Estoy en un momento de búsqueda y de mucho agradecimiento por todo lo que me está pasando”, afirmó Pablo Giralt en Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, al hablar de la etapa personal que atraviesa. El relator y conductor señaló que el reconocimiento masivo que recibió en los últimos Mundiales llegó después de muchos años de carrera y aseguró que hoy intenta vivir esos logros sin naturalizarlos.

Giralt construyó una extensa trayectoria vinculada al fútbol desde que comenzó a trabajar en Torneos y Competencias, en 1999. A lo largo de su carrera pasó por señales como DirecTV Sports, TNT Sports y Telefe, donde se convirtió en una de las voces habituales de la Selección Argentina y de grandes competencias internacionales.

Relató varios Mundiales y Juegos Olímpicos y alcanzó uno de los momentos más importantes de su carrera con la cobertura de Qatar 2022. En 2026 volvió a ocupar un lugar central en la cobertura de la Selección y su relato del triunfo ante Egipto en los octavos de final se convirtió en uno de los momentos virales del Mundial.

A los 52 años, asegura que atraviesa una etapa de reconversión, en la que busca bajar el ritmo, aprender a decir que no y recuperar espacios que durante años quedaron relegados por el trabajo. También habló sobre la exposición en redes sociales, su vínculo con Lionel Messi, la relación con sus hijos y el camino que recorrió desde que dejó Venado Tuertopara probar suerte en Buenos Aires.

Pablo Giralt construyó su carrera desde 1999 en Torneos y Competencias y se consolidó como una de las voces de la Selección Argentina

— ¿En qué momento de tu vida te encuentro?

— Es una linda pregunta. En un momento de búsqueda. Primero debo arrancar por lo que me parece más importante: estoy en un momento de mucho agradecimiento por todo lo que me está pasando. Siento hoy un reconocimiento, un amor, un cariño, que me llega en un momento de mi vida extraordinario. Soy una persona que agradece permanentemente eso. Viste cuando alguien dice: “Che, ¿una foto?”. “Por supuesto”. Yo amo sacarme una foto con la gente, que la gente me quiera, que me dé su afecto. Eso es mi combustible. Creo que lo que uno a veces persigue en la vida es ese reconocimiento. Después del Mundial, este que pasó, y ya en Qatar había pasado, pero este aún más, recibí eso y tengo una característica mía que es que no naturalizo. Es como una especie de lema. No me gusta naturalizar.

— ¿Ni lo bueno ni lo malo?

— No, no naturalizo. Hay que tratar de vivir todo sin naturalizar. Cuando naturalizás perdés frescura, perdés el eje y todo te da lo mismo. Entonces, las cosas buenas que me pasan las trato de vivir plenamente. Las cosas malas trato de transitarlas de la mejor manera que puedo, pero no naturalizo. En los últimos tiempos me ha ayudado muchísimo a estar en eje y viviendo el día a día, enfocado y disfrutándolo.

— Laburás hace muchísimos años y el reconocimiento de tus colegas y del del medio ya lo tenías, pero este más masivo llegó después, ¿no? De más grande.

— Exacto. Lo de grande me mató un poco (risas).

— No, pero en el buen sentido.

— Ya lo sé, te estoy cargando (risas).

— Es mucho camino transitado dentro del periodismo...

— Tengo 52 años. Ya no soy una criatura, soy una persona grande. Aunque uno por dentro siempre se siente un pibe. Yo me siento el mismo joven de siempre, aunque me miro al espejo y digo: “Uh bueno. Ya no tanto”. Pero hoy me siento en un momento de plenitud en esa búsqueda de reconversión. Dicen que los hombres después de los 50 tenemos una crisis, ¿no? Mitad de la vida, ponele. A mí me agarró a los 51 y pico y dije: “Che, ¿qué quiero hacer con mi vida? ¿Y qué estoy buscando?”. Y empecé a hacer un cambio profundo en mí, de enfocarme en que quiero ser feliz y disfrutar. Hoy estoy con vos acá y estoy acá. Me brindo y comparto este momento con vos. En otro momento de mi vida venía y estaba pensando que tenía que hacer esto o aquello, que tenía que ir a caminar, etc. Hoy estoy centrado y hablo con vos y me brindo para disfrutar de este espacio.

— Recién mencionaste algo de “la mitad de mi vida”, de la conciencia del paso del tiempo, de cómo uno quiere encarar esta etapa y, por ahí, no sé si la palabra es ir más despacio, sino ir más consciente, ¿no?

— Para mí, ir más consciente es ir más despacio. Ir más consciente no te hace que te agarre ansiedad por tener que hacer otra cosa después. Es difícil, pero es un trabajo que hay que hacer. Hoy disfruto de levantarme temprano, de informarme, de poder ir a entrenar a la mañana. Me encanta tomar mate a la mañana, estar tranquilo, mirar un compacto o informaciones. Me gusta ir al gimnasio a la mañana, cosa que antes no hacía y disfruto de ese momento.

— ¿Pero ese cambio te llegó hace un año y pico o lo venís transitando?

— Vengo de un proceso de hace tiempo. Yo suelo rodearme de mucha gente que me ayuda, desde la psicóloga que tengo, mi preparador físico, mi coach vocal, que me ayuda a preparar la voz y que la trabajo hace muchos años, mi vestuarista... Gente de mi equipo, porque yo creo que no hay construcciones individuales, hay construcciones en equipo. Uno no se construye solo, es en equipo. Creo mucho en eso. Y son todos los que te van ayudando, más allá de las construcciones familiares, por supuesto, y de los amigos, que son fundamentales en la vida. Creo que todo eso te va ayudando a poder crecer y evolucionar. Y hoy me siento con calma, con paz, con tranquilidad, que en otro momento de mi vida te diría que estaba sobregirado o fuera de eje.

— Está muy bueno eso que compartís porque, en general, uno asocia la crisis con la desesperación, con agarrarse la cabeza. En The Truman Show hay un momento en que él está frente a la puerta y entiende que no puede volver atrás. Podés intentarlo, podés hacer como que cerrás la puerta, pero llega un momento en que hay que pasar de pantalla, ¿viste?

— Hay un dicho muy famoso: “Una crisis es una oportunidad”. Después vos lo tomás como vos querés. ¿Crisis freak o me tomo una oportunidad de ver cómo quiero seguir de aquí en adelante? Y a mí eso me planteó: ¿cómo quiero seguir? Y estoy en la búsqueda de cómo quiero seguir de acá para adelante. Pero sí estoy enfocado en que todo lo que hago, estoy consciente de lo que hago, de compartir y estar en ese momento y en ese lugar. Soy una persona adicta al trabajo y estoy tratando, de a poquitito, no dejar de trabajar porque uno no lo puede hacer, aparte me gusta y me hace bien. Yo no reniego del trabajo. Me encanta lo que hago. Pero sí de disfrutar, de elegir. Hoy tengo la suerte de elegir, de decir sí o decir no. Es lindo decir que no y aprender a decir que no porque te abre otra puerta.

— También es re difícil aprender a decir que no en nuestro laburo.

— Es muy difícil. La famosa frase: “Y el tren pasó”. El tren pasa y vendrá otro tren o vendrá una bicicleta o un triciclo y nos vamos a subir igual a lo que venga si nos gusta. Hoy estoy en ese lugar, lindo, pero sobre todo sintiéndome muy querido por la gente que me acompañó en el Mundial y que me lo demuestra en la calle. El corazón lo tengo en un estado de emoción del que no se quiere ir y está bueno.

El relator sostuvo que la exposición en redes sociales no refleja el afecto de la calle y advirtió que tomarse en serio ese ámbito una genera presión en el trabajo

La exposición, las redes y el costo del oficio

— ¿En algún momento te enojaste o te frustraste porque el reconocimiento te llegó en el último Mundial y en el anteúltimo, pero vos venís laburando hace un montón? ¿Alguna vez dijiste: “Estoy frustrado, no quiero más esto”?

— Y probablemente, como en todos los laburos. Tenemos momentos donde decimos: “Che, esto no es para mí. Me cansé”. O el medio, la gente con la que te rodeás.

— Aparte es un laburo que te demanda mucho tiempo.

— Sí y estamos muy expuestos. El fútbol en este país es un deporte muy pasional. Te aman y te odian con una liviandad absoluta porque se les ocurrió un día las redes. Las redes son una cosa y las calles son otra cosa. En la calle hay un afecto, un cariño. En las redes está la impunidad, la agresión. Si te tomás en serio las redes, estás en problemas. Tampoco es ser un necio y un egocéntrico.

— Es muy difícil igual que no te afecte.

— Hay que ejercitarlo. Las utilizás para que te ayuden a lo que vos quieras que te ayuden, pero no hay que caerse en ellas. Una vuelta hice una nota a Rada y me decía que él siempre estaba preocupado en una función por el 50% de la sala que estaba vacía. Y una vez lo agarró su mujer y le dijo: “Hay un 50% de la sala que está vacía, pero el otro 50% se bañó, compró la entrada, se preparó y vino a verte a vos para que vos te brindes por ellos”. Yo aprendí que en las redes habrá 50, 100, que te putean porque se les ocurrió agredirte, insultarte o decirte algo. Pero hay un público mucho más cariñoso y afectuoso, por ahí silencioso, pero que cuando te tiene que dar su cariño, te lo da. Y hay que quedarse con eso. Pero no solamente para que te regodeen el ego. Uno sabe cuando trabaja bien, cuando trabaja mal. Ya después de tantos años de carrera sé absolutamente todo. No hace falta que venga alguien a putearte o a decirte si estuviste bien o mal. Pero sí creo que hay que tratar de alejar lo tóxico. Y cuando te dicen: “¿Te enteraste que dijeron tal cosa de vos? ¿Te enteraste que por tal comentario?”. “La verdad que no”. Pero cuando digo que no, es no.

— ¿Pudiste aprender a administrar esa cuestión?

— Sí porque sino no dormís. Te juega en contra el laburo, te sentís presionado y decís: “Uy, ¿y si me equivoco?”. Ya está, nos vamos a equivocar y nos equivocamos. Cometemos errores y pediremos perdón, que es lo más hermoso que hay en el mundo.

— ¿Has tenido que pedir perdón muchas veces?

— Sí, pedí perdón. Pedí perdón porque me habré equivocado. Porque yo tengo un tema: soy un desmemoriado. Pero no porque se me ocurre tirar las cosas debajo de la alfombra. Viví durante tantos años tan acelerado en mi vida. Cuando vivís acelerado, ese estado de ansiedad hace que no tengas registro. “¿Qué almorcé hoy? ¿Y ayer qué hice?”. Y entonces te pasan cosas. Pero no me cuesta pedir perdón a mis padres, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, a la gente que quiero. Y cuando lo hago, siento alivio, que es lo más importante. Siento que es sanador. No está mal pedir perdón. Puede ser que cuando uno se equivoca, el error está mal visto, la equivocación está mal vista porque tiene mala prensa. Pero es hermoso a veces poder decir: “Che, me equivoqué, perdónenme”.

— Viste que igual hay pedidos de disculpas que interpelan un poco más que otros. Mencionabas en una entrevista hace algunos días el vínculo con tus hijos. Las ausencias por el laburo, el haber priorizado muchas veces tu carrera. ¿Te ha tocado pedirle perdón a ellos?

— Lo charlamos y a veces como papá uno grita, dice cosas y se enoja porque venís de un día agobiante. Yo a veces tengo transmisiones de seis horas, siete horas, vuelvo a casa, grabé 200 programas, entonces, por ahí tu hijo hizo una pavada y vos te enojaste. Y uno como papá tiene que pedir perdón.

— ¿Y en el momento reaccionás y te das cuenta?

— Sí, inmediatamente. Digo: “No, ¿qué estoy haciendo? Me enojé porque fue una pavada”. Y con mis hijos sí, por supuesto. Siento que sí les tengo que pedir perdón, se los digo y charlé mucho en terapia, lo traté mucho en terapia, el tema de las ausencias. Incluso se los preguntale a ellos cómo se sentían con eso. Y la respuesta fue mucho más positiva de lo que yo esperaba, porque era más un mambo mío. Ellos siempre tuvieron un padre que estuvo trabajando todos los fines de semana.

— Estaban acostumbrados.

— Exactamente. Yo soy un padre que el fin de semana está trabajando.

— ¿Y vos te perdonaste por eso?

— A veces sí, a veces más o menos. Pero lo importante, ¿sabés qué es? Le encontré la vuelta a algo. Es un proceso, un trabajo, pero lo importante es la calidad no la cantidad. Porque si nosotros estamos un fin de semana juntos todo el tiempo, pero no hablamos ¿qué gracia tiene? Cuando me están hablando mis hijos, yo los escucho como te estoy escuchando a vos ahora porque aparte tengo hijos que ya uno tiene 17 y el otro está a punto de cumplir 12.

— Ya cuestionan...

— Claro, por supuesto. Me encanta escucharlos. Aparte, son tan originales, me encanta escucharlos y me encanta el lenguaje que usan. Escucharlos y decirles cosas, darles consejos. Cuando uno es chico y escucha los consejos de los padres, muchas veces siempre los relativiza, ¿viste? Somos bastante bravos. Y después, cuando pasa el tiempo decimos: “Tenía razón”. Entonces, creo que en definitiva es un trabajo lindo ese.

— Respecto a la conciencia del tiempo presente y al disfrute, dijiste: “Estoy en una búsqueda, en ese proceso”. Pero imagino que algunas cuestiones ya las habrás descubierto. ¿Qué estás buscando?

— Estoy buscando vivir en un estado de felicidad y plenitud permanente.

— Es medio difícil eso. Un poco utópico, te diré.

— Difícil. Pero si de siete días a la semana tenés cinco días buenos, está bien. No te estoy diciendo siete de siete porque pasan cosas, pasa la vida. Pero vamos a un solo día: 14 horas. Proponerte tener un par de horas buenas, es un paso. Poder decir: “Che, este ratito valió la pena, me salvó el día”. A mí me gusta mucho juntarme con mis amigos. Tengo muchos amigos de diferentes edades, que hacen diferentes actividades y me gusta mucho porque me carga la batería. Hablemos pavadas...

— Hay algo de los varones con sus amigos que es espectacular. Yo lo veo mucho en mis hermanos: tienen esa cosa de tropa, de juntarse, de hacer un asado...

— Vos pensás que yo esas actividades no las hago porque trabajo todas las noches. Mis amigos se van cansando de llamarme, de invitarme y que no esté. Entonces, a esta altura estoy recuperando esos vínculos con amigos, con nuevos amigos, porque yo cambié, mi vida cambió. Que no es ni mejor ni peor, es la vida. Y recuperar momentos. Tener una cena mano a mano con un amigo, tomarnos un cafecito y hablamos pavadas, cosas de nuestra vida que son nuestras, del vínculo, son maravillosas. Y en eso estoy, tratando de aprovechar momentitos y de disfrutar mucho más. Yo siempre a mi trabajo lo puse en un lugar tan importante que lo sufrí mucho. Porque yo siempre quiero que salga todo bien. Perfecto, no bien, perfecto.

— Lo perfecto es enemigo de lo posible. ¿Cómo regulás esa autoexigencia?

— Y terapia (risas). La psicóloga está prácticamente en casa, hago online, por teléfono...

— ¿Y de dónde creés que surge esa autoexigencia? Porque con tanta terapia encima, hay un momento en el que uno revisa y dice: “Che, pará, ¿por qué? ¿A ojos de quién tengo que ser tan impecable?”

— Nunca llegué a esa conclusión. Pero sí tiene que ver con mi forma de ser, de querer que las cosas salgan bien y con lo que me costó a mí el recorrido. Esto de venirme de Venado Tuerto acá a los 17 años, me marcó. Yo lo veo a mi hijo, que tiene 17 años, y pienso: yo a esa edad me vine acá a vivir a Buenos Aires.

— Y uno los ve chicos y decís: “Están años luz de hacer eso”.

— Es otra generación. Y yo vine, estaba solo. Fue durísimo. Por eso digo, cuando empiezo a mirar para atrás, hay épocas de mi vida que fueron muy duras por la soledad. La soledad, Luli.

— El desarraigo es muy difícil.

— La soledad del silencio. El silencio a estar solo. De ir a un cine a ver películas, solo. De estar solo por no tener amigos acá, porque tus amigos están lejos. Tus amigos se fueron a Rosario o a otro lado. Esa soledad y años de soledad. Eso es algo que duele, porque la soledad cuando vos la elegís es una cosa, cuando te llega porque no te queda otra, no es tan divertida. Pero bueno, formó parte de mi camino.

— ¿En ningún momento pensaste en volver?

— En el momento en que me estuve por volver, en el año 99, me sale... Yo ya me estaba por volver, ya estaba resignado.

— Esto me encanta porque con estas cosas te das cuenta cómo desde algún lado alguien maneja las fichas. Porque te estabas por volver, ¿y qué pasó?

— En abril del año 99, a través de un contacto me sale un casting en Torneos, que es donde trabajo desde el año 99. Era el martes 13 de abril. Hablame a mí que el martes 13 trae mala suerte (risas). Martes 13 de abril me hacen un casting y empecé a trabajar. Yo estaba próximo a irme, ya mis viejos sabían... Mis viejos son lo más grandes que hay...

— ¿Pero te dijeron: “Corazón, basta” o te apoyaban?

— No. Yo dije basta. Ya está. Hice todo lo que pude hacer. Di tanto el currículum que ya volaban de un lado para otro. Hasta que apareció un contacto, una oportunidad, un productor. Y bueno. Llegué a Torneos, hice el casting y empecé a laburar.

— ¿Cómo fue cuando llamaste a tus viejos y les dijiste: “No me vuelvo porque quedé”?

— Hermoso. Hay una sensación en mi cuerpo que me pasa frecuentemente cuando me van pasando cosas nuevas. Me acuerdo el primer día que me dijeron: “Vas a relatar para Nacional B, vas a relatar a Fútbol de Primera”, que era el programa. “Vas a hacer tal partido en vivo, vas a hacer tal transmisión, vas a estar con tal periodista...”. Y así toda mi carrera. “Vas a ser el relator del Mundial y vas a hacer esto”. Y el partido del Mundial hizo 43 puntos de rating. Y yo siento una cosa en mi cuerpo de felicidad que me pone en un lugar pletórico, o sea, supremo. Es que no naturalizo las cosas, el seguir progresando y seguir avanzando. Y creo que todo ese proceso forjó esa obsesión porque las cosas salgan bien. Sobregirado, porque cuando vos no tenés dónde dispersar la mirada, ponés toda la libido en el laburo. Eso hace que muchas veces esa libido funcione en exceso, quiero que salga todo perfecto y la perfección no existe. Hasta que empezás a convivir con la imperfección y con que un día puede ir bien y un día mal. Pero el consejo siempre que doy a todos son dos cosas: primero, que para cualquier cosa que uno haga tiene que tener pasión. Yo soy un apasionado de la vida, yo soy un enamorado, a veces me autodefino un bicho raro. Porque yo soy un romántico. A mí me gusta Luis Miguel...

— Quiero saber qué hay en la lista de Spotify que venías escuchando en el auto. ¿Qué hits encontramos? ¡Lo que te van a cargar los jugadores con esto!

— No, me encuentro con mucho romántico (risas).

— ¿Luis Miguel? ¿Qué más tenemos?

— Luis Miguel es Luis Miguel.

— ¿Entra un Chayanne, un Cristian Castro?

Chayanne, Cristian Castro, Luis Fonsi. Entra Morat, que es una banda colombiana que amo. Entra Luciano Pereyra, que lo amo, un tipazo. Diego Torres, que lo quiero con mi alma... Y tantos otros artistas que quiero un montón, que muchos son amigos y gente que quiero. Me encanta la música y yo siento que para cada momento encuentro algo.

— “Soy un romántico”, dijiste. Me gusta que te autopercibas de esta manera.

— Me gusta regalar flores...

— Un tipo ligado al fútbol que a sus 50 años esté diciendo: “Soy un romántico”, realmente te celebro.

— Sí, soy un romántico. A veces parezco medio demodé, ¿no? Porque soy...

— Pero ¿romántico copado o romántico medio pesado? Vos estás casado, pero digo, romántico tipo que tu mujer te ve venir y dice: “Ay, otra vez viene con las fresias”? (risas).

— No, no. En su justa medida. Pero soy caballero.

— Hay que dividir: romántico, atento y caballero. Son distintos términos. ¿En cuál entrás?

— Me considero las tres. especto al romanticismo... No voy a decir cosas porque no puedo develar cosas de mis hijos, pero están heredando eso de mí. De regalar cosas, ser atentos, la caballerosidad y el respeto, que para mí es un valor que no puede faltar. Es muy importante. Decir gracias, por favor, ser gentil con la gente, ser agradable. Yo vivo enamorado de la vida, pero tuve momentos donde no estaba enamorado de la vida. Como cuando tenés una nube negra que decís: “Che, loco, ¿qué me pasa?”. Y bueno, de golpe algo pasó en mí, algo cambió y empecé a entrenar mucho, me empecé a cuidar...

— A ponerte pituco.

— Exacto. Viste que cuando te reconciliás con vos mismo, todo funciona mejor.

— ¿Estuviste peleado con vos mismo en algún momento?

— Sí, claro. Por supuesto.

— ¿Con qué?

— Con mi aspecto, con mi forma, conmigo. Hay cosas que no me gustaban de mí. Y hoy me miro y me reconozco y me acepto. Sobre todo me acepto.

— Yo creo que eso que acabas de decir es clave, porque nos pasa a todos. Yo pensé que era más de las mujeres, pero a medida que conozco un poco más a Ellos, veo que esto de la aceptación, de cuando uno se acepta de verdad, hay una libertad, ¿viste? Desde esa observación que es única.

— Cuando vos te aceptás es todo mucho más fácil. Y aceptar es difícil: lo bueno y lo malo tuyo, pero aceptarse es buenísimo. Yo creo que empecé a aceptarme y eso cambió. Produjo en mí un cambio, una modificación, un reseteo. En el aspecto de mi personalidad, en lo otro me gusta siempre estar elegante, siempre estar bien vestido.

— Invertís en eso.

— Sí, claro. Pero me hace sentir bien, me gusta. Antes renegaba y ahora no. Me gusta llegar a un lugar y sentirme observado porque estoy presentable.

Giralt señaló que atraviesa una reconversión personal en la que busca bajar el ritmo, aprender a decir que no y recuperar espacios relegados por el trabajo.

Messi, la reserva y la intimidad en el fútbol

— Recuerdo tus palabras cuando falleció el papá de Leo Messi, donde se vio a un hombre muy discreto. Cuando trabajás en el mundo del fútbol y tenés cercanía con grandes estrellas, enseguida se nota quién aprovecha eso y quién lo toma como un voto de confianza. ¿Cómo te interpela a vos esa cercanía con estos ídolos?

— Soy muy reservado. No tengo amigos en el fútbol casi. Porque el fútbol es mi trabajo. Amo lo que hago, soy relator de fútbol, vivo del fútbol o parte de mí vive del fútbol, pero tengo admiración por un solo futbolista, que es Leo Messi. Y no tengo admiración, tengo amor por él. Por él y por su familia. Y con su papá tenía una linda relación, hermosa y siempre reservado. Siempre prioricé la amistad por encima de la información. No me interesó. Y hoy, gracias a Dios, puedo mantener una relación con su familia. En los últimos días, hermosa, linda, de mensajes y de estar cerca.

— Qué suerte hemos tenido todos de ser contemporáneos a Messi, ¿no?

— A mí me criticaron mucho, pero yo ni me enteré. Me criticaron mucho cuando hice un posteo cuando falleció Jorge, muchos me decían por qué me puse en ese lugar. Yo me puse en lugar de alguien que quería mucho a alguien, nada más. Soy una persona sensible que ya lo habrán visto. Si algo no me falta, es llorar. Soy una persona que se emociona con las cosas y lloro. Veo una película y lloro. Y lo que pasó con Jorge a mí me movilizó mucho. Hay gente que no le gusta que uno sea así. No me sale el refrán ahora, pero mucha gente te ve como ellos se ven.

— “Lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro”.

— Exactamente.

— O “el ladrón cree que todos son de su condición”.

— Entonces, no me mires así porque yo no soy así. Lo hice porque lo siento, porque realmente siento amor y quiero a toda su familia y punto.

— Cuánta más admiración, incluso a nivel personal, me parece que se generó en todos desde que se conoció lo que había pasado con su papá. ¡¿Cómo ese hombre jugó ese Mundial?!

— El mejor del Mundial fue. No le dieron el premio porque se lo dieron a Rodri porque había salido campeón España. Pero lo que hizo Leo fue impresionante. Y lo buena persona que es él y su familia. Su mamá, Celia, es un amor. Es una divina total. Los hermanos son unos divinos. Una hermosa familia tienen. Yo los quiero mucho, pero de lo más profundo de mi corazón. Pero a veces no hay que prestar mucha atención, porque si prestás atención, todos se creen que tienen derecho de juzgarte por cosas. Y yo las respeto, no me enojo.

— Eso te iba a preguntar, ¿no te enojás?

— Trato de no enojarme.

— ¿Te ha tocado que colegas se vayan de boca? ¿Te ha tocado levantar el teléfono?

— Antes sí, ahora menos. Pero soy de cruzar mano a mano y decir las cosas en la cara. Soy bastante calentón y frontal. Ahora quizás lo haga también, pero no sé si más suave. Pero no pierdo la frontalidad. Yo soy muy frontal. Si algo no me gusta, te digo: “No me gustó. No estuviste bien, creo que te equivocaste”. Y creo que es la mejor forma de solucionar problemas, siendo frontal, sincero. Tenés que cerrar un vínculo con una persona: “Mirá, no me gustó esto, no va más, listo, se terminó”.

— ¿Y sos así en todo, en lo laboral, en lo personal?

— Sí, trato de ser lo más claro posible y a veces cometo errores y rectifico. Pero sí soy frontal y soy un poquito rencoroso si hay animosidad, ¿viste? Pero también entiendo que hoy estamos en un momento en donde, si te pasa algo y ganás clics, sirve para monetizar y te van a defenestrar.

— Es un horror, pero es verdad.

— Te van a liquidar. Pero dentro de un mes se van a cansar de monetizar con vos y se la van a agarrar con otro. A mí hay dos cosas que siempre me preocupan en la vida y por las que todos los días trato de ejercitar lo que es ser buena persona y ser buen compañero. Es el único legado que yo le dejaré a mis hijos. Cuando yo no esté en este plano, seguramente alguien se va a acercar a mis hijos y les va a decir: “¿Sabés cómo era tu viejo? Qué tipazo. ¿Sabés qué bueno que era?”. No en lo profesional, que tal vez era un diez o un cinco, o un cuatro o un tres. Pero era buena persona. Y yo quiero y trato de honrar eso.

El Mundial, el relato y el pibe de Venado Tuerto

— Para ir cerrando nuestro encuentro. Pienso en ese relato épico, mágico, de la final de Qatar, de Montiel y ese último penal. Salimos campeones del mundo, termina la euforia, la emoción. ¿A quién llamaste primero?

— A mi familia, obviamente. Ese momento es único.

— ¿Fue el mejor momento de tu carrera?

— Sí. Y lo sumo con este último Mundial.

— ¡Este último Mundial nos sacó salud a todos!

— Fue un drama. El partido del gol de Leo a Egipto es impresionante. Y el partido en Inglaterra es impresionante. O sea, todo eso son momentos imborrables en mi carrera. Siempre hablo de lo que me pasó también por esta historia, que yo filmo un poco el backstage de cuando relato, ¿no? Y a muchos les gusta eso, ver qué le pasa a un relator. Y ver que uno está relatando Argentina y lo vive como un argentino. Porque en definitiva lo que estás viendo es que yo soy un argentino que estoy con un micrófono a mano, que estoy fuera de eje, completamente loco, detonado mentalmente. Y ese video del gol de Leo a Egipto, el del dos a dos, que después encima lo ganamos, que recorrió el mundo, tuvo como 700 millones de visualizaciones y me escribían de Francia, de España, de Italia, de Alemania...

— Y pensar que el pibe de Venado Tuerto estuvo a punto de volverse.

— ¡Mirá vos! El destino.

— Y la búsqueda.

— Sí, la búsqueda, el destino y la perseverancia.

— Si pudieses tomarte un mate con ese Pablo que esa mañana se empilchó para ir al casting de Torneos a jugar la última ficha antes de pegar la vuelta, ¿qué te dirías?

— Es buena pregunta. No estaba bien vestido ese día (risas). Estaba con algunos kilitos de más también. Lo que pasa es que para que todo se disfrute más, hay que transitar todo. No le puedo contar el final de la película.

— ¿No te saltearías ningún paso?

— Si yo te cuento el final de Sexto Sentido, no la mirás. Si yo te cuento cómo te va a ir a vos en tu vida, no tiene gracia, lo tenés que vivir. Y si bien me encanta ver esto que estoy viviendo y que jamás en mi vida me lo imaginé, le agradezco a Dios. Soy muy agradecido a Dios de las cosas que me pasan en mi vida. Pero el mago no debe mostrar nunca los trucos.

— Pero ¿qué le dirías? Capaz no le contarías lo que iba a pasar, pero ¿lo alentarías?

— Sí. Yo le diría: “Dejá todo, sé vos”.

— ¡No te vuelvas!

— Disfrutá el camino. Disfrutá lo que venga: lo bueno, lo malo. Y también le diría, esto ya a título personal: no te olvides de vivir. Porque el juego es ese también, no olvidarse de vivir el mientras tanto. Porque si vos dedicás todo a algo y tu vida queda en un segundo plano, perdiste años de vida también. Y es hermosa. La vida es lo más lindo que hay. Cuando mis hijos cumplen años...

— Uno se da cuenta del paso del tiempo a través de ellos.

— Sí. Pero es hermoso. Mi hijo está por terminar la secundaria, el más grande ahora, y empezar la universidad.

— ¿No te agarra en serio un poquito de nostalgia?

— No, estoy agradecido de la vida porque está viviendo. Está viviendo la vida. Es hermoso. Para muchos parece algo muy trivial. Pero hay gente que no tuvo la oportunidad de que sus hijos puedan pasar por esa instancia. Eso es lo más fatal que puede pasar. Que tu hijo viva la vida y pase la vida, tiene que ser feliz. Y los chicos van creciendo y forma parte del dolor de decir: “Bueno, un día me va a escribir menos”, como yo le escribo menos a mis viejos. Esas respuestas que no llegan, ese WhatsApp que tarda días en contestarse, ese “me clavó el visto”. Pero está viviendo la vida, es hermoso vivir la vida. Le diría a Pablo viví la vida también, porque el proceso es hermoso y es maravilloso.

— Recién decías: “Dios ha sido muy generoso conmigo”. Has logrado un montón de cosas a nivel laboral y seguramente a nivel personal ajustarás unas u otras, pero también tenés una vida hermosa.

— Sí, claro. Hermosa.

— Si cerrás los ojos y te imaginás un brindis, el 31 de la noche, ¿qué pedís?

— Yo siempre que alguien cumple años y es amigo, le mando tres deseos: salud, salud y más salud. Porque es lo único importante. Mis amigos están esperando el cumpleaños y mis tres deseos porque el resto se va acomodando. Agradecería la familia que conformé, los padres que tengo, los hermanos que tengo, los sobrinos que tengo, una familia hermosa, los amigos que tengo. Y le agradecería y brindaría por todo lo que he vivido.

— Mirá qué interesante. Yo te dije qué pedirías y a vos te nació agradecer.

— Siempre hay que agradecer. No tengo que pedir nada. Ya está. Este Pablo, Luli, no tiene que pedir más nada. Si pido más, soy un egoísta. Este Pablo ya recibió todo lo que podía recibir en la vida, laboralmente y personalmente.

— A seguir disfrutarlo, entonces.

— A disfrutarlo. Por supuesto.