Fusión nuclear y patatas fritas congeladas: una colaboración inesperada

El camino que nos conduce hacia la energía de fusión comercial está repleto de retos, y algunos de ellos son titánicos. La ciencia básica que reside en la base de esta tecnología no tiene secretos para los físicos. De hecho, coquetean con ella desde los años 40 del siglo pasado. Sin embargo, llevar a la práctica ese conocimiento desencadena desafíos en el ámbito de la ingeniería que es imprescindible resolver.

Podemos imaginar de una forma intuitiva un reactor de fusión nuclear como una olla a presión en la que se cocinan dos ingredientes esenciales: deuterio y tritio. Para conseguir que los núcleos de estos dos isótopos del hidrógeno se fusionen y liberen el neutrón que en última instancia nos va a permitir obtener una gran cantidad de energía es necesario confinarlos en un plasma extremadamente caliente. De hecho, para que este proceso tenga lugar debe alcanzar una temperatura de al menos 150 millones de grados Celsius.

Los científicos saben cómo hacerlo, por lo que someter los núcleos de deuterio y tritio a la presión y la temperatura necesarias para conseguir que se fusionen ya no es un problema. Lo que sí representa aún un reto es lograr mantener las turbulencias bajo control. De lo contrario el plasma se desestabilizará, su densidad en las regiones críticas se verá afectada y el sostenimiento de la reacción de fusión a lo largo del tiempo no será posible.

Las anomalías reconcilian a la fusión nuclear y las patatas congeladas

En el ámbito del confinamiento y la estabilización del plasma hay un componente que reclama el protagonismo casi de una forma absoluta: los imanes superconductores. Tienen la responsabilidad de generar el campo magnético necesario para confinar el plasma en su interior. También se encargan de controlarlo y estabilizarlo. El problema es que este último proceso es muy complejo porque las perturbaciones forman parte indisoluble de la dinámica del plasma.

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