El maíz en la Argentina estuvo históricamente asociado a los suelos profundos y al régimen de lluvias generoso de la Pampa Húmeda.
Sin embargo, en las últimas décadas la producción de este cereal protagonizó una verdadera transformación geográfica y tecnológica.
El cultivo logró expandirse hacia zonas tradicionalmente consideradas “marginales” —con suelos con tosca, mayor contenido de arcilla o precipitaciones escasas y erráticas— gracias a la adopción masiva de la fecha de siembra tardía.
“El gran cambio tecnológico fue desplazar la floración del cultivo —el período más crítico para la definición del rendimiento— desde el principio del verano hacia el final de la estación”, detalló Gustavo Maddonni, docente de Cerealicultura e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA).
Al mover la ventana de siembra, el cultivo esquiva los picos de calor extremo y la sequía estival de la primera quincena de enero, accediendo a una mejor oferta hídrica al cierre del ciclo.
Esta estrategia productiva, sumada a una coyuntura favorable de precios y ciclos de mayor humedad en áreas del oeste, el sur y el norte del país, permitió dar un salto inédito.
La superficie implantada a nivel nacional pasó de 3 millones a más de 8 millones de hectáreas, mientras que la cosecha global saltó de 20 millones a 60 millones de toneladas.
De este modo, el maíz le ganó terreno a la ganadería extensiva y frenó el monocultivo de soja en zonas donde antes parecía imposible lograr rendimientos competitivos.

Biotecnología y densidad de siembra para sostener los rindes
Retrasar la siembra hasta el inicio del verano era una idea conocida en los ámbitos académicos, pero resultaba impracticable por el impacto de los factores biológicos.
Las siembras tardías exponían a las plantas a una elevada presión de plagas —principalmente los gusanos oruga— y a diversas enfermedades. Las aplicaciones de insecticidas tradicionales no lograban controlar a las larvas una vez que perforaban el tallo, lo que descartaba la viabilidad económica de la técnica.
La clave para destrabar el potencial del maíz tardío vino de la mano de la biotecnología aplicada al mejoramiento genético. La incorporación de la tecnología Bt (proteínas de origen bacteriano sintetizadas por la propia planta) protegió al cultivo frente al ataque de insectos lepidópteros.
Ese avance, respaldado por investigaciones pioneras como las de María Elena Otegui y continuado por los equipos de la FAUBA, convirtió la siembra tardía en una opción segura y escalable para los productores de todo el país.

Actualmente, las líneas de investigación lideradas por Maddonni se enfocan en ajustar la densidad de siembra y la selección de híbridos para aumentar la estabilidad de los rindes en ambientes restrictivos.
Mediante redes de ensayo que integran al sector público, empresas privadas e instituciones académicas nacionales e internacionales, los especialistas estudian la capacidad de compensación de las plantas cuando se disminuye la cantidad de semillas por hectárea.
El objetivo es asegurar un piso productivo elevado y constante sin comprometer la rentabilidad en años climáticamente complejos.
Al consolidar el maíz en ambientes diversos, la ciencia argentina no solo cambió la fisonomía del campo, sino que fortaleció la producción de proteínas para la transformación ganadera y la generación de divisas a través del saldo exportable del país.




