
Jonathan Meléndez, tecladista y cofundador de Camilo Séptimo que fue asesinado junto a su familia este martes en un departamento del municipio de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, dejó un registro de la conexión que mantenía con los miembros de la banda, la cual cofundó en el año 2013 junto a dos de sus amigos de la adolescencia.
Dos años antes de su muerte, en agosto de 2024, describió junto al vocalista Manuel Mendoza “Coe” para el podcast de Javier Paniagua la naturaleza del lazo que unía a ambos con el tercer cofundador, Erick Vázquez: una amistad anterior a la banda, forjada en viajes y en la convicción de que ninguno de ellos podía existir musicalmente sin el otro.
Aquella conversación, grabada en el marco del décimo aniversario del grupo, quedó como un retrato de lo que Camilo Séptimo forjó durante el paso de los años, la conexión espiritual que sentían y la manera en que lo expresaban a través de sus canciones.
“Si uno no está, no estamos completos”, la frase que resuena luego del crimen

Manuel Mendoza explicó que la filosofía que distingue a Camilo Séptimo de otras bandas es la idea de que los tres fundadores —él, Jonathan y el guitarrista Erick Vázquez— mantenían estrechos lazos creativos que, si uno de ellos faltaba, no podrían crear.
“Yo no podría pensar lo mismo sin él, ni él sin mí, ni sin Erick, ni sin Sebastián (su manager). Somos como un núcleo tan fuerte que si uno no está, no estamos completos”, afirmó.
La declaración no era retórica. Manuel la enmarcó en una reflexión sobre cómo cada integrante aportaba una perspectiva que los demás no podían replicar solos. Para él, Camilo Séptimo no era una suma de talentos individuales sino una construcción colectiva que solo funcionaba completa.
Durante la conversación, el tecladista explicó que tenía entre 15 y 16 años cuando conoció a Manuel, el vocalista, lo que motivó que formaran lazos más estrechos para iniciar Camilo Séptimo en 2013.

Explicó que desde el inicio de su amistad hicieron varios viajes juntos. El más recordado por ambos fue a un festival en Polonia que duraba una semana entera en la que durmieron en una casa de campaña reducida.
“Íbamos muy pobres, no llevábamos casa de campaña”, relató el tecladista. Un amigo les prestó una carpa individual —“de esas del súper”, precisó— y los dos durmieron en ella durante siete días, sobre suelo de grava.
La audición que selló la amistad también tuvo su anécdota. Cuando Jonathan se presentó para integrarse a lo que después sería la banda, tocaron juntos Bliss, de Muse. El tecladista, formado en piano clásico en el conservatorio, ejecutó la pieza a su manera. “Yo era, yo era el arpegio”, bromeó, reconociendo que en ese momento no sabía nada de sintetizadores y que tiempo después, sería su principal instrumento en Camilo Séptimo.
Los viajes que realizaban para componer
Con el paso de los años y la llegada de los hijos, Camilo Séptimo adaptó su proceso creativo a las nuevas circunstancias de sus integrantes con la implementación de “viajes de composición”, en los que salían durante una semana por mes a algún sitio turístico del país para aislarse y crear nuevas piezas musicales.

Manuel explicó que “así nos enfocamos al cien por ciento en hacer canciones durante ese tiempo”, por lo que no solo compartían ideas, sino que también capturaban el momento en el que surgía la magia creativa.
En cada viaje producían entre ocho y diez canciones. De todas ellas, sobrevivían una o dos. Jonathan explicó que la concentración que generaba ese aislamiento era distinta a la del trabajo cotidiano: “Imprimes un momento”, dijo. “Te concentras demasiado cuando estás en el lugar”.
Los destinos que elegían solían ser lugares “bonitos”, según Jonathan, entre los que se encontraban Acámbaro, Michoacán, Puebla, Acapulco, Cuernavaca, Morelos, entre otros. El resto del mes cada uno volvía a su vida: la familia, los shows, las obligaciones cotidianas.
Roles distintos, pero un solo concepto

Dentro de la banda, cada integrante tenía un territorio propio más allá de su instrumento. Jonathan Meléndez se encargaba de la preproducción, la producción en estudio, la mezcla de algunos discos y, en los primeros años, también de la creación de contenido, los videos y las portadas.
Erick Vázquez era el arreglista, mientras que “Coe” llevaba los conceptos visuales y narrativos: los vestuarios, las ideas de ciencia ficción que luego se convertían en letras, y toda la representación mediática del grupo.
Manuel atribuyó buena parte del recorrido de la banda a una forma de trabajar que describió como horizontal, en la que los tres compartían ideas y concepto, por lo que no solían problemas creativos.
Jonathan sumó otro ingrediente: la suerte. “Siempre hemos coincidido en ideas y en todo”, reconoció, y admitió que no sabía si eso era mérito o fortuna. Lo más difícil, dijo, era ponerse de acuerdo en las decisiones, pero eso casi nunca había sido un problema.
La espiritualidad también los unía, incluso con su público

Tanto Manuel como Jonathan explicaron que otra de las conexiones que los han mantenido juntos es la espiritualidad, algo que también plasman en sus letras y música, ya que al compartir ideas les fue más fácil concretar su arte.
Jonathan relató un episodio que el grupo vivió como una especie de experimento. Practicaron juntos la llamada “visión remota” en el que una persona elige una imagen al azar en internet sin mostrársela a nadie. La otra, guiada por un protocolo, intenta describir o dibujar lo que la primera está viendo, sin haberlo visto nunca.
“Fue impresionante. A la primera lo supimos”, dijo Jonathan. “Compruebas que hay una conexión sucediendo energética”. Para él, esa experiencia confirmó algo que ya sentían: que entre ellos existía una sintonía que no se explicaba solo por los años de trabajo compartido.

Manuel, por su parte, describió esa misma conexión en términos más amplios. La espiritualidad, decía, era el hilo conductor que lo unía a sus compañeros. “Me ha llevado a conectar con mis hermanos, con Jonás, con Erick”, afirmó.
Hasta el momento Camilo Séptimo no ha informado acerca de lo que sucederá con la banda luego del crimen en el que murió su tecladista y fundador, Jonathan Meléndez, y su familia; sin embargo, la conexión que mantenían refleja la pérdida que sufrieron de manera personal y profesional.




