liberaban a los rehenes y entregaban el penal, quedaran nuevamente a merced de las mismas autoridades que denunciaban.

Durante cuatro días las conversaciones continuaron sin una solución. La noche del 12 de septiembre, las autoridades del gobierno local junto comisionado de prisiones, Russell Oswald, decidieron dar por terminadas las negociaciones y preparar el asalto armado al penal. A la mañana siguiente, Oswald llevó a los presos una última propuesta y les pidió que liberaran a los rehenes, pero no les dijo que, si se negaban, el Estado entraría por la fuerza.

Los presos rechazaron la propuesta. La negociación había terminado. El asalto estaba a punto de comenzar.

Sí. Y es importante porque ahora mismo el relato salta del asalto a las consecuencias, pero falta contar qué ocurrió durante la recuperación y en los minutos inmediatamente posteriores: el tiroteo, la rendición de los presos, la muerte de algunos líderes y las represalias dentro del penal.

Policías estatales tras la masacre por el motín de cuatro días en la prisión de Attica, que dejó un saldo de 43 muertos

La masacre

A las 9:46 de la mañana, el gas lacrimógeno comenzó a llenar el patio D. Cientos de agentes avanzaron entre el humo mientras disparaban contra los presos. La visibilidad era prácticamente nula y los rehenes estaban mezclados con los internos. En menos de media hora, las fuerzas de seguridad efectuaron más de 2.000 disparos.

Cuando el humo empezó a disiparse, muchos presos ya se habían rendido. Algunos levantaron las manos; otros permanecían tendidos en el suelo. Sin embargo, varios sobrevivientes denunciaron que la violencia continuó después de que el Estado recuperara el control. Algunos de los dirigentes del levantamiento fueron buscados y golpeados, y hubo testimonios de ejecuciones, torturas y abusos sexuales.

Elliott James “L.D.” Barkley, uno de los principales portavoces de los presos, estaba muerto. Algunos testigos contaron que había sobrevivido al tiroteo inicial, pero que fue encontrado y asesinado después de la rendición. La investigación posterior también documentó las represalias contra los sobrevivientes: presos obligados a desnudarse, a correr entre filas de guardias que los golpeaban y a soportar otras formas de humillación y violencia.

En total, 39 personas murieron durante la recuperación: 29 presos y 10 rehenes; durante los días previos murieron otras cuatro personas, entre ellas el guardia Quinn y tres internos. El balance fatal de Attica llegó a 43 muertos.

Pero mientras los sobrevivientes todavía eran sometidos a abusos, las autoridades de la prisión y del gobierno comenzaron a difundir otra versión: dijeron que los presos habían degollado a los rehenes. Las autopsias demostraron después que los diez rehenes habían muerto por disparos de las fuerzas de seguridad.

La masacre provocó una enorme conmoción y convirtió a Attica en un símbolo nacional de la lucha por los derechos de los presos. El Estado de Nueva York realizó investigaciones y, décadas después, terminó pagando millones de dólares en acuerdos a sobrevivientes, familiares de los presos muertos y trabajadores penitenciarios. La masacre de Attica dejó además algunas reformas en el sistema penitenciario, aunque muchas fueron posteriormente revertidas.

La repercusión de Attica también llegó a la cultura popular. John Lennon y Yoko Ono le dedicaron la canción Attica State, mientras Bob Dylan compuso George Jackson en homenaje al preso y activista asesinado poco antes del levantamiento. El compositor de jazz Charles Mingus también se refirió a la masacre. Años después Attica quedó inmortalizada en el cine cuando Al Pacino gritó “¡Attica! ¡Attica!” en la película Tarde de perros.