
—Margarita, ¿le pica la nariz? ¿está resfriada?
—Es por los nervios y porque el aire acondicionado me da alergia.
Era enero de 1998 y Margarita Graziana Di Tullio, cuyo apodo “Pepita, la pistolera” ya la acompañaba desde hacía más de una década, estaba sentada en la mesa de los almuerzos y las cenas más célebres de la historia argentina. En un corte, Mirtha Legrand quiso saber por qué su invitada se refregaba tanto la nariz. Margarita contó que le respondió eso, que estaba nerviosa y con un brote alérgico, pero que en realidad había tomado algo de la cocaína que había escondido en su regazo y que manejaba con destreza con su meñique izquierdo.
Muchos años después, Gabriel, uno de los cuatro hijos de Margarita, desmentiría la historia que su propia madre había contado. Se trataba de una de todas las imprecisiones, exageraciones o puntos ciegos de la historia de Pepita, que había inscrito su nombre en la historia criminal argentina en 1985, tras asesinar a tres hombres en su casa, y cuyo nombre había adquirido una definitiva notoriedad nacional cuando se la involucró en el crimen de José Luis Cabezas. Todo eso había llevado a Margarita a la mesa de Mirtha, cuya locutora la presentó al aire como “comerciante”.
La hija del padre que quería un hijo
Antonio Di Tullio quería un hijo varón. Así que cuando Irene, su pareja, parió a una nena, Antonio primero se decepcionó y después decidió que, como él quería un varón, criaría a esa hija como tal. Margarita nació en 1948 y su papá, un inmigrante italiano que a veces era taxista y a veces era obrero, y que siempre estaba en contacto con los sindicalistas más encumbrados del puerto de Mar del Plata, donde vivía la familia.

Antonio puso a Margarita a aprender boxeo y le enseñó a empuñar y disparar armas de fuego. Cortas y largas. La puso a pelear, por plata, contra varones que, casi siempre, eran más grandes y pesados que ella: para que la aceptaran en esas riñas, la nena tenía que vestirse con ropa que se pareciera a la que usaban los nenes de esa época. El pelo largo, claro, también se ocultaba o directamente se cortaba.
La primera vez que Margarita Di Tullio robó fue en la Gruta de Lourdes, un punto turístico de su ciudad natal al que los fieles iban para venerar a esa virgen y, también, para dejarle sus donaciones. Ella tenía siete años y su papá la entreveraba entre quienes se acercaban a la gruta para que se llevara lo que había en las alcancías de las limosnas.
En su adolescencia, los turistas seguían siendo sus víctimas preferidas. Pero ya no los fieles de la Gruta de Lourdes, sino los que se amuchaban en las playas más populares del centro marplatense. Margarita aprovechaba sus descuidos para llevarse sus billeteras y algunas otras pertenencias. En casa, Antonio esperaba el botín. El día que Margarita llegó con menos plata de la esperada, su padre le dio una trompada tan fuerte en la cara que ella supo que era el momento de abandonar esa casa para siempre.
La primera vez que fue presa, Margarita tenía 17 años y había robado un auto a mano armada. La trasladaron al penal de Dolores y esa primera vez en la cárcel la endureció todavía más. “Sofisticó” su método criminal: ahora iría a las zonas costeras más oscuras de “La Feliz, esa en la que las parejas estacionaban sus autos y que se conocía, como en tantas otras ciudades, como “Villa Cariño”.
Cuando los autos se movían lo suficiente y Margarita sabía a sus víctimas al menos semi desnudas, les pegaba un culatazo en la ventanilla y les exigía sus pertenencias. Cuando cayó por robar así, pasó cinco años en prisión, entre 1971 y 1975. El mundo del hampa marplatense ya conocía a la perfección su nombre y sus métodos.
Una vida en el puerto
No sirvió de nada el matrimonio que Margarita intentó con Francisco Dionisio Moreno, un integrante de la Armada cuya formalidad cotidiana desencajaba con la vida a la que ella se había acostumbrado desde la niñez. Quiso “encarrilarse”, su familia quiso que se encarrilara, pero ella se aburrió enseguida y se divorció.

El puerto marplatense en el que su padre se había manejado con soltura desde siempre se volvió algo así como el hábitat natural de Margarita. El puerto y la noche. Empezó a trabajar como “copera” en los cabarets que había en la zona: se ocupaba de sentarse con algún cliente y entretenerlo -muchas veces, encendiendo las expectativas de un inminente encuentro sexual- para que ese cliente consumiera alcohol. Las “coperas” cobraban un porcentaje de esas consumiciones.
Con algunos clientes, Margarita decidía irse a pasar la noche. “No con cualquiera, sino con los que le gustaban. Jamás aceptaba al que venía porque sí”, contó alguna vez una de sus compañeras. Los años en la noche portuaria trajeron algunos de sus amores más intensos y también la maternidad: nacieron Guillermito y Gabriel, hijos de Guillermo Cabrera y Horacio Triviño.
Guillermo “El Negro” Schelling, capitán de un barco pesquero, fue uno de esos grandes amores. El que la impulsó y la ayudó a abrir Neisis, el club nocturno en el que Margarita era ama y señora. Después llegaría Rumba, otro local, y también llegarían Gustavo y Mauricio, los hijos que Margarita tuvo con Schelling. La pareja también integró a la familia a “La Polaca”, una joven que trabajaba en Neisis y Rumba.
Margarita juraba que ninguna de las mujeres que trabajaban en sus locales -como “coperas”, en la caja, o ejerciendo la prostitución- estaba obligada o cooptada para hacerlo. La justicia, sin embargo, la imputaría por proxenetismo. A mediados de los ochenta, Margarita era una figura central de la vida nocturna de Mar del Plata.
La noche que nació “La Pistolera”
Margarita estaba con “el Negro”, con sus hijos y con “la Polaca” cuando Alejandro “El Tarta” Lozada, su hermano Roberto Lozada y Américo Córdoba irrumpieron con violencia en la casa de la familia. “El Tarta” era una especie de “matón” conocido en la noche marplatense. Margarita lo había contratado para que se ocupara de la seguridad de Neisis y Rumba, y tenían algo así como una sociedad en un pool, también en el puerto.

Las hipótesis de por qué “el Tarta” y sus dos cómplices violentaron el departamento de Margarita y entraron son varias: que le reclamaba una indemnización que ella daba por saldada porque él había destruido un auto de su propiedad; que habían planificado juntos un robo y ella se había quedado con las joyas del botín, sin dividirlas; que Margarita le debía 300 dólares vinculados al pool, y no quería pagar.
Es imposible saber con precisión qué pasó esa madrugada, la del 20 de agosto de 1985. Los detalles variaron a medida que Margarita y “el Negro” declaraban. Lo que sí se sabe es que a Roberto Lozada y a Américo Córdoba los mató Margarita con el revólver calibre .38 que guardaba debajo de su colchón. Nunca se pudo determinar si al “Tarta” lo mató ella o Schelling, que también abrió fuego ante la intrusión de la casa. Los atacantes habían derribado la puerta de la casa mientras gritaban “¡decinos dónde tenés la guita, carajo!”.
Cuando declaró ante la justicia, Margarita aseguró que los tres hombres amenazaban con violarla a ella y a sus hijos antes de matarlos, y que ese fue el momento en el que ella decidió parapetarse y esperar el momento exacto para disparar. También dijo que uno de ellos le puso un arma en la frente y que, en ese momento, ella apretó el gatillo para matarlo.
Margarita fue detenida horas después y el triple homicidio ocupó los titulares de todos los diarios marplatense. Tres días después del crimen, un periodista de policiales del diario La Capital de esa ciudad la llamó “Pepita, la Pistolera” en su nota. Era una alusión a una canción popular mexicana de los años cincuenta que dice “ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, diosito, ¿qué pasará? pues ya llegó la fiera, Pepita la pistolera”. Margarita odió el apodo desde el primer momento, pero nunca logró sacárselo de encima.
En 1986, “Pepita” fue condenada a veinte años de prisión, y Schelling a dieciséis. Pero un año después logró una reducción contundente de la pena. La Cámara de Apelaciones cambió la calificación a “exceso de legítima defensa” y redujo la condena a tres años de prisión en suspenso: Margarita accedió a la libertad condicional.
La falsa acusación
Tras su liberación, “Pepita” siguió involucrada en casos de robos, en la vida nocturna de Mar del Plata y también en causas vinculadas al tráfico de drogas, aunque nunca llegaron a procesarla por esto. La relación con Schelling se quebró tras la profunda depresión que sufrió él. El vínculo terminó con violencia y él murió en 1995: cayó del balcón de un quinto piso.

Dos años después, el salvaje asesinato de José Luis Cabezas conmocionó a la Argentina. La connivencia y el encubrimiento por parte de la Policía Bonaerense se hacía cada vez más notoria, por lo que se necesitaba cómo desviar la atención mediática hacia otros presuntos culpables.
“Los Pepitos” fue el nombre que recibió en los medios la presunta banda comandada por Margarita. Carlos Redruello, un informante policial cuyo testimonio después se demostró que había sido falso, declaró ante la justicia que “Pepita” había planeado el asesinato del reportero gráfico de la revista Noticias y que su banda había concretado el plan.
La Policía allanó uno de los locales vinculados a Margarita, secuestró un arma de uno de los presuntos “Pepitos” y montó un falso peritaje que, siempre según la investigación fraguada, arrojó que ese arma había sido la usada en el homicidio.
Lo que había pasado realmente es que los verdaderos asesinos, con completa complicidad policial, habían guardado algunas balas del crimen para “plantarlas” en quienes fueran seleccionados como “chivos expiatorios”: “Pepita” fue la elegida para ser acusada. La criminal que había sido noticia en 1985 por el triple en Mar del Plata ahora se instalaba para siempre, y a nivel nacional, en el inconsciente colectivo: su rostro y su firmeza al hablar y defender “los códigos de la calle” se volverían inolvidables.
Acusada de ser la instigadora del crimen de Cabezas, Margarita fue detenida y trasladada otra vez a Dolores, un penal que ya conocía. “No sé quién es Cabezas, yo no mato por la espalda y mucho menos a un trabajador”, les dijo a los periodistas que la esperaban en la puerta de la cárcel. Pasó 77 días en el penal hasta que se demostró que Redruello había declarado falsamente, que el arma había sido plantada y que todo era un montaje para desviar la atención respecto de las responsabilidades de la Bonaerense. “Pepita” fue sobreseída y recuperó su libertad.

Cuando se cumplió un año del crimen de Cabezas, fue una de las invitadas al programa de Mirtha Legrand, en el que también estaba el periodista de investigación Enrique Sdrech y al que faltó un comisario que había prometido dar novedades del caso en la mesa de “Chiquita”.
Un cajón regado con champagne
En 2007, el hijo mayor de Margarita murió inesperadamente en San Juan. Ella empezó a viajar repetidamente a esa provincia: quería bajar el ritmo, alejarse un poco (o mucho) del puerto en el que había sido “copera”, emperatriz de la noche, atacada en su propia casa, asesina y víctima de un montaje policial.
Dos años después de la muerte de su hijo, en julio de 2009, Margarita Di Tullio estaba en San Juan. Sintió un dolor de cabeza agudísimo y, enseguida, que el lado derecho de su cuerpo se paralizaba. Tuvo un infarto cerebral masivo. La trasladaron en un avión sanitario a Mar del Plata, donde murió el 30 de noviembre de 2009. Tenía 61 años.
“Cuando me muera, quiero que brinden con champagne y escuchen cumbia. No los quiero tristes porque los voy a estar mirando”, les había indicado “Pepita” a los suyos algunos años antes del colapso cerebral, cuando habló de cómo quería que la despidieran.
La velaron en la zona del puerto, donde había vivido al máximo. Fueron muchas de las mujeres que habían trabajado en Neisis y Rumba, vestidas con la ropa que usaban de noche. Fueron marineros, ladrones que ya no robaban porque se habían puesto grandes, policías que confiaban en su palabra, y los vecinos a los que “Pepita” les había dado una mano.
Hubo cerveza y muchas botellas de champagne. Sonaba Sandro a los gritos y, dicen, estuvo allí también el loro al que “Pepita” le había enseñado algunas estrofas de la marcha peronista. Los barcos pesqueros bajaron sus banderas a media asta: estaban de luto. En el cementerio, los hijos de Margarita derramaron lo que quedaba del champagne sobre el cajón de su madre. Todos los que estaban ahí la aplaudieron durante varios minutos. Había sido una gran protagonista de la vida de muchos de los que estaban ahí.




