Dormir mal durante una noche puede traducirse en cansancio, irritabilidad o menor concentración al día siguiente. Pero cuando la falta de descanso se vuelve habitual, sus efectos pueden ir mucho más allá de sentirse agotado.

El National Heart, Lung, and Blood Institute (NHLBI), dependiente de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, advierte que dormir lo suficiente y con buena calidad ayuda a proteger la salud mental, física y la capacidad de funcionar durante el día. La privación de sueño, en cambio, puede afectar el aprendizaje, la memoria, la toma de decisiones y la regulación emocional.

Una revisión publicada en 2025 que reunió resultados de revisiones sistemáticas y metaanálisis encontró que dormir menos de siete horas de manera habitual se asocia con un mayor riesgo de hipertensión, enfermedad cardiovascular, obesidad, diabetes tipo 2, ansiedad y síntomas depresivos.

El cerebro también necesita dormir para funcionar bien

Según el NHLBI, durante el sueño se consolidan procesos relacionados con el aprendizaje y la memoria, además de funciones necesarias para resolver problemas, prestar atención y tomar decisiones.

Cuando el descanso es insuficiente, puede disminuir la capacidad de concentración, enlentecerse el tiempo de reacción y aumentar la cantidad de errores.

Mientras dormimos, el cerebro continúa trabajando. (Foto: Adobe Stock)
Mientras dormimos, el cerebro continúa trabajando. (Foto: Adobe Stock)

El Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de Estados Unidos señala que incluso reducir el sueño en alrededor de una hora puede afectar la atención y el rendimiento al día siguiente.

La falta de sueño puede favorecer la irritabilidad, la dificultad para manejar las emociones y una menor capacidad para adaptarse a situaciones estresantes. Los problemas crónicos de sueño se han asociado además con depresión, ansiedad y mayor malestar psicológico.

Por eso, levantarse de mal humor después de dormir poco no es simplemente una percepción subjetiva: existe una relación entre la calidad del descanso y la manera en que el cerebro procesa las emociones.

Qué relación tiene el sueño con el peso, la glucosa y el corazón

El descanso también participa activamente en distintos procesos metabólicos. El NHLBI explica que dormir poco puede modificar las hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad. La falta de sueño puede aumentar la grelina, asociada al apetito, y reducir la leptina, vinculada con la sensación de saciedad.

Además, la privación de sueño puede alterar la respuesta del organismo a la insulina y favorecer niveles de glucosa en sangre más elevados.

Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) señalan que el sueño tiene un efecto importante sobre el metabolismo y que dormir poco se asocia con un mayor riesgo de obesidad y diabetes. También explican que permanecer despierto durante más tiempo puede favorecer una mayor ingesta de alimentos, especialmente durante la noche.

El corazón tampoco queda afuera. El sueño de buena calidad participa en procesos de reparación del corazón y los vasos sanguíneos. La falta crónica de descanso se ha asociado con un mayor riesgo de hipertensión, enfermedad cardíaca y accidente cerebrovascular.

La regularidad también parece importar. Investigaciones financiadas por el NIH encontraron que las grandes variaciones en los horarios o la duración del sueño se asociaron con cambios metabólicos como mayor presión arterial, mayor circunferencia de cintura y alteraciones de glucosa y triglicéridos.

Cuántas horas necesita dormir un adulto y qué hábitos pueden ayudar

No existe una cantidad idéntica de sueño para todas las personas, pero las recomendaciones actuales coinciden en que la mayoría de los adultos debería dormir al menos siete horas por noche.

Datos publicados en 2026 por el National Center for Health Statistics de Estados Unidos muestran que, en 2024, el 30,5 % de los adultos de ese país dormía menos de siete horas por día en promedio.

Además de la cantidad, importa la calidad. Dormir muchas horas pero despertarse repetidamente o levantarse sin sentirse descansado puede indicar que el sueño no está siendo reparador.

Entre los hábitos que pueden favorecer un mejor descanso se encuentran mantener horarios relativamente regulares, dormir en un ambiente tranquilo y confortable, reducir el uso de dispositivos electrónicos antes de acostarse, evitar comidas abundantes y alcohol cerca de la hora de dormir y limitar la cafeína durante la tarde y la noche.

La actividad física regular también puede contribuir a mejorar el sueño, junto con una alimentación equilibrada y horarios cotidianos más ordenados.

Sin embargo, cuando las dificultades para dormir son frecuentes, duran varias semanas o interfieren con el trabajo, los estudios, el estado de ánimo o la vida cotidiana, conviene realizar una consulta profesional.