La OMS indica que después de los 60 no existe un deporte único mejor y recomienda combinar actividad aeróbica, fuerza y equilibrio.

No hay un único deporte mejor después de los 60 para empezar desde cero. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y los estudios citados recomiendan combinar actividad aeróbica, fuerza y equilibrio, porque ese enfoque se asocia con más autonomía, menos riesgo cardiovascular y menos caídas en la vejez.

El dato con mayor reducción observada sobre prevención de caídas aparece en los programas multicomponente. Según la Organización Mundial de la Salud, las intervenciones de más de tres horas semanales que incluyen equilibrio y ejercicios funcionales lograron una reducción del 42% en la tasa de caídas.

Si la pregunta es qué conviene hacer al iniciar, caminar a paso ligero surge como la opción más práctica para la mayoría de las personas mayores de 60 años. El motivo es simple: permite sumar trabajo aeróbico, tiene bajo impacto y suele ser accesible para quien no venía entrenando.

Ese punto, sin embargo, tiene un límite claro: caminar solo no alcanza. De acuerdo con la OMS, en adultos mayores la actividad física debe ser variada y multicomponente, con énfasis en equilibrio funcional y entrenamiento de fuerza al menos en parte de la semana.

Caminar es una buena puerta de entrada, pero la fuerza gana peso con el envejecimiento

La evidencia citada en el texto fuente señala que el entrenamiento de fuerza adquiere un papel central a medida que avanzan los años. No se trata solo de desarrollar músculo: mejora la fuerza general, la marcha y el equilibrio, tres variables ligadas a la capacidad de moverse con seguridad y mantener independencia.

Los programas multicomponente con más de tres horas semanales redujeron un 42% la tasa de caídas en personas mayores, según la OMS.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026, identificada en PubMed, base de datos biomédica con 92 estudios y 5.932 participantes, encontró mejoras grandes en fuerza y mejoras moderadas en distintos parámetros de la marcha. La edad media de los participantes fue de 73,1 años.

Ese trabajo también precisó en qué aspectos se observaban los mayores cambios frente a controles pasivos. Los efectos más altos aparecieron en la prueba timed up-and-go, seguida por la distancia de marcha, la capacidad de levantarse y sentarse y la velocidad al caminar.

Otro metaanálisis mencionado en el material base añadió un dato de peso clínico: hacer entrenamiento de fuerza se asoció con una reducción del 15% del riesgo de mortalidad por todas las causas frente a no hacerlo. Esa asociación refuerza que el trabajo muscular no es un complemento menor, sino una parte estructural del ejercicio en la madurez.

La combinación recomendada prioriza resistencia, músculo y estabilidad

Las guías de la Organización Mundial de la Salud para personas de 65 años o más recomiendan entre 150–300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, o una combinación equivalente. Además, indican ejercicios de fortalecimiento que involucren los grandes grupos musculares en dos o más días por semana.

Para este grupo etario, la recomendación oficial agrega otro componente específico: actividad física multicomponente en tres o más días por semana, con énfasis en equilibrio funcional y fuerza, para mejorar la capacidad funcional y prevenir caídas. También aconseja limitar el tiempo sedentario y reemplazarlo por movimiento de cualquier intensidad.

Bajo ese marco, el esquema semanal planteado para una persona de 60 a 70 años es directo. Propone entre tres y cinco días de caminata de 30 a 45 minutos, dos días de fuerza para piernas, espalda, pecho, brazos y abdomen, y entre dos y tres días de ejercicios de equilibrio, siempre con progresión gradual según la condición física.

La estrategia con más respaldo para envejecer con autonomía y menor riesgo cardiovascular y de caídas combina caminar, fuerza y ejercicios de equilibrio.

Qué actividades ofrecen más ventajas al empezar

El ranking incluido en el material ubica a caminar rápido y al entrenamiento de fuerza en el nivel más alto de valoración. En ambos casos, la razón es distinta: la caminata aporta beneficios sobre corazón, resistencia y control metabólico, mientras que la fuerza favorece músculo, huesos y autonomía.

Un segundo grupo reúne natación, bicicleta, tai chi y danza. La natación y la bicicleta destacan por su perfil aeróbico con bajo impacto articular; el tai chi por equilibrio y coordinación; y la danza por combinar trabajo aeróbico con coordinación y equilibrio.

El tenis y el pádel también aparecen como opciones útiles, con beneficios aeróbicos, de fuerza y coordinación. El propio texto aclara que su conveniencia depende de la condición de cada persona.

Si se busca la mejor estrategia para envejecer con fuerza, autonomía y menor riesgo cardiovascular y de caídas, la combinación más respaldada no es un deporte único, sino una fórmula de caminar, fuerza y equilibrio.

El precursor que descubrió los beneficios del ejercicio

Jeremiah Noah Morris observó algo que cambiaría para siempre la relación entre el cuerpo y la salud: las personas que se movían más morían menos por enfermedades cardiovasculares. A mediados del siglo XX, este médico y epidemiólogo del Medical Research Council británico no llegó a esa conclusión dentro de un laboratorio convencional, sino observando la vida cotidiana en las calles de Londres.

Jeremiah Noah Morris (1910-2009), el epidemiólogo británico que demostró por primera vez la relación directa entre el ejercicio y la salud cardiovascular al estudiar a los trabajadores de los autobuses de Londres en 1953

Tras analizar minuciosamente el trabajo de los conductores de los autobuses de dos pisos —quienes pasaban largas horas sentados— y compararlo con el de los cobradores que subían y bajaban hasta 600 escalones por turno, Morris comprobó que estos últimos padecían la mitad de infartos y sufrían eventos cardíacos mucho menos severos. Publicada en la revista The Lancet en 1953, su investigación no solo dio origen a la epidemiología de la actividad física moderna, sino que demostró una verdad revolucionaria para la época: la diferencia entre la salud y la enfermedad podía residir en algo tan simple y cotidiano como no quedarse sentado.