
Una nueva pareja, mucha química, seis hijos para ensamblar y la pregunta turbia que un día dijo presente en la cabeza de ella: ¿A quién metí en mi vida, bajo mi mismo techo?
Ella se llama Sandra, él es Diego y la casa del country, al estilo de una perfecta Familia Ingalls, estaba en algún sitio que no develaremos de la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Destilaban felicidad a simple vista. Los fines de semana a ella se la podía ver detrás de los cristales de la cocina haciendo budines o, arrodillada, en la huerta trasera del jardín. A él, serruchando maderas para la leña de la chimenea que apilaba con cuidado sobre una pared lateral, justo debajo del alero, o lijando grietas para reparar heridas en los muros. Los cercos del jardín de esa casa alquilada todavía no habían crecido lo suficiente para ocultar sus vidas que, a la vista de todos, parecía perfecta. Eran casi jóvenes, apenas pasaban los cuarenta, subían y bajaban con una troupe indistinguible de hijos y amigos de una enorme camioneta. A lo lejos, por las tardes y ya ocultado el sol, se escuchaban risas, juegos y música. Era la foto perfecta de cada fin de semana: una familia nueva emergiendo con alegría de las cenizas de matrimonios anteriores fracasados por diferentes motivos.
Una casa llena, un horizonte a estrenar, la reconquista de la felicidad perdida. La imaginación de Sandra no tenía en su radar ninguna tormenta eléctrica ni ciclones destructores.
Quién era quién
Sandra trabajaba desde hacía mucho tiempo en una embajada, esa a la que un día cayó Diego para renovar su pasaporte. Detrás de un vidrio ocurrió el milagro de la alquimia. Sin contacto de pieles, solamente dos pares de pupilas sonrientes en sus círculos marrones.
Luego de un asesoramiento preciso, él se llevó anotado en la parte de atrás de un desteñido extracto bancario, el nombre de ella garabateado a las apuradas. Por si había algún inconveniente con el trámite, dijo.
Diego no esperó ni a que se hiciera de noche: al salir se sentó en un bar y con ansiedad desbocada buscó a Sandra en redes sociales y, por supuesto, en la red profesional más importante la encontró. Esa cara afilada, con sus bolitas castañas brillantes, se configuró con los píxeles de su notebook. Era ella, la persona que había visto detrás de ese vidrio anti municiones que no sirvió de nada porque las balas lo habían alcanzado de todas formas y habían perforado su coraza. La pasión por esa desconocida lo atravesó.
La contactó al día siguiente con una excusa tonta. Sandra, sumergida en el mismo frenesí seductor, ya estaba esperando desde el día anterior que él apareciera por algún sitio. Sintió que ese hombre podría ser alguien importante en su vida. Fue como una premonición de felicidad. Podría volver a ser feliz antes de que el cuerpo se le añejara.
Las mutuas ansiedades chocaron por WhatsApp y los mensajes trascendieron las fronteras laborales de inmediato. Fue así que ambos se enteraron que venían con fallas del cuore. Dolorida el alma y con soledades instaladas dentro del esqueleto, pero con ganas de doblegar el pasado para darse una nueva oportunidad. Los audios, que duraban minutos, mutaron en llamadas reales con sus orejas pegadas al celular unos diez días después. Otra decena de jornadas más tuvieron que pasar en “modo prudente” hasta que se dio el primer café a la vuelta de la embajada, en una terraza ilusionada de tanto sol.

A Sandra, que ya venía de dos tropezones matrimoniales, se le prendió la vida. Y le pareció que a él también le pasaba lo mismo. Hay quien sostiene, y me lo creo, que quien elige mal dos veces suele hacerlo una tercera. Como si el karma ladino estuviese obsesionado con persistir jorobando. Seguramente, la verdad esté más ligada a la psicología y a la biología. A lo que sufrimos en la infancia, a aquello que carecimos o que aprendimos, o, simplemente, a la química mareada por la influencia de los perfumes y aromas artificiales que impiden que nuestras neuronas olfateen la realidad. Una química equivocada que lleva a imaginar fabulosos príncipes azules. Una amiga periodista, inteligente y desenfadada, repetía en la redacción que los príncipes azules “siempre destiñen”. Con esta historia, sus palabras hacen eco en mi memoria y parecen confirmar su teoría.
La promesa de una vida perfecta
Sandra vivía en Belgrano, en un tres ambientes abarrotado de cosas y de niños. Diego, en Parque Chas, en una casa con una terraza desahogada y dos cuartos en la planta baja con camas cucheta. Sandra venía de dos divorcios en los que había sufrido violencia verbal y física, había obtenido medidas perimetrales y se había quedado con la custodia de sus tres hijas de esos dos hombres. Diego tenía mellizos adolescentes y una hija de siete años. Su historia era trágica. Se había separado cuando la menor tenía tres, pero ocho meses después del divorcio su ex había caído por el balcón de un cuarto piso en Palermo. Según él, ella había sido una persona sumamente manipuladora, tenía diagnóstico de bipolaridad y, por eso, los hijos vivían con él. Los chicos tenían visitas pactadas y supervisadas con su madre. El accidente, siempre de acuerdo a la versión de Diego, había sido algo horroroso y él dijo no haber pensado nunca que ella hubiera querido quitarse la vida. Los dos combos eran tan tristes que ambos se prometieron una vida distinta y cuidarse.
Pocos meses después, Diego (abogado penalista de profesión) invitó a Sandra y a sus pequeñas hijas a vivir todos juntos y alquiló una casa en un country para los fines de semana. Además, comenzó una obra en la terraza de su casa de Parque Chas: aprovecharía el baño de servicio de la terraza y haría allí dos habitaciones más para que los mellizos y la hija más grande de Sandra durmieran ahí.

Sandra puso en alquiler su departamento (era un bien heredado de su familia): aportaría ese dinero a la convivencia.
En poco más de un año la vida de las dos familias se había amalgamado con facilidad. Los chicos se llevaban bien y todo fluía. Tenían ayuda de la empleada de Sandra de toda su vida, iban y venían de la casa del country donde los fines de semana se ocupaban del jardín y los deportes de los chicos. Más de postal, imposible.
El panorama se vuelve peligroso
Los primeros dos años fueron excelentes. Hasta hubo un viaje a Europa con las dos familias juntas, todo pagado por Diego. Viajaron con mucho efectivo. Euros y más euros. Según Diego, para evitar que la agencia de impuestos lo persiguiera. En lo penal seguro que mucho se cobra en negro, pensó Sandra, que prefiere no ser citada y que contemos la historia evitando que se los pueda reconocer. Ella no preguntaba demasiado sobre la vida laboral de Diego y él tampoco contaba nada. Era generoso y gastador. Después de haber convivido con sujetos violentos y mezquinos, a Sandra le bastaba con que fuera tan amable, cariñoso y proveedor.
Lo cierto es que cualquier sujeto encantador puede esconder varias caras. Las alertas de Sandra venían adormecidas un poco por su pasado y, otro poco, por comodidad. De un día para otro, Diego le regaló un auto para que se moviera con independencia. Para el día de la madre o su cumpleaños apareció con prendas caras y notitas tiernas. Diego no pagaba nada con tarjeta, como lo hacía ella. Andaba siempre con mucho cash en el bolsillo. Las cuentas de servicios de la casa de Parque Chas venían a nombre de un desconocido, pero es frecuente que la gente no cambie al titular, pensó. Del alquiler del country y sus expensas no tenía idea de cómo se pagaban ni cuánto salía. Sería de mal gusto preguntar si ella no podía aportar más que el alquiler a esa vida que llevaban.
Sandra no sentía que hubiera nada que temer.
En algún momento, ya pasado bastante tiempo juntos, comenzaron a llegar cartas bajo la puerta. En tiempos de correos electrónicos eso le llamó la atención. Venían dirigidas a un tal Salvador. Diego las agarraba, no las abría, por lo menos frente a ella, y no comentaba nada. Sí notó que la cara le cambiaba por un rato. No más que eso. No creyó que debería preguntar. Sandra es discreta y cero metida. Algunas noches, Diego empezó a salir sin previo aviso con un bolso. Decía que iba a jugar al paddle, que faltaba un participante en el equipo de sus amigos, y se llevaba sus paletas. Tenía dos. Volvía tarde agotado y con mal semblante. Sandra no puede decir cuántas veces sucedió esto, pero fueron unas cuantas veces.
Una noche, en el barrio, hubo una redada policial frente a su casa. Desde la terraza vio a la Policía antinarcóticos. Estaban armados hasta los dientes y tenían varios patrulleros cruzados en la calle que iluminaban de azul la noche.

Las luces intermitentes la inquietaron. ¿Qué estaba pasando? Diego no quiso ni asomarse, era peligroso dijo y le pidió que bajara. A la mañana siguiente, los vecinos parecían muy sorprendidos con lo ocurrido. La policía se había ido poco rato después sin encontrar nada.
Otra vez, durante unas vacaciones en Cariló, entraron ladrones a la casa que habían alquilado mientras ellos estaban comiendo fuera. Les robaron todo: computadoras, celulares y dinero. Dejaron la ropa de la familia tirada por el piso de los dormitorios y pasillos. Estremecedor. A la confusión inicial se sumó algo más perturbador, una nota que encontraron sobre la mesa del comedor: Nos llevamos lo nuestro. Que sea la última vez porque no la contás.
Diego no ensayó ninguna explicación. Se mostró extrañado. Decidió que debían interrumpir las vacaciones y volverse a Buenos Aires aunque les quedaban diez días pagos todavía. Para indignación de Sandra, no quiso hacer la denuncia. Diego mencionó que la policía era igual de corrupta que los chorros, que hasta podrían haber sido ellos mismos los que se llevaron los casi 10 mil dólares que él tenía escondidos en su maletín para pasar el verano. A juicio de él, no valía la pena exponerse más con esa gente peligrosa.

Sandra pensó que era mucha plata para no moverse y que correspondía hacer la denuncia. Por lo menos, la policía del lugar debía estar al tanto de lo que pasaba en ese balneario tan exclusivo. Le preguntó por la nota, si no podría estar relacionada con algún cliente del oscuro mundo penal, alguien que quisiera extorsionarlo. Diego negó todo con cara de póker.
En Buenos Aires, un tiempo después, las amenazas resurgieron. Un día le tiraron una especie de bomba casera en la terraza que les quemó parte de la ropa colgada. Sandra quedó aterrada. ¿Si sus hijos hubieran estado allí jugando? Insistió con saber algo de los clientes que su pareja defendía. ¿Quiénes eran? ¿Qué delitos habían cometido? ¿Tenían que ver con las drogas y el crimen organizado? No le arrancó una sola frase clarificadora. En cambio, él le pidió que se tranquilizara, que no entrara en pánico, que eran destinatarios de algo equivocado.
Comenzaron las clases y, cuando Sandra creyó que todo había vuelto a la normalidad, otra vez hubo una situación que le generó pavor. Uno de los mellizos volvió llorando poco después de haber salido hacia el colegio (el otro estaba enfermo y se había quedado en la casa). Contó que unos tipos tapados con barbijos y capuchas lo habían rodeado en la esquina del colegio, a las 7 y poco de la mañana, que le habían quitado el celular y la mochila y le habían dicho que los próximos serían ellos dos. Así en plural. Como si supieran que él tenía un mellizo. Sandra pensó que los estaban vigilando y que la amenaza era cierta. Despertó a Diego quien otra vez se negó a ir a la comisaría para denunciar los hechos. Ni quiso ir al colegio a poner sobreaviso a las autoridades.

A esta altura, Sandra sintió que tenía que actuar. No era normal lo que estaba pasando. Había algo en la vida de Diego que le había empezado a dar mucho miedo. No sabía qué era, pero el escenario no pintaba nada bien. Sentía que en cualquier momento podía pasar algo más grave todavía. También a ella y a sus propios hijos, que convivían bajo el mismo techo. Se le erizó la piel: ¿Con quién se había ido a vivir? ¿Alcanzaban dos o tres años para saberlo? ¿Estaba segura de quién era Diego? No pudo responder sus dudas.
Esa noche, escondida en la terraza de la casa de la ciudad, llamó a un viejo amigo de su adolescencia que es abogado. Lo que él le dijo no lo quiere revelar, pero fue definitorio. A la mañana siguiente, se pidió turno con su ex terapeuta: iba a necesitar contención para atravesar una ruptura.
Dos días después, cuando todos estaban ya en sus cuartos durmiendo, sentó a Diego en el living y le dijo que la relación se acababa. No le explicó por qué, ya había empezado a temer su costado oscuro. Solo le pintó dilemas personales: no estaba segura de estar enamorada, no sabía bien qué quería para su vida, extrañaba su barrio, no quería lastimarlo, sabía que los chicos sufrirían porque se llevaban bien y bla bla bla. Diego reaccionó mal. Levantó la voz, por primera vez en toda la relación, y le enrostró todo lo que había hecho por ella. Después, se calmó y le dijo que hiciera lo que quisiera. Era su vida. Si quería irse, lo lamentaba, pero que se fuera.

Una semana después Sandra estaba con sus hijas viviendo en la casa de sus padres y yendo a su psicóloga, martes y jueves, para superar la gran decepción que, otra vez, se había instalado en su vida.
En este punto le pregunto por qué cuenta su historia y me dice y, ahora sí, la cito textual: “Porque por ahí avivo giles. Esa vida maravillosa que creí que me había tocado esta vez, era ficticia. No sé qué hacía él, pero no era algo bueno. Mi terapeuta me repite que todos solemos repetir patrones. Muchas veces no aprendemos de lo vivido. Diego me enamoró y me deslumbró. Era pasional, cariñoso, generoso. Pero que tu pareja no ejerza violencia no es lo único que tenés que buscar. Hay muchas cosas más que son importantes, como la confianza y la honestidad. Yo me conformaba con que no me agrediera, con que me abrazara cada noche, pero no supe ver cómo él se ganaba la vida… No estoy segura, pero creo que salvé a mi familia de un desastre peor yéndome a tiempo. Siento que esquivé al destino fatal por un pelo”.
Moraleja que nos deja Sandra. Si un príncipe azul nos embaucó y destiñó en el primer lavado, deberíamos analizar muy bien de qué color es el próximo: no vaya a ser que el nuevo también desprenda colores que puedan pintarnos la vida de un peligroso tono oscuro.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas