Vera Alimonda, Tarot & Escritura reza su cuenta de Instagram, detalles que luego amplía para definirse a sí misma como tarotista, astróloga y escritora. Sin embargo, detrás de esa fachada digital y de una vida que hoy transcurre en la calma de su casa familiar, en Bella Vista, se esconde una historia de supervivencia, de reconstrucción profunda y una empatía que no conoce de límites, ni muros.
A sus 46 años, con una formación académica que incluye también un paso por comunicación social y antropología (actualmente en curso), Vera cuenta que utiliza los símbolos como puentes. Y no solo para sí misma, sino también para tender un camino que la una con aquellas mujeres que el sistema parece haber olvidado.
Pero para conocer el camino que la trajo hasta acá, y que combina todos esos mundos que exploró y de los que fue nutriéndose, es necesario viajar 16 años hacia atrás en el tiempo. A sus 30 años, más precisamente al día en que tomó la decisión más difícil y urgente de su vida: huir de un matrimonio insostenible.
Fue el fin de “una relación muy abusiva en términos psicológicos y económicos”, recuerda. Y con tres hijos a cargo —que por entonces tenían apenas dos, cuatro y ocho años—, volvió a vivir a la casa de su madre porque estaba, literalmente, en la calle. “Mi exmarido dejó de pagar la obra social, los colegios privados, la mensualidad. Y me decía constantemente que si quería, él se ocupaba de los chicos, pero que a mí no me pasaba un mango”, recuerda sobre aquellos tiempos difíciles con un ex que intentó hacerle la vida imposible sin saber que comenzaba a abonar así el terreno sobre el que Vera construyó su independencia.

Lo que siguió fueron ocho largos años conviviendo con su madre y sus tres pequeños bajo el mismo techo y el sostén emocional y material de amistades y familiares. Y también fue el tiempo en que empezó a relacionarse “con personas quizás muy ajenas a lo que había sido el sector social con el que yo me había relacionado durante mucho tiempo, que también estaban en una búsqueda de sentido, investigando, estudiando prácticas simbólicas, colectivas”.
Por entonces, comenzó a estudiar astrología y tarot y se sumergió en un mundo cuyos lenguajes funcionaron, en su caso, como un dispositivo vital. “En definitiva, los símbolos son maneras de representar desde lo más cotidiano y lo más sencillo hasta lo más complejo y lo más místico”, explica.
Mientras comenzaba a formarse, logró resignificar su experiencia y, con el objeto de compartir ese recorrido con otros, armó una cuenta de Instagram que convirtió sus prácticas en un éxito rotundo.
Para 2019, la demanda de sus sesiones era tal que pudo renunciar al trabajo que tenía desde hacía años en una productora. Pandemia mediante, sus talleres estallaron y, más tarde, comenzó a llevar sus cursos, retiros y talleres a Uruguay, Chile, Costa Rica y España.
Una nueva vida, un nuevo amor
Todo este proceso fue acompañado por un profundo cambio interno que le permitió también reconstruir su vida personal. Logró independizarse, alquilar un PH para vivir con sus hijos y dejar la casa materna, enamorarse de “un compañero de trabajo, soltero, sin hijos, que rápidamente asumió el rol de figura paterna” y con el que se mudó a Bella Vista, donde la familia terminó de completarse con la llegada de un nuevo hijo, que hoy tiene cinco años.

Con su vida personal y profesional en eje, Vera sintió la necesidad imperiosa de llevar su trabajo a otros entornos. Y así nació la idea de entrar a la cárcel.
El Tarot, un puente hacia la libertad
“Hablo con una amiga y le comento que el tarot podía ser una muy buena manera de que, con un mazo, que no es algo tampoco tan impagable, las personas que salen en libertad puedan hacerse unos mangos. Lo pensé más bien como una salida laboral y como una posibilidad también para, en la medida en la que se puede, evitar la reincidencia”, comenta.
Entonces, decidió elaborar un proyecto, y gracias al acompañamiento de Moksha, yoga en la cárcel —una fundación que se dedica a llevar los valores y las herramientas prácticas que el yoga brinda a la vida cotidiana a la cárcel—, finalmente en marzo de 2025, Vera ingresa por primera vez a dar sus clases de tarot, una vez por semana, en clases de 90 minutos, a 25 mujeres detenidas en el penal de San Martín.
Y ese proyecto, que surgió con el propósito de “transformar la realidad de esas mujeres, terminó transformando la mía”, confiesa. “Aprendí a relacionarme con mujeres de otros contextos que tienen otras historias. Atravesar todas esas puertas y esos candados fue atravesar también mis propias puertas y candados”, afirma.
Derribando muros
Y también tuvo que resignificar la práctica del tarot en ese contexto, “porque las personas que están privadas de su libertad tienen un vínculo muy distinto con el arcano 13, que es la muerte; o con el colgado; y cuando en el tarot hablamos del loco, y yo dije la palabra libertad, se generó un silencio de ultratumba, porque lo que yo entiendo como libertad, o lo que podemos entender vos, yo y todas las personas que estamos libres, es muy distinto a lo que ellas entienden como la libertad”, asume.

Cerca de 50 mujeres ya pasaron por sus talleres y, al recibirse, Vera les entrega a cada una de ellas un diploma que sirve para sus expedientes y un mazo de tarot con el que algunas de las que ya recuperaron su libertad han comenzado a ganarse la vida, muchas de las cuales, incluso, continúan formándose con Vera.
Con otras, en cambio, compartió un fin de curso inédito, en el que mujeres del personal del servicio penitenciario ingresaron al pabellón para que las reclusas recién recibidas les leyeran las cartas. “Logramos disolver los roles, las jerarquías. Fue algo realmente maravilloso, muy conmovedor, de mucha igualdad”, recuerda emocionada.
Y así, mientras combina sus clases dentro y fuera del penal con la carrera de Antropología, Vera logró que al menos durante 90 minutos a la semana, los muros desaparezcan, y las mujeres encuentren su propia voz, esa que les permita, como a ella alguna vez, soñar con un futuro mejor y hacerlo posible.




