
Dormir mal no solo deja cansancio: también compromete la atención, enlentece el procesamiento de información y dificulta la formación de recuerdos nuevos.
En jornadas laborales extensas, turnos rotativos o días de estudio intenso, ese deterioro cognitivo suele aparecer antes de que exista una posibilidad real de recuperar horas de descanso, lo que vuelve más visibles las estrategias breves para sostener el rendimiento mental.
En ese marco, una pregunta práctica gana lugar dentro de la agenda de bienestar: qué recurso puede ofrecer un alivio acotado cuando una siesta no es posible y todavía faltan varias horas para dormir.
Después de años de recomendaciones centradas casi exclusivamente en descansar más, un estudio reciente comparó el efecto de una siesta con una sesión corta de actividad física sobre la memoria luego de una privación de sueño.

El profesor Marc Roig, investigador de McGill University, explicó en un estudio que 20 minutos de ejercicio aeróbico podrían ofrecer un beneficio similar al de una siesta de 90 minutos para sostener la formación de nuevos recuerdos después de pasar 30 horas despierto.
El dato no redefine el papel central del sueño, pero sí introduce una alternativa concreta para una situación frecuente: seguir en actividad cuando descansar no está al alcance.
El interés del hallazgo aparece cuando dormir durante el día no es una opción
La relevancia del resultado no está en presentar al ejercicio como sustituto del sueño, sino en poner a prueba una intervención breve en un contexto donde muchas personas no pueden interrumpir la jornada para acostarse.
Roig planteó en el estudio que la investigación se concentró en una limitación habitual de la vida cotidiana y laboral: la imposibilidad de compensar de inmediato una mala noche, aun cuando el cansancio ya afecta funciones mentales concretas.

Según el trabajo, el experimento incluyó a 54 adultos sanos de entre 18 y 35 años que permanecieron despiertos durante 30 horas en un laboratorio. Después de ese período, los participantes fueron distribuidos en tres grupos.
Uno hizo 20 minutos de ciclismo aeróbico en bicicleta fija al 80% de su frecuencia cardíaca máxima, otro durmió una siesta de 90 minutos y el tercero permaneció sentado en la bicicleta sin pedalear durante 20 minutos.
Treinta minutos después de esa intervención, todos observaron 150 imágenes. Tres días más tarde realizaron una prueba de reconocimiento para identificar cuáles ya habían visto y cuáles no.
De acuerdo con los autores, ese diseño permitió medir cómo se había conservado una función específica bajo privación de sueño: la capacidad de incorporar recuerdos nuevos, una tarea clave en contextos de trabajo, aprendizaje y toma de decisiones.

El estudio no promete más energía, pero sí una mejora puntual en memoria
Roig y su equipo sostuvieron que los resultados del grupo que hizo ejercicio quedaron muy cerca de los del grupo que durmió. En comparación con el grupo de control, la tasa de aciertos en memoria fue 21% más alta entre quienes realizaron actividad física y 23% más alta entre quienes hicieron la siesta.
El hallazgo apunta a una mejora acotada, vinculada a una función concreta, y no a una recuperación general de los efectos de dormir poco.
El estudio también registró que quienes pedalearon no informaron sentirse más fatigados que las personas que permanecieron sentadas sin hacer ejercicio. De todos modos, quienes durmieron sí reportaron menor cansancio que el grupo de actividad física.

Esa diferencia ordena mejor el alcance del resultado: el ejercicio podría colaborar con el desempeño cognitivo en una situación específica, pero no genera la misma sensación subjetiva de descanso que una siesta.
Roig afirmó, según reprodujo el medio británico, que la pérdida de sueño afecta casi todos los aspectos del pensamiento y del funcionamiento diario.
En ese contexto, señaló que muchas personas no pueden simplemente detener lo que están haciendo para dormir más, y que una sesión breve de ejercicio podría ayudar a preservar una capacidad cognitiva importante.
La investigadora Madhura Lotlikar, autora principal del trabajo, agregó que una siesta no siempre es viable en medio de un turno o de una jornada de estudio.

También indicó que el ejercicio tiene la ventaja de ser accesible, de bajo costo y simple de implementar, por lo que aparece como una herramienta posible cuando el sueño es limitado y no hay margen para descansar de inmediato.
El estudio acota el efecto a una tarea puntual y no equipara ejercicio con sueño
Roig y sus colegas remarcaron en el estudio que el ejercicio no reemplaza al sueño. El trabajo se concentró en la formación de memoria nueva después de una privación aguda, no en todos los efectos del descanso insuficiente ni en las necesidades generales de recuperación del organismo.

Según los autores, la siesta y el ejercicio parecían actuar por mecanismos distintos. La siesta habría reducido la presión de sueño, es decir, la necesidad creciente de dormir que se acumula con las horas de vigilia.
En cambio, el ejercicio parecería haber ayudado al cerebro a aprovechar mejor los recursos de atención y procesamiento de memoria que todavía conservaba. Esa diferencia impide equiparar ambos recursos como si cumplieran la misma función.




