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Una educación rural de calidad para que los jóvenes elijan quedarse en el campo

Llevo décadas insistiendo con una idea: no habrá desarrollo equilibrado en América Latina y el Caribe mientras la educación rural siga tratándose como una versión achicada de la educación impartida en áreas urbanas. En trabajos como Educación Rural en el Tercer Mundo y Educación de Adultos en los Pr

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Una educación rural de calidad para que los jóvenes elijan quedarse en el campo
Una educación rural de calidad para que los jóvenes elijan quedarse en el campo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Llevo décadas insistiendo con una idea: no habrá desarrollo equilibrado en América Latina y el Caribe mientras la educación rural siga tratándose como una versión achicada de la educación impartida en áreas urbanas.

En trabajos como Educación Rural en el Tercer Mundo y Educación de Adultos en los Procesos de Desarrollo Rural analicé experiencias que ya entonces mostraban algo simple: educación, producción, comunidad y desarrollo territorial no se pueden pensar por separado.

Mucho ha cambiado desde esos años –los trabajos mencionados tienen décadas-, pero la pregunta de fondo sigue intacta: ¿qué oportunidades creamos para quienes nacen y crecen en el campo?

Durante demasiado tiempo se toleró que una escuela rural tuviera menos docentes, materiales e instalaciones y prácticamente no ofreciera chances de seguir estudiando después. Ahora se suma otra desigualdad: la falta de conectividad y de acceso a las tecnologías que ya cambiaron la producción y la vida cotidiana en esos territorios.

No podemos seguir formando a los jóvenes rurales para un mundo que no existe. La agricultura de hoy usa sensores, satélites, drones, biotecnología, análisis de datos, inteligencia artificial: eso sirve para administrar el agua, vigilar la salud de cultivos y animales, anticipar riesgos climáticos y producir de manera más eficiente y sostenible. Si esas transformaciones llegan al campo pero no a la escuela estamos condenando a esos estudiantes a mirar desde afuera el futuro de su propio territorio.

Una buena escuela rural tiene que dar la misma base que cualquier buena escuela: lectura, escritura, matemática, ciencias, historia, arte, ciudadanía. Pero además necesita incorporar programación, electrónica, robótica, manejo de información y aplicación de tecnología a la producción local.

Esto no significa convertir cada escuela en una facultad de ingeniería ni cambiar la formación humanística por capacitación instrumental. Se trata de algo más modesto y a la vez más ambicioso: que un chico del campo entienda y use las tecnologías que ya modifican su entorno, sepa mirarlas con ojo crítico y tenga voz en las decisiones sobre cómo se usan.

Para eso, la conectividad rural tiene que pensarse como infraestructura educativa básica, no como un extra. Una escuela sin internet decente hoy está tan limitada como una escuela sin electricidad, sin libros o sin maestros: la conectividad abre bibliotecas, laboratorios virtuales, cursos, especialistas, y permite que docentes aislados trabajen en red y compartan materiales entre sí.

Repartir computadoras o instalar una antena no es, por sí solo, una política educativa. La tecnología rinde solamente cuando forma parte de un proyecto pedagógico serio, con equipos que se mantengan, conexión estable, contenidos con sentido, y docentes capaces de integrar todo eso a su enseñanza cotidiana.

Por eso la formación de los maestros es el corazón de cualquier cambio real. No podemos pedirles que enseñen programación, electrónica o inteligencia artificial si antes no les damos una preparación sólida y un acompañamiento que no se corte al mes siguiente. Universidades, institutos de formación docente y empresas tecnológicas tienen que trabajar juntos para armar programas pensados específicamente para maestros rurales, no adaptaciones apuradas de programas urbanos.

También hay que mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Muchos recorren distancias larguísimas y atienden aulas con chicos de edades muy distintas, con recursos que no alcanzan. Reconocerles el esfuerzo con discursos no sirve de mucho: necesitan salarios dignos, vivienda cuando corresponda, transporte, conectividad y una carrera que valore lo que significa enseñar en un territorio disperso.

La escuela rural, además, tendría que funcionar como centro real de la comunidad: abierta más allá del horario de clase, ofreciendo actividades educativas, culturales y de capacitación para las familias. Una escuela conectada puede formar productores, apoyar emprendimientos y acercar servicios públicos.

Esto exige dejar atrás la idea de que lo rural se reduce a lo agropecuario. También hay futuro en turismo, energías renovables, bioeconomía, servicios ambientales, comercio electrónico. Una educación a la altura tiene que permitir que los jóvenes vean esas oportunidades y, mejor todavía, que inventen otras nuevas.

El objetivo no es obligarlos a quedarse en el campo. Tienen derecho a estudiar, viajar, elegir dónde armar su vida. Lo inaceptable es que emigrar sea la única salida porque su comunidad no les da educación, conectividad ni ninguna posibilidad real de desarrollo.

Cuando un joven se va porque quiere vivir otra experiencia, ejerce una libertad. Cuando se va porque la escuela no le permitió seguir aprendiendo, lo que hay es un fracaso de política pública, no una elección libre.

La migración juvenil debilita a las comunidades, acelera el envejecimiento del campo y le quita a la agricultura las capacidades que necesita para renovarse. Invertir en educación rural no es un favor al campo: es una condición para el desarrollo equilibrado de un país.

América Latina y el Caribe necesita una política regional para sus juventudes rurales. Gobiernos, organismos internacionales, universidades y comunidades deberían acordar unos pocos objetivos concretos: conectividad universal en las escuelas rurales, formación tecnológica para los docentes, contenidos actualizados y una articulación real entre educación, producción y empleo.

Las juventudes rurales no son solamente destinatarias de programas diseñados por otros. Son protagonistas del presente y deben construir el futuro de sus territorios. Habría que escucharlas de verdad e incluirlas en las decisiones sobre la educación que reciben.

Va, otra vez, mi reclamo de siempre: que el lugar donde alguien nace no determine la calidad de la educación que recibe. Una escuela rural no puede ser una escuela de segunda; tiene que ser de las instituciones más modernas y vivas del territorio.

Si les damos a los jóvenes del campo educación de calidad, buenos docentes, tecnología y oportunidades productivas, muchos van a poder elegir quedarse. No por falta de alternativas, sino porque van a tener razones, capacidades y libertad real para hacerlo.

* Doctor en educación (Universidad de Stanford). Ex Representante de la UNESCO en EEUU y Brasil.

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