Mariana Oliva Martinelli mostrando el dibujo hecho por su madre en cautiverio, en el juicio por crímenes de lesa humanidad conocido como “Subzona militar 15”, en Mar del Plata, en 2025 (Gentileza Mariana Oliva Martinelli)

Es el año 2017. Es septiembre. A Mariana Oliva Martinelli, 41 años, le suena el teléfono. Atiende. Del otro lado está el abogado y ex subsecretario de Derechos Humanos de la provincia de Corrientes Pablo Vassel, testigo clave y promotor tenaz de las causas de lesa humanidad en esa jurisdicción. Habían marchado juntos en Paso de los Libres el 24 de marzo. Entre los dos llevaron la pancarta de los desaparecidos de esa ciudad. Que son ocho. Tres, familiares de Mariana.

El diálogo que tienen se parece a este.

—Hola, Mariana, ¿te acordás de mí? Soy Pablo Vassel.

—Sí, ¿cómo andás?

— Todo bien, todo bien. Te llamo porque te quiero contar algo sobre tu mamá.

—Bueno, dale, contame.

—No, no, no. Te lo tengo que contar personalmente.

—Pero bueno, adelantame algo.

—No, no, no. Mejor personalmente. Yo ahora estoy en Buenos Aires, ¿cuándo nos podemos encontrar?

— Yo estoy acá, en Santa Fe. Cuando vos quieras estoy.

Acto de inauguración de la baldosa homenaje, el pasado 5 de agosto, en el sitio donde fue secuestrada Susana Martinelli, en Mar del Plata (Gentileza Mariana Oliva Martinelli)

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Mariana Oliva Martinelli nació en Mar del Plata el 25 de febrero de 1976, un mes antes de que cayera sobre Argentina un velo oscuro y el país entero entrara en un estado de sitio de siete años. Sus padres, Susana Martinelli y Carlos Alberto “Calú” Oliva, eran correntinos de Paso de los Libres. Ahí se habían conocido, ahí habían empezado una relación, y de ahí se habían ido, cada uno por su lado —ella en 1970, él siguiéndole el rastro después de pasar por Resistencia y Rosario, dos años después— a estudiar: ella, ya recibida de las secundaria con el título de maestra, Psicología; él, Ciencias Económicas, carrera que ya había comenzado. Ahí, o quizás antes, se unieron a la agrupación Montoneros.

En 1972 Calú se instaló en Mar del Plata. En 1973 se casó con Susana. Tenían 23 y 20 años cuando se convirtieron formalmente en marido y mujer.

Susana ejercía su oficio docente en escuelas municipales, estudiaba, militaba. Calú, aunque anotado en la facultad, para mediados de la década estaba completamente dedicado a la agrupación de lucha armada: se había convertido en el responsable de prensa de Montoneros de la ciudad.

Cuando nace Mariana, cuando irrumpe el golpe, Calú estaba completamente clandestino. Aunque el peligro no era para él una sombra inminente, crecía a sus espaldas.

Menos de cinco meses después del 24 de marzo, las Fuerzas Armadas desplegaron un operativo intenso para encontrarlo allí donde estuviera.

—Lo buscaban fundamentalmente por eso, porque él era, de algún modo, el que coordinaba el aparato de prensa y propaganda de Montoneros en Mar de Plata.

Mariana —que ahora tiene cincuenta años, el pelo negro y plata en media cola, y está abrigada— habla del otro lado de la pantalla, desde su casa, en la ciudad de Santa Fe, a donde llegó en 1994 para estudiar Diseño Gráfico y de donde no se fue. A su lado trabaja su compañero de hace décadas, Sergio, que interviene cuando ella se olvida un dato y lo consulta, haciéndolo partícipe. A esta altura, dice ella, él se acuerda de algunos detalles con más nitidez.

La historia de sus padres es para Mariana un espejo quebrado: con los años y a partir de testimonios de familiares, compañeros de militancia, amigos y personas que los conocieron en diferentes momentos de sus vidas, recogió fragmentos, se sacó esquirlas incrustadas que colocó en su sitio y fue armando la imagen que le devolvía el reflejo. Una que en el contorno parece entera. Una que en el centro siempre está partida.

—Todo se produce en el lapso de una semana, semana y media. Mi mamá ya se había reincorporado a la escuela después de la licencia de maternidad. Tenía un curso, que era quinto grado, y estaba muy comprometida con su trabajo como maestra porque incluso eran muy pocas maestras, era una institución muy chiquita. El lunes 26 de julio vuelve al trabajo, después de un viaje que habíamos hecho a un casamiento en Buenos Aires de una prima de papá. Y el martes 27 —tengo la fecha exacta porque en el último viaje a Mar de Plata los compañeros del Sindicato de Trabajadores Municipales me consiguieron una copia de su legajo y ahí está detallado cuando empieza a faltar— mi papá la va a buscar desesperado a la escuela —esto lo sé por el testimonio de la vicedirectora de su momento— y argumenta que mis abuelos maternos, o sea los padres de mamá, habían tenido un accidente y que tenía que retirarse urgente. Era mentira, pero es lo que dice para sacarla porque, evidentemente (esto no lo sabemos), alguien que podría haber dado el dato de que mamá trabajaba ahí había caído. Y la saca realmente a tiempo porque en los próximos días se producen dos operativos militares en los que la van a buscar a la escuela. Yo creo que a partir de ese día, 27 o 28 de julio, habrán levantado la casa y la imprenta.

Compañeros de estudio, de trabajo, de militancia, ya habían sido secuestrados. En todo el país las personas desaparecían detrás de las paredes, del piso, del cemento. Dejaban de estar. El peligro, ahora sí, les respiraba en el oído.

—Y ahí, mi papá —esto también lo sé por el testimonio del compañero que los ayuda, Luis Caro, un militante que se había alejado en ese momento de la organización— se encuentra con este compañero. Papá andaba deambulando conmigo upa, medio que a las afueras de Mar de Plata, en una zona que podía haber sido cercana a la de la última casa en la que estuvimos, que es por calle Berutti, donde estaba la imprenta clandestina, y le dice que estaba con problemas de seguridad, que no sabía dónde ir, que necesitaba un poco de ayuda. Entonces Luis Caro le hace el contacto con Alberto Pellegrini (un sobreviviente), que es el que nos refugió en esa casa de la calle San Luis, donde estuvimos —a él lo detuvieron después por haber prestado la casa. Tenía 18 años en ese momento—. Era una casa humilde que funcionaba como su lugar de trabajo, donde él tenía un pequeño taller textil. Y ahí pasamos desde el 28, 29 de julio hasta el 5 de agosto. Que es el día que se produce el secuestro.

Laura Susana Martinelli fue secuestrada el 5 de agosto de 1976, en la casa donde estaba clandestina con su familia, en Mar del Plata (Gentileza Mariana Oliva Martinelli)

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Ellos no lo sabían, o no del todo: el operativo para encontrarlos se había desplegado días antes y era sin escatimar esfuerzos, absolutamente dirigido, absolutamente determinado. Absolutamente sin salida.

Las acciones que activó el comando que la Marina había creado en Mar del Plata, llamado Fuerza de Tareas 6 (FT 6 o Fuertar 6), que funcionaba dentro de la Base Naval, incluyeron el secuestro domiciliario de las tías de Susana, Mecha y Esther, dos hermanas de su madre que vivían allí —residían en el mismo edificio de departamentos, las juntaron y se quedaron con ellas entre el 1 y el 4 de agosto, monitoreando cada movimiento, esperando cualquier contacto de su sobrina—. También allanamientos en la escuela en la que trabajaba Susana, donde interrogaron al personal e incluso secuestraron por error a una docente y a su marido que tenían nombres parecidos, un bebé pequeño y varias coincidencias con los Olvia Martinelli.

La búsqueda era totalmente apuntada a papá. Su alias era “Sanjurjo”. Todos buscaban a Sanjurjo, que era el responsable de prensa y propaganda de Montoneros de Mar de Plata, y a su compañera, Laura Susana Martinelli. La puerta de entrada para llegar a papá era mamá, que era la que tenía familiares ahí y un trabajo oficial. Incluso mi mamá llama a lo de mi tía durante esos días, cuando los milicos están dentro del domicilio de Mecha, y, obviamente, están escuchando la llamada. La atiende Mecha, la hacen atender como si no pasara nada, y mi mamá le dice: “¿Te acordás que habíamos dicho que nos podíamos encontrar en tal lado?, te tengo que devolver la máquina de escribir. ¿Te parece que nos encontremos en tal plaza a tal hora?”. “Bueno, dale, dale”. Eso ya era un código porque previamente, y esto lo sé por Mecha, en un encuentro que habían tenido en un bar, mi mamá le dijo: “Mirá, la cosa está complicándose. Yo quiero decirte que si necesito te voy a dar a Mariana, porque no la quiero exponer a peligros. Cualquier cosa te voy a avisar. Pero vamos a hacer lo siguiente: si yo te digo a tal hora, son dos horas antes” —o dos horas después, no me acuerdo—. Pero ya había un código en el que el horario estaba cambiado.

—Y vos eras la máquina de escribir.

—Yo era la máquina de escribir, exacto. Entonces, Mecha va a ese encuentro pero va al horario que le dice mi mamá por teléfono. Los milicos la siguen pero no pueden secuestrar a mi mamá ahí porque había ido a la hora que no era, es decir, había ido dos horas antes o dos horas después. Y después no sabemos cómo cae la casa.

La carnada que terminó funcionando para secuestrar a Calú, su padre, fue el salario de Susana. En ese entonces, en Mar del Plata, las escuelas recibían cheques para sus trabajadores, que cada quien debía ir a cobrar. Era principio de mes y el de Susana no aparecía. La pareja, clandestina y con una beba de cinco meses, necesitaba el dinero. En lugar de dárselo a la institución, los burócratas de la tortura y la muerte retuvieron el sueldo de Susana en la municipalidad pensando que, en algún momento, alguien iría a cobrarlo. Tendieron la trampa, colocaron la red, y se apostaron a esperar.

—Hay un documento que está en todos los juicios que tienen que ver con Mar del Plata —dice Mariana— que es un informe oficial de la prefectura de Mar del Plata a la prefectura de Bahía Blanca, que se pudo rescatar antes de que lo destruyeran, y se llama “Desbaratamiento de la organización Montoneros en Mar del Plata. El aparato de prensa y propaganda”. Tiene ocho o nueve páginas y está el relato, desde el punto de vista de la Inteligencia, de cómo hicieron para detener ilegalmente a Susana y a Calú, que son los objetivos de todo este asunto. Y ahí, dicen ellos, de puño y letra, que lo único que les quedaba, como última alternativa, era retenerle el sueldo. Había una ratonera en la municipalidad que lo estaba esperando.

Tal como los militares habían planeado, la persona que va a la municipalidad para cobrar el cheque, el 5 de agosto de 1976, no es Susana sino Calú.

—Cuando llega a la muni —esta es la voz oficial de este documento que te contaba— lo secuestran y no pone resistencia. Simplemente se lo llevan. Eso pasa a eso de las 11:30 de la mañana. A la una, una y media, ya están en la casa de calle San Luis, donde estábamos clandestinos, secuestrándola a mamá. A mí me separan de ella y me dejan en una tintorería que quedaba casa de por medio, en la esquina, con un bolsito. Que evidentemente era mi bolsito.

Bianca Bentivegna Oliva en

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El día anterior a que los secuestraran, los militares que permanecían en la casa de las tías de Susana, tías abuelas de Mariana, eran notificados de que ya habían dado con el paradero de los Oliva- Martinelli y que podían irse y dejar a las mujeres en paz. Antes les anotaron un número de teléfono, el de la Base Naval de Mar del Plata, y les dijeron que una vez que se los llevaran les iban a avisar para recibir instrucciones de dónde buscar a Mariana. No iban a apropiarla y eso, al parecer, era una decisión tomada.

—Luego de que se produce el secuestro mi tía Mecha llama a la Base Naval, pide para hablar con Susana por una cuestión de cuidados, de mamadera, de… Imaginate que yo tenía cinco meses y mi tía abuela era solterona, así que no tenía nada de información sobre cómo cuidarme. Mi mamá no atiende. Consigue hablar con mi papá que le dice que mamá estaba muy nerviosa y que le pregunta qué necesitaba. El último contacto es con papá, pero de algún modo eso confirma que estaban en la Base Naval porque los dejan hablar por teléfono.

Después de que se llevaron a Susana, algún agente de la fuerza dio aviso a sus tías de dónde habían dejado a Mariana. Por los nervios, o quién sabe, su tía Esther no lograba dar con el sitio y un militar terminó escoltándola hasta la tintorería. Luego —o quizás antes o al mismo tiempo— los funcionarios del aparato represivo hicieron lo de costumbre: vaciaron la casa de Pellegrini en la que los militantes estaban alojados. Se robaron hasta los rollos de tela que tenía para el taller simulando que eran cadáveres para que nadie viera que, además de secuestradores y asesinos, eran ladrones de poca monta.

Esa misma noche Mariana viajaba con su tía abuela, Mecha, la que es “como la Abuela de Plaza de Mayo” de su familia, “la que dio testimonio en todos los juicios, la que llevó adelante todas las causas”, a Paso de los Libres, donde creció rodeada de familia. Donde vivió hasta que se fue a estudiar Diseño a Santa Fe.

—Al otro día estoy con mi abuela materna y mi abuela paterna y también con mi abuelo materno. Y con mis tíos. Mamá era la mayor de cinco hijos. Después le seguían Pablo, Nora, Luis y Leo, que tenía 9 años y para mí fue como mi hermano. Tengo una familia grande. Mi abuela materna era muy joven, tenía 45 años. Y para mí fue mi mamá. Me crié con ella y con mi otra abuela. Le decía “mamá” a las dos. Del lado paterno, mi abuela tenía 53, o algo así, y mi abuelo ya no vivía. Entonces me crié con mis dos abuelas y con mi abuelo materno. Y con toda la familia: tíos de parte de los dos lados. Tuve la gran suerte de no haber sido apropiada, de no haber tenido que reconstruir la identidad. Fui creciendo con la verdad cada vez más completa.

Mariana agradece. Agradece que en medio del cimbronazo que partió el espejo, ese que iba a tener que reconstruir para que le devolviera una imagen entera al mirarse, no fue arrancada de su familia. Agradece haber sido criada en el centro de una tribu numerosa en la que siempre fue amada, en la que siempre supo quién era. En la que sus abuelas, que “estaban totalmente quebradas”, empujaban para adelante y solo para adelante. Agradece. Y, por momentos, cuando habla de su abuela materna la llama “mi mamá”. Se corrige de inmediato.

—Hicieron el duelo mientras me criaron. Mi abuela materna tenía una garra. En ningún momento la recuerdo llorando. Ella siempre estaba pum para arriba, manteniendo a toda la familia. Era la cabeza de la familia y la que trataba de vivir con normalidad e incluso, te diría, con alegría en un contexto… Yo ahora lo entiendo y entiendo que era un poco una pose también, ¿no? Porque no podés ser auténticamente feliz después de lo que te pasó. Hay un dato que no te dije todavía: a mi mamá la secuestran en agosto y al hermano que le seguía, Pablo Martinelli, lo asesinan en noviembre. Ella pierde, en el lapso de tres meses, a sus dos hijos mayores. Una resiliencia terrible porque le quedaron tres hijos de cinco, y yo, que tenía cinco meses. Y se puso encima la misión de sacar a todos adelante.

Base Naval de Mar del Plata

Su familia materna pudo recuperar los dos cuerpos. Al de su tío, Pablo Martinelli, que estaba estudiando Veterinaria en Resistencia, Chaco, cuando lo acribillaron en la calle, se lo devolvieron con la condición de que firmaran un certificado de defunción falso que decía que había muerto en un accidente. Al de Susana, su madre, lo fueron a buscar a la morgue de Bahía Blanca después de que, a fines de 1976, el diario La Nueva Provincia publicara un comunicado oficial que decía lo que se decía casi diariamente con algunos desaparecidos a los que asesinaban y ponían como muestra del triunfo de la “guerra contra la subversión”: que “Susana Laura Martinelli fue abatida en un enfrentamiento en Villa Rosario, Bahía Blanca. Y Carlos Alberto Oliva resultó prófugo”.

—Esa es la noticia final que tenemos de ambos. Se supone que en noviembre los dos son trasladados a Bahía Blanca. Y esto lo sé por los dibujos, porque los dibujos están fechados y el último dice veintipico de noviembre. Entonces, después de esa fecha, finales de noviembre o principios de diciembre, los trasladan a Bahía Blanca. No sabemos exactamente a qué centro clandestino, eso no lo pudimos reconstruir. Los asesinan en Bahía Blanca. Suponemos que a papá lo asesinan con mamá, pero no sabemos nada. En el 2001 me contacté con los antropólogos. Me tomaron la muestra del ADN, se exhumaron dos tumbas donde se suponía que podía estar, y ninguna de esas muestras coincidió con la mía. Ahí quedó la búsqueda de los restos de papá. Ahora con todo esto de los nuevos reconocimientos me dan ganas de reactivar eso, pero todavía no lo he hecho.

Mariana creció sabiendo. Que era nieta de las mujeres a las que llamaba “mamá”. Que era sobrina de esos a los que consideraba hermanos. Yendo de la casa de sus abuelos maternos a la de su abuela paterna, como en un régimen armónico de tenencia compartida: “Mis abuelas casi conformaban una sociedad maternante. Realmente fue la mejor solución y yo agradezco porque sinceramente no sufrí cuando era niña. Incluso te diría que la ausencia la empecé a sentir cuando fui madre. Ahí me cayó la ficha de la orfandad”. Creció rodeada de fotos e historias de su madre “entonces, a medida que iba creciendo iba conociéndola también, pero de un modo muy natural, muy cotidiano”. Y, aunque en menores dosis, también de fotos e historias de su padre. Creció diciendo, con orgullo, que habían muerto en una guerra.

—Y viví sin problemas. Después me fui enterando, sobre todo por mi tía Mecha, que me iba contando cosita a cosita, que me iba plantando la semilla del interés por la verdad. Cuando yo empecé a crecer, ella empezó a traer a casa un maletín y me decía: “Cuando vos quieras. Yo tengo acá todo los documentos, todos los testimonios. Cuando vos quieras lo abrís y podés leer todo”. Fue pasando el tiempo. Cuando tenía 15 o 16 salía a la calle y la gente me paraba en el pueblo y me decía: “¡Ay, sos la hija de Susana! ¡Sos igual a Susana!”. Y me abrazaban y se emocionaban. Para mí era raro porque era gente que yo no conocía que me interceptaba en la vía pública, y eran momentos sumamente intensos, muy emotivos, especialmente para las otras personas para las que verme era como ver un fantasma, porque según dicen soy muy parecida a mamá. Entonces realmente impactaba. Y así me pasó con amigos, compañeros de la escuela y también me pasaba con amigos y compañeros de papá. A los 25, que ya era más que grande, había terminado la carrera de Diseño, ya estaba trabajando en la facultad como docente, esta tía Mecha, en un viaje que hago a visitarla a La Paz —porque ella se había vuelto a vivir a su casa materna, en Entre Ríos—, me dice: “Acordate que acá está el expediente. Cuando vos quieras”. Y en esa casa, que era la de mi bisabuela, lo abro. Fue como una zambullida dramática porque ahí estaba todo, incluso fotos del cuerpo de mamá.

Mariana agradece también que nadie de su familia la haya presionado a entrar en la parte más cruda de su historia. Que hayan respetado sus tiempos. Su proceso de maduración.

A los pocos días de leerlo todo no se aguantó. Hizo lo que se hacía para encontrar a alguien en la era anterior a las redes sociales: fue a una cabina telefónica, buscó el nombre de Alberto Pellegrini en la guía de Mar del Plata, confirmó que tenía la misma dirección en la calle San Luis, donde ella había estado junto a sus padres por última vez. No se animó a llamarlo. Se guardó los datos y le escribió una carta dejándole su número. Pocos días más tarde, tomado por la emoción, él la llamó a ella sin poder creer que hablaba con la bebé con la que había compartido un tiempo precioso, guareciéndose del terror, dos décadas y media atrás.

En agosto de 2001 Mariana, acompañada por su tía Mecha, viajó a Mar del Plata, a su encuentro. Sin planearlo, volvió a la ciudad en la que había nacido, de la que se había ido con pocos meses, exactamente el mismo día que 25 años antes la había dejado. Y de la mano de la misma persona que la había sacado de ahí.

—Fue muy fuerte. Mecha es la que me lleva a Paso de los Libres y con Mecha vuelvo a Mar del Plata, el 5 de agosto del 2001. Y ahí me contacto con un montón de gente, compañeros de militancia. La mayoría recordaban mucho a mamá y a papá. Ese día, cuando llego, me voy caminando hasta la casa, el último refugio familiar. Golpeé la puerta, me recibió Alberto y a partir de ahí fue sumergirme en un pasado oscuro, pero a su vez superimportante. Los lazos que se generaron con Alberto y otras personas que hoy ya no están fueron muy fuertes. Me acuerdo de que en la casa de calle San Luis Alberto me dice: “Mira, vamos a un bar donde quedamos con unos amigos que te quieren conocer”. Llegamos, nos acercamos a una mesa, y de repente estoy rodeada de personas que me abrazan, que se emocionan, yo me emociono, y después nos empezamos a presentar. Momentos que van a quedar para siempre en mi vida, ¿no?

Mariana Oliva Martinelli con Rosana Cassataro, artista plástica e hija de detenidos desaparecidos (Gentileza Mariana Oliva Martinelli)

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Este no es el fin de la historia.

El fin de semana siguiente al llamado de Pablo Vassel, el abogado llegó a la casa de Mariana. Después de conversar un poco, fue al grano: “Bueno, te vengo a traer esto”. Le entregó una carpeta oficio marrón, con solapa.

—Abro la carpeta y lo primero que veo es el dibujo de una bebé en una cunita, rodeada de corazones y duendes. Un dibujo muy amoroso. Y arriba dice “Arrorró”, como título. Cuando empiezo a ver ese dibujo me agarra una emoción intensa porque me doy cuenta al toque de que era un dibujo de mamá que me estaba dibujando a mí.

Al verlos, Mariana lo supo. Tenía con ella cartas que su madre había enviado a su familia, las que acompañaba con pequeños dibujos en los márgenes. Conocía su letra, su trazo, el estilo de las ilustraciones. Y, además, estaba firmado.

—Paso la hoja y descubro este otro dibujo que fui a presentar en el juicio donde están los dos detenidos en las sillas, lado a lado, como en espacios separados porque están como divididos por un tabique. Están en condiciones propias del centro clandestino, condiciones infrahumanas, y ese dibujo está fechado y firmado. También era muy evidente que era un autorretrato de ambos. Papá está tosiendo, puteando; mamá tiene un globo de diálogo encima que tiene pájaros volando. Los gestos, las caras, son muy similares a las de ellos. Mamá dibujaba muy bien, era otro talento de ella. Este dibujo dice: “Mismo que sin palabras”, como un título. Después hay un dibujo de una sirena que también lleva un título que dice “Fantasía” y otro de dos personas de civil hablando entre sí, como trabajando, en un espacio que parece una oficina, que evidentemente son los milicos en los lugares de interrogatorio, los centros clandestinos.

Las preguntas se le abarrotaron en el pecho. De dónde habían salido. Cómo es que su madre había podido hacer esos dibujos durante su secuestro, porque la fecha, noviembre del 76, indicaba que los había hecho en cautiverio. Por qué uno, en el que la dibujaba a ella, estaba dedicado a un secuestrador que probablemente haya sido su secuestrador, el que las separó. En ese mismo momento llegarían algunas de esas respuestas. Otras no lo harán jamás y Mariana tejerá suposiciones, hipótesis que constituyen ese espejo partido.

“¿De dónde los sacaste?”, fue lo primero que le preguntó a Vassel cuando pudo salir del impacto.

—”Mirá”, me dice, “me contactó Martín Azcurra, que es hijo de Héctor Azcurra, es un hijo desobediente [N. de la R. los hijos de militares que repudian el accionar de sus padres durante el terrorismo de Estado y se desligan de ellos]”. Él descubrió estos dibujos en su casa materna y decidió, como no se animaba a contactarme directamente, buscar un intermediario, que fue Pablo.

Los dibujos habían salido de un sobre que había estado guardado cuarenta años en la casa de Héctor Azcurra, suboficial de la Central de Inteligencia de la Fuerza de Tareas 6, de la Base Naval Mar del Plata, transferido después a la sección de Inteligencia de la Fuerza de Submarinos (FUSA). El sobre tenía una inscripción: “Dibujo de Laura Susana Martinelli”.

Quizás Azcurra haya sido el secuestrador de su madre. Quizás haya sido “un represor benévolo” o lo haya sido con Susana. Quizás ella haya intentado enternecerlo para sobrevivir. La incógnita abre un agujero infinito y sin sentido. Lo cierto es que esos dibujos que sobrevivieron al tiempo son testimonio. Y una prueba en su contra en el juicio por delitos de lesa humanidad conocido como “Subzona militar 15”, en alusión a la estructura represiva que tenía bajo su control operativo lo que sucedía en Mar del Plata y alrededores, que lo tiene entre sus acusados.

Vassel le dejó el contacto de Martín. Una semana después Mariana agendó el número y le mandó un mensaje de WhatsApp: “Hola, soy Mariana”.

—Empezamos un diálogo por mensajito que se estiró toda la mañana. Comenzamos ahí una relación que es hermosa, porque después nos conocimos personalmente, él vino a casa con su hijo, volvimos a ver los dibujos, y me dice: “Mirá, yo en este dibujo —donde están los dos milicos— reconozco a mi viejo. Este es mi viejo”. Me contó que, una vez que hablaron, el padre le dijo que recordaba a mamá. Qué sé yo. El tipo guardó los cuatro dibujos y los cuatro dibujos ahora son prueba directa contra él y contra sus colegas. El tipo ya tiene una condena y ahora en el juicio de Mar de Plata, en el que di testimonio, los presenté. El juicio está cerrándose, pronto terminan los alegatos y va a tener otra condena. Él y todos los del cuerpo. Algunos vivos, otros ya están muertos. Esa es la historia de los dibujos.

Isabella Bentivegna Oliva en

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“Un tesoro”, “un bálsamo”, “un testimonio”, “una declaración de amor”. Mariana va a darle diferentes significados, diferentes apreciaciones a los dibujos “porque siempre, como le pasa a muchos hijos de desaparecidos, hay un momento donde no entendemos cómo nuestros padres pudieron anteponer la causa a estar con nosotros, a criarnos o a cuidar la familia. Es un momento de mucha bronca. A mí me pasó eso durante mucho tiempo. No podía comprender o aceptar cómo podían haberse puesto en riesgo al punto de dejarme en bolas, sin ellos. Cuando encontré el dibujo de la cunita, fue como escuchar a mamá diciendo: ‘No, yo todo el tiempo estaba pensando en vos, todo el tiempo estaba amándote’”.

—Que esos dibujos hayan sobrevivido, hayan pasado en la casa del secuestrador 41 años y que después hayan llegado a mí, es un milagro, es como una botella tirada al mar con un mensaje que llegó al destinatario.

Los dibujos; su familia de cinco hijos; una obra de danza en la que sus hijas mayores bailan la historia de sus abuelos y presentaron en Mar del Plata; un proyecto llamado “Luciérnagas, el desafío de reconstruir vidas interrumpidas”, en el que Mariana intenta recuperar, de diferentes modos y en diferentes soportes, las vivencias de Susana y Calú; el reencuentro con los excompañeros de militancia; son para ella una victoria.

—¿Tiene algo más para decir? —le preguntó el juez, en Mar del Plata, después de su declaración en la que reconstruyó lo sucedido con sus padres.

—Sí. Vengo a presentar también estos dibujos —respondió Mariana, y levantó una lámina con el dibujo, que había ampliado, en el que se ve a dos personas atadas, en cautiverio—. Esta es mi mamá hablando. Yo solo le estoy prestando el cuerpo.

Una victoria de sus padres. Y suya.