
“De todas las costumbres infames con que los padres de hoy impedimos que nuestros hijos crezcan, la más obscena es el grupo de WhatsApp de padres del colegio”, escribe Santiago Gerchunoff. ¿Qué? Santiago Gerchunoff no suele hablar sobre chicos, no da consejos de crianza; es más bien, alguien dedicado a la filosofía y a la política. O era, porque acaba de publicar En la era de los niños cosa, un libro donde va a mirar críticamente lo que está pasando con la infancia. La hipótesis es que los chicos se han convertido tanto en los proyectos de sus padres que son “cosas” a moldear más que sujetos que se van a desarrollar con independencia.
Así que Gerchunoff abunda: “Siendo lo más ridículo y bizarro, el grupo de WhatsApp es solo la punta del iceberg de un fenómeno general que obstruye la maduración de los niños en las sociedades supuestamente más avanzadas: la invasión de la vida escolar por parte de sus progenitores”.
Y más: a quien diga “mi hijo es mío” y pretenda determinar lo que va a aprender en la escuela, el ensayista le recuerda que en el ADN de la educación pública está “que los niños se librasen de sus padres”. Es decir, que pudieran elegir otros caminos, otras miradas, un mundo más amplio que el del departamento donde viven y los dos adultos que le tocaron en suerte.
¿Todo es para cuidar al nene de un mundo hostil? Ahí sale Gerchunoff al cruce: “El bebé no pasa hambre, no pasa frío, no pasa calor, no se expone, no se frustra. Todo está pensado y ordenado para mantenerlo dentro de rangos óptimos. El bebé Tamagotchi no atraviesa el mundo, más bien el mundo es filtrado para él. No se trata solo de protegerlo, sino de optimizarlo”.

El hombre, que es argentino pero vive en Madrid hace mucho, tiene dos hijas, lo que hace sospechar que habla por experiencia propia.
—¿Los niños son diferente a como eran antes? ¿Por qué los de hoy son niños cosa y no los anteriores?
—Yo, que tengo 48 años, ya un poco niño cosa soy, pero menos que los de ahora. Creo que esto es producto de un proceso muy largo, que se podría sintetizar diciendo que es el proceso occidental de la modernidad o de la secularización en su máxima expresión. Es que la paternidad y la maternidad dejen de suceder por un mandato tradicional, comunitario, religioso de alguna manera y que parezcan suceder —ese es un gran asunto, parezcan— más por una decisión soberana del individuo, que es libre y decide lo que realmente quiere para su vida y entonces decide tener un hijo.
—¿Eso es malo?
—No, más bien al revés. Pero tiene un lado B: que al convertirse en una decisión tan voluntaria, consciente, libre, el hijo mismo se convierte en un proyecto, en una cosa que fabricamos. Es una cosa nuestra. Y aparece en una lista, creo yo, junto a otras opciones: hacer un viaje de meditación a la India, hacer un doctorado, comprarse un coche, mudarse, tener un hijo. Es un proyecto más.
—Me pregunto, y quizás porque lo veo desde la Argentina, si lo que cambió es que la situación es difícil y quizás no te da la economía para tener un hijo y hacer otras cosas. Y que no se espera que una mujer esté dedicada sólo a los hijos.
—La emancipación de la mujer desde luego ha influido en la medida en que puede tener proyectos distintos que la maternidad. Seguramente la baja de la de natalidad tiene que ver con eso. Ahora bien, hay un dato respecto de lo del dinero: seguro que la precariedad laboral, las dificultades, hacen que sea más difícil decidir tener hijos. Pero hay algo que contradice esto y es que hasta hace cincuenta años la gente miserablemente pobre seguía teniendo hijos sin importarle nada. E incluso en la clase media, todavía en la generación de mis padres había gente que tenía hijos sin haberlo pensado mucho. Tenían uno y otro y otro y tiraban para adelante. No creo que fuera una decisión tan importante, individualizada, enfocada. Sucedía mientras vivían. Yo creo que eso es lo nuevo: ahora da la impresión de que tener un hijo es una cosa particular y específica y no algo que sucede mientras uno vive.

—Y eso hace que uno trate distinto al hijo, porque no es solo el hijo, sino el hijo que produje y debo moldear.
—Efectivamente, yo creo que ahí está la clave, que son tan deseados, tan planificados, tan pensados, que se les agrega una mochila tremenda a los propios chicos. No tanto quizás sobre su rendimiento sino sobre los padres mismos, en lo que tienen que hacer, en que tienen que hacerlo de la mejor manera, de la manera más profesional. En eso se cruzan discursos expertos, científicos, técnicos, que han hecho crecer toda una industria alrededor de la crianza, la paternidad y la maternidad. Y todo eso va a favor de esta especie de cosificación del niño: no se trata tanto de dejarlo ser, de acompañarlo, de criarlo, sino de llenar la crianza de certezas. Hay manuales de crianza, que muestran algo como unos engranajes que hay que colocar de la manera correcta, qué hay que darle en cada momento, qué tiene que aprender primero, cómo lo tiene que aprender. Como si fueran un Mecano, parecería que es algo que se puede hacer mal o bien siguiendo unas instrucciones precisas.
—¿Antes no había especialistas pero estaba la abuela que vivía en la pieza de atrás? ¿Cuándo es “antes”?
—Hay un gran libro, que se llama Dónde está mi tribu, de una española, Carolina del Olmo, que sostiene que el problema con la industria de la crianza, la maternidad, la paternidad, es que viene a ocupar el lugar que ocupaba la familia tradicional. Y que la dificultad está en la idea de que dos personas solas en un departamento con un bebé se las van a arreglar. Pero esas personas *se comportan como niños: no saben, no tienen idea y entonces recurren libros de texto. Antes se hacía por imitación, se compartía la tarea de la crianza. La soledad con la que se cría probablemente también esté relacionada con la decisión de no tener hijos.
—¿Cuándo se van aflojando este lazo?
—Todo se va acomodando. Yo no quería sugerir que estos van a ser niños enfermos ni nada así. Es nuestra manera de criar, serán de otra manera. Lo que me resulta difícil saber es si ellos van a tener hijos a su vez. Para mí que todo este proceso tiene que ver con un crecimiento del individualismo, pero no necesariamente un mal sentido. La concepción de la propia vida como libre y plena, en la medida que es uno mismo, liberado de otras voces, el que decide qué quiere según lo que más le conviene. Y en este sentido, cada vez es una decisión más irracional tener hijos. Esto también es bastante duro de decir: uno tiene hijos porque le gusta, para divertirse. En ese sentido, se podría comprar una PlayStation en lugar de tener un hijo.

—Te preguntás en el libro si podemos diferenciar hijos de mascotas.
—Me pregunto si las mascotas no son nuestros nuevos niños. Desde este punto de vista que hablábamos, individualista y liberal en extremo —y por el que estamos atravesados todos—, no es tan descabellada la comparación. Uno decide tener un niño, otro decide tener un perro. Justo ahora en España se encarnizó un debate sobre los espacios de los niños. Por ejemplo, unos atacan los hoteles sin niños, otros los defienden. . Pero los niños no son una propiedad, no son una cosa de los padres, son ellos mismos sujetos. Entonces, los pro-niños, los que dicen que es discriminatorio apartarlos, lo que dicen es: “eso es como decir que en este lugar, en este hotel o en este, en esta habitación, no pueden entrar negros o no pueden entrar judíos o no pueden entrar homosexuales. Eso es ilegal, no se puede prohibir que entren niños”. Y yo lo que veo es que no es esa la cuestión. Los que quieren espacios sin niños los ven no como una analogía de un judío, un homosexual, un negro sino como algo que aparecería en una lista junto a humo, motos de agua, música fuerte, perros. Hay playas donde no puede haber motos de agua, bares donde no se puede fumar, etc. Al niño se lo está considerando una cosa más y el padre es responsable no porque el niño es un menor de edad, sino porque es su propiedad, porque decidió tener esa cosa. Y si él decidió tener esa cosa ruidosa, yo, que voy a ese hotel o a ese restaurante tranquilo, y no decidí tener esa cosa, no tengo por qué aguantármelo.
—Hay espacios restringidos para los chicos...
—Pero el niño no es una cosa, es un sujeto de derecho. En el origen de los espacios sin niños no está la intención de proteger a los adultos sino de proteger a los niños.
—En el libro marcás una evolución política del espacio de los niños a partir de dos personajes de cuentos: el elefante Babar y el elefante Elmer. Decís que “la idea que transmite Babar es que en la ciudad se vive mucho mejor que en la selva. Que vestirse es lindo y bueno, que saber leer, contar, tener un oficio, tocar instrumentos musicales, tomar el té con amigos, ir a la ópera y al teatro, celebrar fiestas, jugar al tenis o practicar el esquí son grandes privilegios, mucho más valiosos que la mera desnudez y la libertad natural de la selva virgen”. Elmer en cambio, es la libertad individual y la vuelta a la selva.
—Los uso para comparar dos tipos de liberalismo. Un liberalismo anterior más republicano y que está más atravesado por lo comunitario, representado por Babar, ¿no? Babar representa la idea de la civilización, de usar los saberes para mejorar nuestra vida, para tener una comunidad mejor, para vivir de una manera más linda también, más elegante. Hay algo en Babar que tiene que ver con lo salvaje, la selva y la libertad animal como algo que la civilización humana supera.

—Y Elmer...
—Elmer es todo lo contrario. Es ese liberalismo que tiene que ver con el hippismo, con el individualismo con la idea de la naturaleza como un estado idílico que va siendo arruinado por la civilización y la sofisticación. Rousseau odiaba la sofisticación. Pensaba que la cultura y la sofisticación habían arruinado la verdadera libertad del hombre, que era la libertad salvaje. Elmer es uno de los miles de productos que dio el rousseauianismo, digamos. En Elmer destacan todas las cosas que tienen que ver con la defensa de lo individual y de la libertad individual. Cada uno puede ser del color que quiera, a cada uno le puede gustar lo que quiera. Tiene que ver con una educación con la cual estoy de acuerdo, con la libertad sexual, con la ecología, con una serie de cuestiones que han ido ocupando el discurso liberal —no en un sentido de derecha, de la izquierda también— desde los años sesenta. Elmer es la defensa de todas las libertades individuales sin pararse a pensar ni un segundo qué implica extremar esas libertades individuales al máximo para la civilización misma. Y el resultado es que la vida que muestra Elmer es una vida bastante pobre comparada con la de Babar, casi esquemática. Es una vida psicodélica, policromada, donde sí, cada uno es libre, pero donde al mismo tiempo es una vida bastante sencilla, poco elegante y pobre. David McKee, el autor de Elmer, termina siendo un defensor del capitalismo a ultranza, de la manera más salvaje y sin ningún control. Y está en contra justamente de cualquier tipo de asociación humana que critique o que ponga en cuestión cualquier tipo de libertad individual llevada al máximo.
—¿Toda infancia pasada fue mejor?
—Creo que no pude escapar con eso. Me gustaría refutarlo y creo que en el fondo seguro que no es así. Me interesa también criticar ese punto de vista. Hay algo esencial a la crianza en esa idea de que todo niño anterior era mejor que los nuevos niños. Los padres usamos esto como un truco para ganar autoridad. Cuando el niño no nos hace caso, cuando nos dejamos llevar por sus caprichos, siempre hacemos un relato de nuestra propia infancia como más austera, más dura, más complicada y, por lo tanto, de nosotros mismos como más virtuosos, para convencerlos de que nos hagan caso. Creo que eso no es simplemente una recurrencia psicológica de todos, sino que tiene un origen y es el origen mismo de la infancia. Que la infancia nace como una cosa de superprotección de algo que no estaba protegido. Por lo tanto, está esa estructura de que hubo un antes donde el niño estaba menos protegido. Y lo hubo: fue el previo a la modernidad. En Londres, París, en las primeras ciudades europeas grandes, venía gente del campo, se juntaba y se mezclaba gente desconocida. Y ahí es donde nace la idea de infancia: por el temor al trato de los niños con desconocidos. Pero previamente a eso, a los niños se los consideraba como iguales a los adultos: más bajos, con menos fuerza, pero se les exigía lo mismo.