Àlex Gutiérrez Páez
Barcelona, 9 sep (EFE).- Veinticuatro años después de vivir el 11-S a tan solo 800 metros de las Torres Gemelas y diez años después de sufrir las primeras secuelas pulmonares del atentado, Alexander Mandl despertó de un trasplante pulmonar en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona con una sensación que no había experimentado en años.
"Me desperté de la operación con superpoderes", recuerda Mandl, austríaco afincado desde 2003 en Barcelona. A sus 56 años, aquel órgano trasplantado le devolvió capacidades que había olvidado que tenía, como caminar sin quedar exhausto o enviar un correo electrónico sin confusión mental, y la oportunidad de vivir unos años más tras recibir un pronóstico de menos de dos años de vida.
Mandl llevaba una década viviendo con relativa normalidad cuando comprendió de que aquel 11 de septiembre de 2001 que había vivido a unos 800 metros del World Trade Center, mientras trabajaba en la antigua sede global de Goldman Sachs, seguía presente en su cuerpo.
"Tenía unos 40 o 42 años y de repente no conseguía subir una cuesta sin parar diez veces. O una escalera. Había momentos con mis hijos, que en ese momento eran muy pequeños, en los que no podía ni siquiera levantarlos", recuerda Mandl, quien llegó a necesitar recibir oxígeno las 24 horas del día.
Reconocido como víctima de los atentados de Nueva York, este ingeniero comercial austríaco pudo acceder al programa de atención sanitaria estadounidense por las consecuencias del 11-S, pero fue en Barcelona, donde reside con su mujer desde 2003, donde recibió hace un año y medio el trasplante que cambió su vida para siempre.
Tras la operación, los médicos le estimaron una esperanza de vida de unos ocho años que no piensa desaprovechar. De momento, Mandl atraviesa épocas en las que impera el optimismo con otras en las que su cuerpo rechaza sus nuevos pulmones y pierde capacidad respiratoria. Además, le fue detectado un sarcoma de Kaposi, un cáncer que provoca lesiones o manchas anormales en la piel.
Lejos de ablandarse ante un vuelco tan inverosímil en su vida, el austríaco dedica buena parte de su tiempo a la innovación sanitaria. En junio se graduó de un máster en Innovación Sanitaria en el Hospital Vall d'Hebron Instituto de Investigación (VHIR) y lidera Hemsel, una consultoría que escala proyectos de esta disciplina.
Tras haber comprobado de primera mano los sistemas sanitarios de países como Luxemburgo, Alemania, Francia, Bélgica o el Reino Unido, Mandl se deshace en elogios hacia la sanidad española por dos ingredientes que considera únicos: "La empatía y el cariño".
"Aquí se sabe que cada paciente es un individuo y que necesita un toque personal. No he visto nunca lo que se ve en Vall d'Hebron, donde hay gente a la que sacan de cuidados intensivos para tomar el aire, o en el Hospital del Mar, donde los llevan fuera y pueden tomar un poco de brisa marina", relata el ingeniero comercial.
"Cuando sales de una operación, ves que todos realmente están orgullosos de que vayas a mejor. Seguramente tienen sus problemas en casa -como todos-, pero además de una gran profesionalidad también hay empatía", añade con una sonrisa que ilumina su rostro.
El pasado mes de octubre, 24 años después del 11-S, Mandl volvió a Nueva York para una reunión de antiguos alumnos durante su etapa estudiantil en Estados Unidos. Durante su corta estancia, tuvo tiempo para pasear por el entorno del World Trade Center.
"Me sorprendió mi propia neutralidad: ni atracción ni rechazo. Estuve al pie del edificio donde trabajaba, la antigua sede global de Goldman Sachs, y solo sentí que aquello era otra vida. Fue un recordatorio de lo que pudo haber sido, sin tristeza por lo que no fue", afirma el superviviente.
Ahora simplemente mira hacia adelante, consciente de que durante 24 años fue la excepción: de los millones de personas que estaban en Manhattan aquella mañana, enfermar como él lo hizo era lo raro.
"Tras un trasplante de pulmón es al revés: la supervivencia media ronda los ocho años, y los que llegan a veinte o treinta son la excepción. Antes fui la excepción por enfermar; ahora tendré que serlo por sobrevivir", concluye Mandl. EFE
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