Las pruebas PISA mostraron que solo 7,8% de los estudiantes de 15 años alcanza el nivel básico en lectura, Matemática y ciencias, un deterioro que anticipa problemas concretos antes del ingreso a la universidad: dificultades para resolver cuentas cotidianas, comprender textos, escribir con precisión, estudiar con método y sostener autonomía académica.
El dato se agrava en Matemática, donde tres de cada cuatro alumnos no logran resolver operaciones sencillas de la vida diaria. Al mismo tiempo, la proporción de estudiantes que no llega a los niveles básicos registró su valor más alto desde 2006.
Sofía Park Vaccaro, estudiante de Ciencia Política en la Universidad de San Andrés, contó en Infobae Al Mediodía que llegó a la universidad con problemas para adaptarse pese a haber terminado la secundaria en Chivilcoy con promedio de 9,85. Dijo que el nivel de material y exigencia del primer semestre era muy distinto del que había conocido en la escuela. “Sentimos que hay un problema estructural, que la información, los contenidos que se bajan desde arriba muchas veces no llegan a cubrir la cantidad de aspectos que deberían”, manifestó.

La administración del tiempo fue uno de sus principales obstáculos. También identificó mayores dificultades en Economía, una materia con contenidos matemáticos, donde advirtió una falencia compartida por varios compañeros: “Veníamos con una base muy pobre de Matemática”.
Según relató, los docentes tuvieron que sumar explicaciones para compensar esas carencias. Para Park Vaccaro, la secundaria no aborda todos los contenidos necesarios para enfrentar las materias universitarias.
La estudiante también describió problemas en Escritura y Oratoria, una asignatura del ciclo básico de la universidad que exige lectura analítica, comprensión de textos y producción escrita. Allí, dijo, varios alumnos encontraron dificultades para responder a esas demandas.
Sobre ese punto, agregó: “Los profesores mismos se dieron cuenta que veníamos con un nivel muy bajo de las escuelas secundarias”. A su juicio, las diferencias de exigencia y contenidos entre escuelas condicionan las herramientas con las que cada estudiante empieza la vida universitaria.

Park Vaccaro resumió ese diagnóstico en una definición más amplia: “Sentimos que hay un problema estructural”. Su planteo apunta a que la formación escolar deja afuera aspectos que luego resultan necesarios en estudios superiores.
Escuela y tipo de acompañamiento
Isabella Asteinza, también estudiante de Ciencia Política en la Universidad de San Andrés, describió una trayectoria distinta. Explicó que su secundaria tuvo una exigencia alta, con exámenes internacionales y orientación en ciencias sociales, y que eso la preparó mejor para la carrera.
Aun así, dijo que entre sus compañeros aparecía la misma inquietud en torno de Matemática, sobre todo entre quienes pensaban seguir ingeniería o Economía. “Sentíamos que nos faltaba una preparación previa”, afirmó.
Asteinza ubicó esa tensión en el último año de secundaria. Según explicó, en esa etapa los alumnos deben cerrar su recorrido escolar mientras intentan anticipar las exigencias académicas que encontrarán poco después.
Camila Domínguez, estudiante de Medicina en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, dijo que su escuela sí le dio una buena base en Matemática, aunque observó que muchos compañeros no contaban con esa preparación. En su experiencia, la diferencia central apareció en la velocidad con la que la universidad concentra contenidos.

“Temas que en la secundaria se dan en un cuatrimestre, medio año, se dan en una clase en la facultad”, explicó. Para Domínguez, esa aceleración obliga a seguir las materias con otro ritmo desde el comienzo.
La estudiante también marcó una distancia en el tipo de acompañamiento. Mientras la secundaria ofrece más seguimiento, la facultad exige que cada alumno organice sus tiempos y resuelva por sí mismo sus dificultades de estudio.
Eso, sostuvo, deja al descubierto una carencia menos visible que los contenidos: aprender a estudiar. “Te das cuenta que quizás no lo sabés hacer”, dijo sobre el trabajo individual que demanda la universidad.
Las estudiantes vinculan las falencias con la desigualdad entre escuelas
Park Vaccaro precisó que las tres jóvenes hablaron desde experiencias en escuelas privadas. Según señaló, esos colegios ofrecían cursos menos numerosos, mayor atención docente y más acompañamiento institucional.
La comparación, dijo, deja ver la desigualdad del sistema educativo argentino. Mencionó escuelas con más de 40 alumnos por aula y menos recursos para cumplir con los contenidos previstos.

“Muchas veces las escuelas no tienen los recursos para ir en línea con los contenidos que se deben dar”, sostuvo. En su mirada, esa desigualdad amplía la distancia entre estudiantes antes incluso de empezar la universidad.
Domínguez agregó que el último año de secundaria a veces desplaza el foco sobre las materias. Señaló que actividades como el viaje de egresados, el Último Primer Día y otros eventos habituales de esa etapa pueden alejar a los alumnos de la preparación académica.
Asteinza propuso una salida: fortalecer el vínculo entre las escuelas secundarias y las universidades. Su planteo busca que los estudiantes conozcan antes del ingreso los métodos de estudio y el nivel de exigencia que encontrarán en las carreras.
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