
Cuando Radama I murió en 1828 —posiblemente por sífilis, aunque los rumores de envenenamiento nunca se disiparon del todo—, Madagascar tenía alrededor de cinco millones de habitantes. 33 años después, al morir su sucesora, la isla contaba con la mitad. Ese desplome demográfico tiene un nombre: Ranavalona I, una reina que, según consigna National Geographic, convirtió el poder en un sistema de exterminio sostenido durante tres décadas.
Su origen no presagiaba semejante destino. Nacida alrededor de 1778 con el nombre de Ramavo, era plebeya. Llegó a palacio porque su padre delató a tiempo un complot de asesinato contra el rey Andrianampoinimerina, y el monarca, agradecido, la adoptó y la casó con su heredero. Fue, desde el primer día, una esposa lateral: sin descendencia, sin afecto real, sin poder propio.
Pero Ramavo sabía esperar. Cuando Radama I murió, el trono correspondía por linaje al príncipe Rakotobe, de ideas prooccidentales. Ella, apoyada por los sectores más conservadores del ejército y la corte, lo impidió con un golpe de Estado. Se autoproclamó reina bajo el nombre de Ranavalona I y, antes de que el cadáver de su marido enfriara, ordenó ejecutar a Rakotobe y a cada miembro de su familia. Ninguno sobrevivió.
Lo que vino después fue peor. Ranavalona restauró la tangena, una ordalía ancestral que National Geographic describe como un “juicio de Dios” de resultado casi siempre fatal. Al acusado —de brujería, robo o práctica del cristianismo— se le forzaba a tragar tres trozos de piel de pollo cruda, seguidos del extracto venenoso de la nuez del árbol Cerbera manghas.

Las reglas eran simples y sanguinarias: si vomitaba los tres trozos intactos, quedaba libre; si el veneno lo mataba antes, o si su cuerpo no expulsaba las pieles, era declarado culpable y ejecutado de inmediato, en caso de que el tóxico no hubiese terminado ya con su vida.
El ritual, combinado con las purgas políticas sistemáticas, diezmó a decenas de miles de malgaches, de acuerdo con los datos recogidos por National Geographic.
La persecución del cristianismo
La persecución del cristianismo fue otro eje del reinado. En 1835, Ranavalona ilegalizó la religión, a la que veía como un vehículo del imperialismo europeo. Los misioneros abandonaron la isla, pero los conversos locales fueron los más afectados.
Según detalla National Geographic, a los líderes cristianos se los colgaba de cuerdas sobre barrancos y, al negarse a abjurar de su fe, las cuerdas eran cortadas; otros fueron quemados vivos o arrojados a fosas sobre las que se vertía agua hirviendo. “El océano será el límite de mi reino y no cederé ni el grosor de un pelo de mi territorio”, proclamó la reina, según recoge el medio.
El sistema de trabajo forzado

Para mantener tanto la autonomía económica como la independencia militar de su reino, y sin depender de la ayuda ni de los recursos provenientes de Europa, Ranavalona recurrió al fanompoana. Este sistema consistía en la utilización de trabajo forzado, donde los ciudadanos estaban obligados a saldar sus impuestos mediante la prestación de trabajo obligatorio y sin remuneración.
Contó con la colaboración de Jean Laborde, un ingeniero de origen francés que llegó tras naufragar a las costas, y que luego se transformó en su jefe industrial y, según circulaban rumores en la época, también en su amante.
Juntos construyeron en Mantasoa un extenso complejo fabril que tenía la capacidad de producir una variedad de productos como mosquetes, pólvora, jabón y también seda. De este modo, el poderío militar y la infraestructura bélica de la reina se basaron fundamentalmente en el trabajo sin salario de los habitantes de su propio país.
El costo demográfico de las campañas

El costo demográfico se agravó también por decisiones militares. En 1845, Ranavalona movilizó a 50.000 personas para una expedición de caza de búfalos sin provisiones suficientes; alrededor de 10.000 murieron de inanición, según los datos recogidos por National Geographic. A ese episodio se sumaron las guerras constantes, las epidemias y las ejecuciones sistemáticas que marcaron cada año de su gobierno.
Los europeos la apodaron la “Calígula femenina” y la “Bloody Mary” de Madagascar. Ranavalona I murió de forma apacible en su cama en 1861, a los 83 años, sin haber enfrentado ningún proceso judicial ni depuesto ninguna de sus políticas hasta el final de su vida.