Torrelavega (Cantabria), 5 sep (EFE).- La memoria de un siglo de Torrelavega, segunda ciudad de Cantabria, contada desde la barra de un bar es la propuesta que Joaquín Díaz Rodríguez plantea en un libro que rescata 166 establecimientos hosteleros para reconstruir parte de su historia cotidiana.

Cafés, restaurantes, tabernas, hostales y salas de fiesta fueron durante décadas escenario de bodas, viajes, tertulias, fútbol y celebraciones, espacios en los que quedó escrita una parte de la vida social, económica, deportiva y gastronómica de varias generaciones de torrelaveguenses.

El recorrido del libro 'Aquellos bares y cafés de antes' comienza en los últimos años del siglo XIX y atraviesa buena parte del XX hasta alcanzar los bares y cafeterías de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa, con fotografías, antiguos anuncios, nombres de propietarios y pequeñas historias.

El escritor, Joaquín Díaz Rodríguez, asegura en una entrevista con EFE que no pretende componer una crónica académica, sino conservar el recuerdo de aquellos lugares y de las personas que les dieron vida, utilizando la hostelería como hilo conductor para explicar también cómo fue cambiando Torrelavega.

A través de esas barras aparece la ciudad que durante décadas ejerció como capital económica y comercial de una extensa comarca, a la que acudían miles de personas para vender ganado, comprar en los mercados, ir al cine, visitar al médico o realizar gestiones profesionales.

Muchos de aquellos desplazamientos terminaban o empezaban en un bar, porque una buena operación en la feria ganadera podía celebrarse con una ronda y una jornada de cine podía prolongarse alrededor de una mesa o frente a una barra.

El escritor recuerda que los bares fueron también estaciones improvisadas de una ciudad recorrida por numerosas líneas de autobús, algunas con parada ante locales.

Otros establecimientos levantaban la persiana a las cinco o seis de la mañana para atender a los trabajadores que se dirigían a fábricas como la General, Asturiana de Zinc, Sniace o Solvay, en una Torrelavega marcada por los horarios de sus grandes industrias.

Díaz reivindica además el papel de muchas mujeres que permanecieron durante años en segundo plano pese a resultar fundamentales para la supervivencia de aquellos negocios familiares.

Eran ellas quienes en numerosos casos cocinaban, preparaban pinchos, limpiaban y sostenían el funcionamiento diario del establecimiento, mientras el marido ocupaba la barra y aparecía públicamente como propietario.

El libro recupera también pequeñas escenas que sirven para retratar una época, desde los caracoles que anunciaba La Palentina hasta los blancos de Nava del Rey (Valladolid) que marcaron durante años el gusto de muchas barras torrelaveguenses.

A ellos se sumaban las partidas de flor, tute y mus, o consejos que pasaron a formar parte del anecdotario local, como aquel "copas, pocas" con el que el propietario del Pety advertía a los jóvenes que empezaban a excederse con la bebida.

Entre los establecimientos desaparecidos ocupa un lugar destacado el Café Cántabro, que Joaquín Díaz considera equiparable por su importancia a algunos de los grandes cafés históricos españoles y al que las crónicas vinculan además con Rafael Alberti.

El fútbol, y de manera especial la Gimnástica, el equipo de la ciudad, completan ese paisaje sentimental, porque durante años numerosos bares colgaban carteles con los resultados de sus partidos y convertían sus barras en improvisadas gradas donde se comentaba cada jornada.

Aquella costumbre refleja hasta qué punto esos establecimientos eran mucho más que lugares para beber o comer y funcionaban como auténticos centros de relación social, información y encuentro.

EFE

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