Huevos de gallina. (Magnific)

Cusco figura entre las ocho regiones del país con mayor desnutrición crónica infantil, según la Organización Mundial de la Salud. Son datos que rara vez aparecen en una conversación sobre la industria avícola, pero que explican por qué, hace algunos años, en La Calera decidimos que nuestro negocio también tenía algo que decir frente a ese problema.

De ahí nació Huevos para el Ande, un programa que hoy opera en 14 comunidades altoandinas de Cusco y que ha entregado al día de hoy 22,930 gallinas ponedoras a 2,249 familias. La cifra importa menos que el mecanismo: no repartimos huevos como ayuda puntual. Entregamos gallinas, capacitamos a las familias en su crianza y alimentación, hacemos seguimiento técnico y reponemos cuando es necesario. El objetivo es que cada familia produzca su propia proteína de forma sostenida, no que dependa de una donación que se agota.

La desnutrición crónica y la anemia infantil no se resuelven con un gesto aislado; requieren acceso continuo a una proteína de calidad. El huevo es, en ese sentido, uno de los alimentos más eficientes que existen: aporta proteína completa a un costo bajo y es parte de la dieta que las propias comunidades ya conocen. Lo que faltaba, en muchos casos, era el acceso a las gallinas, el conocimiento técnico para su crianza y un acompañamiento que sostuviera el proceso en el tiempo.

La medición del impacto nutricional del programa es un proceso continuo. Actualmente seguimos ampliando la muestra de evaluación mediante clínicas móviles y, aunque los resultados observados hasta el momento son positivos, consideramos importante consolidar la evidencia antes de reportar impactos concluyentes en indicadores de salud. Ese compromiso con una medición rigurosa es parte esencial de nuestra forma de entender la sostenibilidad.

Este año dimos un paso que consideramos relevante para la continuidad del programa: integramos la identidad de Huevos para el Ande a nuestra línea clásica de huevos pardos, el producto de mayor volumen de nuestro portafolio. Al trasladar el aporte a un producto con mucha mayor rotación y presencia en todos los canales de venta, el ingreso proyectado para el programa se multiplica. Para el consumidor, el precio no cambia: lo que cambia es que su compra habitual ahora también sostiene el programa.

Antes, el aporte al programa dependía de un único SKU social, de bajo volumen y cobertura limitada en el mercado. Los programas de sostenibilidad que se apoyan en un producto nicho tienen un techo bajo: crecen solo hasta donde crece ese nicho. Si un programa social quiere escalar de forma sostenible, tiene que montarse sobre el negocio principal de la empresa, no al costado de él.

El programa también ha ido sumando aliados. Hoy son 17 las empresas que donan directamente a Huevos para el Ande, principalmente de sectores como salud animal e insumos agrícolas, y esperamos sumar al menos cinco más antes de fin de año. La invitación no se limita al rubro avícola: invitamos a otros sectores que quieran sumarse a la causa.

Para lo que resta de 2026, nuestra prioridad no es expandir el programa a nuevas comunidades, sino consolidar la reposición de gallinas en las 14 que ya tenemos mapeadas, priorizando a las familias más vulnerables y aquellas con mayor compromiso y viabilidad técnica para el acompañamiento. Preferimos hacer bien lo que ya empezamos antes que crecer en número de comunidades sin los fondos ni la capacidad operativa para sostenerlo.

Como empresa, seguiremos reportando estos avances con la misma franqueza con la que reconocemos los retos que aún tenemos por delante. Ese es, a fin de cuentas, el estándar que la sostenibilidad corporativa debería exigirse a sí misma: no la promesa de impacto, sino la evidencia progresiva de que un modelo de negocio puede ser también un modelo de desarrollo.

Pedro José de Zavala