Vivimos en una época que parece empujarnos permanentemente a hacer más, responder más rápido y estar disponibles todo el tiempo. Mensajes, trabajo, familia, compromisos, noticias, redes sociales y una lista de pendientes que nunca termina hacen que incluso cuando el cuerpo se detiene, muchas veces la mente continúe corriendo.
Pensamos sobre lo que pasó, lo que podría pasar, lo que todavía no hicimos y lo que deberíamos estar haciendo. Y muchas veces lo hacemos sin siquiera advertirlo.
Uno de los aspectos que más me interesa observar es justamente cuánta energía gastamos pensando. No se trata solamente de la cantidad de pensamientos, sino de su calidad, su repetición y el impacto que terminan teniendo sobre nosotros.
Una preocupación que se repite durante horas puede agotarnos. Una interpretación negativa puede generar enojo. Anticipar constantemente que algo va a salir mal puede provocar temor antes de que nada ocurra.
Cuando sentimos que no podemos parar es cuando más lo necesitamos
La vida cotidiana suele estar llena de automatismos. Nos despertamos, miramos el teléfono, comenzamos a resolver tareas, respondemos mensajes y saltamos de una obligación a otra. Mientras tanto, la mente también repite patrones.
Pensamos sobre los mismos temas, reaccionamos de maneras parecidas y muchas veces obtenemos resultados similares. Cuando no somos conscientes de ese funcionamiento, es fácil quedar atrapados en esa repetición. Por eso suelo decir que cuando sentimos que no tenemos tiempo para parar, probablemente sea cuando más necesitamos hacerlo.

Parar no significa abandonar las responsabilidades ni desaparecer durante horas. Puede ser algo mucho más sencillo. Unos minutos en silencio. Respirar antes de responder. Observar qué estamos pensando antes de actuar. Preguntarnos si aquello que ocupa nuestra mente depende realmente de nosotros.
La pausa crea un pequeño espacio entre lo que ocurre y nuestra reacción. Y en ese espacio aparece algo muy valioso: la posibilidad de elegir.
También permite comenzar a distinguir entre dos tipos de situaciones. Por un lado, aquellas sobre las que podemos intervenir. Por otro, aquellas que no podemos modificar y que necesitamos aprender a aceptar.
Muchas veces invertimos una enorme cantidad de energía mental intentando cambiar algo que ya ocurrió o anticipando escenarios sobre los que no tenemos ningún control. Aprender a detectar esa diferencia también forma parte de cuidar nuestra energía.
El silencio no crea el ruido mental: lo hace visible
Una experiencia muy común ocurre cuando una persona comienza a meditar. Busca tranquilidad, cierra los ojos y descubre exactamente lo contrario: aparecen pensamientos, preocupaciones, recuerdos, conversaciones pendientes y temas que parecían olvidados. Entonces piensa: “Esto no es para mí” o “Yo no sé meditar”.
Pero el problema no es que al sentarnos en silencio aparezca ruido. Ese ruido ya estaba ahí. Lo que cambia es que dejamos de cubrirlo con actividad. Cuando frenamos, empezamos a escuchar lo que estaba ocurriendo todo el tiempo dentro nuestro. Y eso es importante, porque no podemos transformar aquello que todavía no somos capaces de reconocer.
La meditación no consiste necesariamente en dejar la mente en blanco. Tampoco en eliminar por completo los pensamientos negativos.
El primer paso es observar.
- ¿Qué pensamientos se repiten?
- ¿Qué emoción aparece después?
- ¿Cómo cambia mi comportamiento cuando pienso de esa manera?
Hay una secuencia que resulta muy útil mirar: pensamiento, emoción y reacción. Un pensamiento puede modificar nuestro estado emocional y, desde allí, influir en nuestra forma de relacionarnos con las personas y con las situaciones.
Si interpreto una conversación como una agresión, probablemente sienta enojo. Desde el enojo, mi respuesta será diferente a la que tendría si pudiera observar la situación con cierta distancia. Lo mismo ocurre con el miedo, la ansiedad o la preocupación.
El objetivo inicial no debería ser obligarnos a pensar positivamente. Debería ser algo anterior: darnos cuenta de qué estamos pensando y qué efecto produce en nosotros.
Educar la mente también es una forma de cuidarnos
Así como entrenamos habilidades profesionales, deportivas o intelectuales, creo que también podemos aprender a entrenar nuestra manera de pensar. A eso me gusta llamarlo educar la mente.
El ideal sería avanzar progresivamente hacia algo que puede sonar sencillo, pero requiere práctica: pensar lo que queremos pensar, cuando queremos pensarlo y donde queremos pensarlo. No significa tener un control absoluto sobre cada pensamiento. Significa dejar de vivir completamente a merced de ellos.
La mente va a producir pensamientos. Algunos útiles, otros innecesarios y otros negativos. Lo importante es desarrollar la capacidad de observarlos sin convertir automáticamente cada uno en una verdad. También aprender a preguntarnos qué merece nuestra atención. Porque nuestra atención es limitada.
Si la utilizamos durante horas en preocupaciones repetitivas, escenarios hipotéticos o conversaciones que ya terminaron, esa energía no estará disponible para otras cosas.
La calma no siempre aparece porque desaparezcan los problemas. Muchas veces aparece cuando cambia nuestra manera de relacionarnos con ellos. Quizás no podamos controlar la cantidad de estímulos que existen a nuestro alrededor. Tampoco podemos impedir todas las dificultades, conflictos o incertidumbres de la vida.
Pero sí podemos comenzar a trabajar sobre la manera en la que respondemos internamente. A veces serán cinco minutos de silencio. Otras veces una respiración consciente antes de reaccionar. En algunos momentos será necesario aceptar que no podemos resolver todo hoy. Son pequeñas prácticas, pero pueden modificar la relación que tenemos con nuestra propia mente.
En una época en la que prácticamente todo nos invita a acelerar, aprender a detenernos puede parecer una contradicción. Sin embargo, quizás sea justamente lo que necesitamos para avanzar con mayor claridad. Porque recuperar la calma no significa dejar de hacer, sino aprender a no perdernos a nosotros mismos mientras hacemos.
Enrique Simó visitará Buenos Aires el 7 de septiembre para brindar la conferencia magistral “Conquista tu Mente: Sé dueño de tu vida”, a las 18.30 en el Teatro Nacional, con la participación especial de Patricia Sosa.
(*) Enrique Simó, referente internacional de Brahma Kumaris, coach, conferencista y especialista en liderazgo interior y meditación.




