
El Sistema Integrado Cristo Redentor volvió a quedar habilitado este martes 1° de septiembre para todo tipo de vehículos y en ambas direcciones, después de casi dos meses atravesados por cierres, aperturas parciales y restricciones. Para Andrés Savate, transportista internacional, ese período significó mucho más que una demora: llegó a permanecer 12 días dentro del camión, recorrió unos 1.500 kilómetros adicionales por los desvíos y atravesó zonas donde conseguir agua, una ducha o incluso señal de teléfono podía convertirse en un problema.
“Desde que salí hasta que volví a mi casa, estuve 34 días en ruta”, contó a Movant Connection. Su experiencia permite reconstruir desde adentro lo que ocurrió cuando las nevadas obligaron a cerrar el principal corredor terrestre entre Argentina y Chile y cientos de camiones comenzaron a buscar salida por otros pasos fronterizos.
Cristo Redentor permaneció completamente cerrado durante 34 días desde el 14 de julio y recién el 18 de agosto inició una reapertura gradual destinada primero al transporte de cargas. Durante las semanas de interrupción, parte del tránsito fue derivado hacia Pino Hachado, Cardenal Samoré y Jama, trasladando hacia esos corredores un volumen muy superior al habitual.
Tres días para avanzar 50 kilómetros
El viaje de Andrés debía realizarse originalmente por Mendoza, pero el cierre obligó a modificar la ruta hacia Neuquén. Según explicó, el cliente asumió el mayor costo porque necesitaba que la carga llegara a destino, aunque el cambio representó alrededor de 1.500 kilómetros adicionales.
La primera gran demora apareció antes de Pino Hachado. Los camiones eran distribuidos en distintos sectores para evitar su acumulación sobre las banquinas y posteriormente se organizaba el avance hacia la frontera.
“Tuvimos tres días para llegar de Zapala a Las Lajas, que son 50 kilómetros que los hacés en una hora”, relató. Una vez allí, recibió un número para continuar, pero debió esperar otros dos días hasta que llegó su turno.
El cierre de Cristo Redentor mostraba así un efecto en cadena: la carga no desaparecía, sino que se trasladaba hacia pasos con otra escala de infraestructura y capacidad operativa.
Las autoridades chilenas informaron durante agosto que los cruces alternativos habían reforzado su funcionamiento y que algunos llegaron a multiplicar varias veces su actividad habitual. Desde la experiencia del transportista, sin embargo, el crecimiento extraordinario del tránsito también dejó al descubierto problemas administrativos.
Durante su regreso por Cardenal Samoré, Andrés aseguró haber esperado cuatro días para completar una intervención de SENASA. Según observó durante su estadía, había alrededor de 800 camiones para ser atendidos por solo dos funcionarios.

Qué se podría haber hecho mejor
Para el conductor profesional, allí está una de las principales lecciones que dejaron las restricciones. No cuestiona que un paso de alta montaña deba cerrarse cuando la nieve o el hielo hacen insegura la circulación, sino qué ocurre después, cuando ese tránsito se desplaza hacia otros puntos de la frontera.
“No te digo tener todo el año a 25 personas, pero sabés que tenés colapsado y que venían muchos camiones”, sostuvo. Su propuesta es reforzar temporalmente la cantidad de personal de Aduana, SENASA y otros organismos en los corredores alternativos cuando un cierre prolongado permite anticipar un fuerte aumento de las operaciones.
Pero las esperas también tienen una dimensión que no aparece en las estadísticas de tránsito. Durante uno de los tramos del viaje, Andrés permaneció 12 días dentro del camión. En Las Lajas, contó, algunos vecinos alquilaban las duchas de sus casas a los conductores que llevaban días detenidos. En otros sectores próximos a Cardenal Samoré las condiciones eran todavía más limitadas.
“Imaginate no tener ni siquiera para sacar agua para tomar. O sea, tener que prever todo”, describió. A eso se sumaban temperaturas bajo cero, sectores sin señal telefónica y la posibilidad de sufrir una avería lejos de cualquier centro urbano.
En esas circunstancias, explicó, la solidaridad entre camioneros también forma parte de la vida en ruta. Un chaleco colocado en el espejo funciona como señal de que un conductor necesita ayuda, y compartir alimentos, herramientas o asistencia puede ser decisivo cuando alguien queda detenido en medio de la cordillera.
Después de nuevas aperturas y cierres durante la segunda mitad de agosto, Cristo Redentor recuperó el tránsito de cargas en ambos sentidos este martes y volvió a admitir también autos particulares y buses, aunque todavía funciona bajo horario invernal.
La reapertura pone fin a la etapa más crítica, pero también deja una experiencia para futuras contingencias. El clima puede hacer inevitable el cierre de la cordillera; que ese cierre termine convirtiéndose en varios días de espera en otro paso depende también de cómo se prepare la respuesta logística y administrativa. Para quienes lo viven desde la cabina de un camión, esa diferencia puede significar cientos de kilómetros y varios días más lejos de casa.