La aparición de Jack el Destripador
La prensa aún no había convertido al homicida en un personaje. Y nadie podía imaginar que, apenas una semana después, otra mujer aparecería asesinada a pocos minutos de distancia. Pero aquella madrugada de agosto comenzó una historia que todavía, casi 140 años después, continúa sin una respuesta definitiva.

La historia de Mary Ann Nichols quedó durante décadas reducida a una palabra: víctima. “Polly” era el apodo por el que era conocida. Detrás aparecía una vida mucho más compleja. Había nacido en Londres en 1845, hija de Edward Walker, un herrero, y Caroline Webb. En 1864 se casó con William Nichols, y el matrimonio tuvo cinco hijos. Durante un período llevó una vida familiar relativamente estable. Pero la relación se deterioró.
La pareja terminó separándose y Mary Ann comenzó a atravesar una existencia cada vez más precaria. Pasó por distintos alojamientos y empleos y, como muchas mujeres pobres del Londres victoriano, quedó expuesta a una realidad en la que conseguir unas pocas monedas podía determinar dónde dormiría esa noche.
El problema no era únicamente la falta de dinero, también la ausencia de una red de protección. En el Whitechapel de 1888, sin un salario estable y sin vivienda propia podía quedar rápidamente al borde de la indigencia.
Los registros históricos muestran precisamente eso: las mujeres que después fueron relacionadas con Jack el Destripador no eran simplemente personajes marginales surgidos de la nada. Habían tenido trabajos, parejas, hijos y distintas formas de subsistencia antes de quedar atrapadas en las condiciones de extrema pobreza.
El Archivo Nacional británico advierte que la tradicional descripción de las víctimas como prostitutas simplificó sus vidas y estuvo influida por los prejuicios sociales de la época. Mary Ann Nichols no fue una excepción.

La última noche
El 30 de agosto, la mujer había estado en Whitechapel intentando conseguir dinero. No era una cuestión menor, necesitaba pagar su alojamiento. En los llamados “lodging houses” o casas de alojamiento común, los pobres podían alquilar una cama por una noche. En muchos casos se trataba de dormitorios compartidos, con condiciones extremadamente precarias.
La noche de su muerte, Nichols había bebido. También estaba sin plata suficiente para asegurarse un lugar donde dormir. En algún momento regresó a su alojamiento y se encontró con un problema que, visto desde hoy, parece insignificante frente a lo que ocurriría pocas horas después: no tenía las monedas necesarias para pagar. La mujer encargada del lugar, Emily Holland, no podía permitirle entrar gratuitamente.
Necesitaba solucionarlo y volvió a salir. Poco después, Holland se encontró nuevamente con ella en la calle. Mary Ann le habría explicado que esperaba conseguir lo suficiente para poder regresar y pagarle. Esa conversación sería uno de los últimos testimonios conocidos sobre ella.
Después siguió caminando. En algún momento de aquella madrugada apareció en Buck’s Row. Y allí se cruzó con el hombre que iba a matarla. Buck’s Row era una calle de Whitechapel que hoy se conoce como Durward Street. En 1888 era un lugar oscuro, cercano a establos y depósitos, alejado del movimiento de las principales calles. Aproximadamente a las 3.40 de la madrugada, el policía John Neil realizaba su ronda cuando encontró el cuerpo.
La escena era inquietante. Mary Ann Nichols estaba tendida boca arriba. Tenía el vestido levantado y las piernas extendidas. Había sangre. Pero el aspecto más perturbador eran las heridas. Su garganta había sido cortada profundamente. El ataque no terminó allí, presentaba varios cortes en el abdomen.

El doctor Rees Ralph Llewellyn llegó poco después y examinó el cuerpo. La violencia indicaba que no había muerto simplemente como consecuencia de una agresión común. Las lesiones mostraban que el asesino utilizó el cuchillo de una manera deliberada. El médico estimó que la muerte se produjo pocos minutos antes del hallazgo. El homicida probablemente había abandonado el lugar poco antes de que el policía encontrara el cuerpo. La diferencia podía haber sido de minutos. Y ese detalle se convertiría en una de las grandes frustraciones de la investigación.
Una ciudad acostumbrada al crimen
Londres era, en aquellos años, una de las ciudades más grandes del mundo que presentaba enormes contrastes. En el West End se encontraban el poder, la riqueza, los grandes teatros, los hoteles y las residencias de las clases acomodadas. En el East End, en cambio, millones de personas vivían en condiciones mucho más duras.
Whitechapel era un territorio de hacinamiento, pobreza, enfermedades, alcohol, prostitución y delincuencia. Había gente por todas partes. Trabajadores que comenzaban sus jornadas, vendedores ambulantes, personas que regresaban de los bares, vecinos que entraban y salían de sus alojamientos, inmigrantes, niños, policías, de todo.
Sin embargo, las calles secundarias podían quedar prácticamente desiertas durante determinadas horas. Y esa combinación -una ciudad enorme, una población vulnerable y una zona donde mucha gente podía pasar inadvertida- convirtió la investigación en una tarea complicada.

La investigación
La muerte de Nichols movilizó inmediatamente a la policía. Pero Scotland Yard todavía no estaba frente al monstruo criminal que la historia recordaría. La primera hipótesis fue la de un asesinato individual. Había que encontrar a alguien que la hubiera visto y reconstruir sus últimos movimientos, saber dónde había estado y determinar quién pudo acompañarla. Y, sobre todo, hallar el arma homicida.
El problema era que el asesino parecía haber desaparecido. No había sido visto claramente, tampoco aparecía un sospechoso. Y las técnicas de investigación criminal estaban todavía muy lejos de las actuales, por ejemplo, no existía el ADN, ni cámaras de seguridad, ni perfiles criminales científicos. Las huellas digitales todavía no formaban parte de la investigación policial de rutina.
La escena del crimen podía ser examinada, pero la cantidad de información que se podía extraer era infinitamente menor que la disponible para un investigador moderno. Y para colmo, el asesino había elegido una ciudad en la que podía confundirse con cientos de personas.
Así las cosas, la prensa encontró una historia irresistible. El crimen comenzó a ocupar espacio en los periódicos. Las noticias sensacionalistas sobre violencia vendían. Pero este asesinato tenía algo diferente. La brutalidad de las heridas sugería que el responsable podía ser algo más que un asesino común.
La muerte de Nichols también ocurrió en un contexto de enorme preocupación social por la inseguridad de Whitechapel. La población empezó a preguntarse si una mujer podía caminar sola durante la noche sin convertirse en una víctima. Y entonces ocurrió algo que cambiaría completamente la historia. El 8 de septiembre otra chica apareció muerta. Se llamaba Annie Chapman. Había sido asesinada en el patio trasero de una casa de Hanbury Street.

Su cuerpo presentaba mutilaciones todavía más severas. Y la posibilidad de que ambos crímenes estuvieran relacionados comenzó a tomar forma. Entonces, la policía dejó de investigar simplemente el crimen de Mary Ann Nichols y comenzó a buscar a un asesino serial. En las primeras comunicaciones policiales, el responsable fue denominado “Whitechapel Murderer”.
El nombre que terminaría haciéndolo famoso surgió en medio de una avalancha de cartas. En octubre de 1888, una recibida por la policía llevaba una firma que se convertiría en legendaria: “Jack the Ripper”. No existe certeza de que haya sido escrita por el verdadero asesino. De hecho, los Archivos Nacionales británicos señalan que se conservan cientos de misivas atribuidas al supuesto criminal y que no existe evidencia sólida que permita afirmar que alguna fue realmente redactada por él. Pero el apodo ya estaba creado. Y era perfecto para la prensa. Desde entonces, el homicida dejó de ser solamente un criminal desconocido y se convirtió en un personaje.
Cinco víctimas y un verdadero desconcierto
La policía terminó vinculando oficialmente cinco asesinatos con el mismo autor: Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, todas en aproximadamente tres meses. Dos de ellas, Stride y Eddowes, murieron la misma noche del 30 de septiembre. En todos los casos existieron similitudes que llevaron a los investigadores a considerar que podían ser obra de una misma persona: los ataques al cuello y, en cuatro, mutilaciones posteriores.
La investigación policial fue enorme. Se tomaron declaraciones, registros, pistas, testimonios. Se recibieron cartas y se interrogó a sospechosos. La presión sobre Scotland Yard aumentó con cada asesinato. Pero nada funcionó. El responsable conocía las calles, sabía moverse, atacaba rápidamente y lograba desaparecer en una zona densamente poblada.

El caso también mostró las limitaciones de la Policía Metropolitana, que era relativamente joven y estaba intentando adaptarse a una ciudad que crecía a una velocidad extraordinaria. No tenían una herramienta que permitiera unir de manera concluyente las escenas del crimen con una persona. Por eso, después del último de los cinco asesinatos, el misterio quedó abierto. No hubo arresto, ni juicio, ni condena.
Eso sí, surgieron sospechosos que alimentaron el mito, decenas de nombres: médicos, carniceros, comerciantes, trabajadores, integrantes de la nobleza. Incluso miembros de la familia real fueron incluidos en algunas teorías. Pero ninguna hipótesis consiguió demostrar quién era el asesino.
Uno de los documentos más famosos es el denominado informe Macnaghten, elaborado años después, en 1894, que mencionaba a tres sospechosos. El paper forma parte de los archivos de la Policía Metropolitana conservados por el Archivo Nacional. Pero tampoco resolvió el caso.
El nombre de Jack el Destripador quedó suspendido en el tiempo. Sin rostro ni identidad comprobada. Sin tumba ni sentencia. Y Mary Ann quedó detrás del mito. Existe una paradoja en toda esta historia. El asesino se convirtió en una celebridad macabra y las calles donde mató en lugares turísticos.

Se escribieron libros, se hicieron películas y surgieron nuevas teorías en las que se discutieron nuevos sospechosos. Pero las mujeres asesinadas quedaron siempre relegadas a un segundo plano. El propio Archivo Nacional señala que la fascinación pública se concentró desde el comienzo en el homicida y que las víctimas fueron frecuentemente reducidas a estereotipos. Mary Ann Nichols merecía algo más que ser recordada como “la primera presa”.
Después de su asesinato, el miedo se instaló en Whitechapel. Las mujeres pobres quedaron todavía más expuestas. Los periódicos encontraron en el caso una historia capaz de alimentar durante semanas la imaginación de sus lectores. Y un desconocido pasó a ocupar un lugar permanente en la historia criminal. Así, Jack el Destripador nunca fue identificado y durante casi un siglo y medio logró escapar de la justicia y se llevó ese secreto a su propia tumba.