La portada del libro

Cuba Siglo 21 publicó Dos intervenciones americanas en Cuba, un volumen que examina los desembarcos estadounidenses de 1898 y 1906 en la isla y plantea que aquellas experiencias de reconstrucción institucional ofrecen lecciones prácticas ante un eventual cambio de régimen en la Cuba actual.

El libro, compilado y prologado por Juan Antonio Blanco, reúne ensayos de Vicente Morín Aguado, Aries M. Cañellas Cabrera, Ernesto Miguel Cañellas Hernández, Boris González Arenas, Leonardo M. Fernández Otaño, Dimas Castellanos y Antonio Álvarez Pitaluga.

La obra no pretende reivindicar sin crítica las intervenciones estadounidenses ni negar los intereses geopolíticos que las motivaron. Su propósito es distinto: revisar los hechos de 1898-1902 y 1906 fuera de la narrativa que durante décadas los presentó únicamente como antecedentes negativos de la confrontación posterior entre Cuba y Estados Unidos.

Blanco sostiene que una transición política sería incompleta si no viene acompañada de una revisión crítica de las narrativas históricas usadas para legitimar el poder. Para el compilador, revisionismo no equivale a negacionismo, sino a volver sobre los hechos e incorporar perspectivas relegadas.

La victoria cubana de 1898 no estaba garantizada

Uno de los ejes del libro cuestiona la idea de que la victoria cubana sobre España en 1898 era inevitable y que Estados Unidos solo intervino para arrebatar a los independentistas un triunfo ya asegurado. Vicente Morín Aguado describe un escenario mucho más incierto: España conservaba ciudades, puertos y superioridad material y numérica, mientras el Ejército Libertador no había logrado forzar una capitulación rápida.

Aries M. Cañellas Cabrera y Ernesto Miguel Cañellas Hernández profundizan en esa idea y remarcan que el desenlace de la guerra no estaba escrito de antemano. La sociedad cubana de entonces era políticamente heterogénea, con independentistas, autonomistas, anexionistas e integristas, y algunos relevantes independentistas buscaron activamente respaldo estadounidense. Según los autores, presentar los grandes acontecimientos históricos como inevitables borra las alternativas y decisiones reales que enfrentaron sus protagonistas.

Morín Aguado añade que la ocupación de 1899-1902 no se limitó a lo militar: en un país devastado por la guerra se produjo una amplia reconstrucción sanitaria, educativa, administrativa y de infraestructura, además de un proceso institucional que culminó en la creación de la República.

Juan Antonio Blanco compiló ensayos que proponen aprendizajes sobre reconstrucción institucional, estabilización y transferencia de poder ante un cambio de régimen (Europa Press)

Reconstruir un país exige más que reemplazar un gobierno

Boris González Arenas examina la intervención de 1898-1902 desde una óptica poco explorada: la posibilidad de interpretar parte de aquella experiencia como una acción humanitaria exitosa, en un contexto marcado por el hambre, las epidemias y la reconcentración de la población tras años de guerra. Su análisis conduce a un problema que el libro plantea como vigente: sustituir un gobierno no equivale a reconstruir un país, ya que electricidad, agua, hospitales, escuelas, seguridad y administración pública necesitan seguir funcionando mientras se construye un nuevo orden político.

Antonio Álvarez Pitaluga aborda la relación entre estabilización y democratización a partir de la secuencia iniciada en 1899: recuperación de condiciones mínimas de gobernabilidad, reconstrucción institucional, censo, elecciones municipales, proceso constituyente y transferencia del poder. De ese recorrido se desprende una de las conclusiones centrales del volumen: una transición necesita tiempo, pero ese tiempo no puede convertirse en un cheque en blanco, y las etapas deberían vincularse a objetivos verificables y auditables.

Álvarez Pitaluga también advierte sobre el uso del tiempo como herramienta de control del poder, en referencia al argumento reiterado por el régimen cubano de que ciertas reformas deben posponerse porque el país “todavía no está preparado para ellas”. Frente a eso, plantea que el período de estabilización de 1899 pudo asociarse a hitos objetivos, como el censo que abrió paso al proceso constituyente, y no a la voluntad de quienes ejercían el poder de manera provisional.

El fracaso de las reglas políticas que llevó a la intervención de 1906

Leonardo M. Fernández Otaño estudia la segunda intervención estadounidense, que no surgió de una guerra colonial sino del deterioro de las reglas políticas dentro de una República que apenas tenía cuatro años. Denuncias de fraude electoral, un enfrentamiento entre gobierno y oposición y una rebelión liberal hicieron inviable una solución interna. La enseñanza que extrae el ensayo es que una Constitución no garantiza por sí sola la democracia si los actores políticos dejan de respetar las reglas y convierten al adversario en un enemigo a expulsar del sistema.

Dimas Castellanos traslada explícitamente la reflexión a la Cuba contemporánea. Su comparación entre 1898 y 2026 no presenta ambos momentos como equivalentes, pero identifica problemas comunes que justifican revisar aquella experiencia: deterioro económico, debilitamiento institucional y la necesidad de prever mecanismos que impidan que una ruptura política desemboque en caos. Para Castellanos, la historia no ofrece recetas, pero sí experiencias que permiten reconocer peligros, errores y posibilidades.

Los estudiantes hacen el saludo escolar antes de entrar a sus aulas en el primer día del año académico 2026-2027 en La Habana (YAMIL LAGE/AFP)

Un debate que trasciende la historiografía

Dos intervenciones americanas en Cuba no propone reproducir los sucesos de 1898 o 1906 ni trasladar mecánicamente al siglo XXI soluciones concebidas hace más de un siglo, ni presenta la intervención extranjera como fórmula universal para resolver las crisis del país.

Su planteamiento se limita a estudiar qué funcionó, qué fracasó y qué puede aprenderse de esas experiencias: cómo reconstruir instituciones tras una crisis, cómo combinar estabilización y democratización, cómo limitar a las autoridades provisionales, cómo organizar un proceso constituyente legítimo y cómo garantizar que la reconstrucción del Estado termine en la devolución plena de la soberanía a los ciudadanos.

Más de un siglo después de aquellos episodios, el libro sostiene que Cuba vuelve a enfrentar interrogantes sobre la viabilidad de sus instituciones y las condiciones necesarias para construir un orden político distinto.