Pedirle una dirección a un desconocido, intercambiar unas palabras con un cajero o comentar algo con un vecino eran situaciones absolutamente corrientes hace algunas décadas. Muchas de esas interacciones siguen existiendo, pero otras fueron reemplazadas por aplicaciones, cajas de autopago, GPS y pantallas táctiles.
Ahora, una investigación sugiere que ese cambio podría estar dejando una huella medible y es que las personas estarían hablando cada vez menos.
El psicólogo Matthias Mehl, profesor de la Universidad de Arizona, llegó al hallazgo casi por casualidad. Su equipo intentaba replicar una investigación publicada en 2007 sobre las diferencias entre hombres y mujeres en la cantidad de palabras que pronuncian por día.
En aquel trabajo, la estimación promedio había sido de aproximadamente 15.900 palabras diarias. Sin embargo, al analizar nuevos datos obtenidos con una metodología similar, el número había descendido hasta alrededor de 12.700.

La diferencia llamó inmediatamente la atención de los investigadores. Al estudiar los datos procedentes de 22 investigaciones realizadas entre 2005 y 2019, con aproximadamente 2.200 participantes, apareció una tendencia bastante clara: por cada año transcurrido, la estimación de palabras pronunciadas diariamente disminuía unas 338.
Eso equivale a más de 120.000 palabras menos habladas por persona al año si se compara un período con el siguiente siguiendo esa tendencia.
El fenómeno fue todavía más pronunciado entre los menores de 25 años. En ese grupo, la disminución estimada fue de alrededor de 452 palabras diarias por cada año de la serie, frente a unas 314 entre los adultos de mayor edad.
Los investigadores aclaran, sin embargo, que los datos terminan en 2019. Por lo tanto, el trabajo no permite afirmar directamente qué ocurrió después de la pandemia ni asumir que la tendencia continuó exactamente al mismo ritmo.
Lo que se pierde cuando desaparecen las conversaciones pequeñas
Para Mehl, una posible explicación está en la transformación de actividades que antes exigían inevitablemente hablar con otra persona.
Hoy puede comprarse comida sin dirigirse a un empleado, llegar a prácticamente cualquier lugar sin pedir indicaciones y hacer compras en un supermercado utilizando solamente una pantalla.
Los teléfonos inteligentes y las redes sociales también forman parte del escenario. La disminución apareció tanto en jóvenes como en adultos y probablemente responda a varios cambios sociales simultáneos.

También es posible que no estemos produciendo menos palabras en términos absolutos. Una parte de aquellas conversaciones pudo haberse desplazado a mensajes de texto, correos electrónicos, chats y redes sociales.
La pregunta más difícil es si ambos tipos de comunicación producen exactamente los mismos efectos.
Hablar cara a cara incorpora elementos que no siempre aparecen en un mensaje escrito, como tono de voz, pausas, gestos, improvisación y la obligación de reaccionar en tiempo real ante otra persona.
Mehl destaca especialmente el valor de las conversaciones aparentemente insignificantes. Las 338 palabras representan decenas de pequeños momentos perdidos distribuidos durante el día.
Eso puede ser especialmente importante en un contexto en el que distintos países advierten sobre el aumento de la soledad y el aislamiento social.
La tecnología consiguió eliminar muchas pequeñas incomodidades de la vida cotidiana. El costo puede ser que también desaparezcan conversaciones que nunca parecieron importantes hasta que dejaron de existir.



