
Hay libros que están llenos de silencios. Silencios en los que, como escribe Roberta Recchia en Yo que te he querido tanto (Duomo ediciones), “los sucesos dejan mudos a los sentimientos”. Por eso, cuando Luca, un chico de 14 años, descubre que la joven de la que estaba enamorado ha sido asesinada y que este mismo crimen va a romper para siempre su familia, no sabe qué decir. Sin palabras, se ve obligado a empezar una nueva vida lejos de sus padres, de su casa, de todo cuanto alguna vez creyó seguro, para intentar aislarse y protegerse de un dolor desgarrador que siempre llevará por dentro.
“Con esta novela, quería contar el dolor de quien se encuentra en el lado equivocado”, explica la autora cuando la entrevistamos en Roma. La génesis de esta historia parte de una novela anterior, Toda la vida por venir, con la que ya narra el mismo asesinato. Este libro hizo que Recchia pasara de ser profesora de enseñanza superior a convertirse en un auténtico fenómeno editorial en Italia. Con más de 100.000 ejemplares vendidos, se convirtió, como afirma la reseña de una revista en su país, en “una nueva estrella brillante en el panorama literario”. Tras este boom, Yo que te he querido tanto llegaría al año siguiente con un éxito de público y crítica parecidos, aunque con una propuesta muy distinta.
Tal vez lo fácil habría sido pasar a otra historia o, en caso de seguir con ella, continuar con los mismos personajes, pero no: en la novela publicada ahora por Duomo, Recchia construye una historia completamente independiente desde una perspectiva mucho menos vista, también mucho más atrevida: la de la familia de uno de los asesinos. “Creía que era justo contar esa otra parte del dolor. En estos dramas hay víctimas colaterales que la sociedad ignora, cuando no juzga. Luca es la víctima más inocente de todas después de Betta Ansaldo (la joven asesinada): el crimen elimina su vida, su mundo, su identidad como hijo y como hermano y también su futuro”.

“El perdón nos pertenece a todos”
Tras descubrirse la verdad sobre el asesinato, Luca abandona a toda su familia en el pueblo de la costa donde vivía y se muda a Milán con sus tíos, Umberto y Mara. El primero, hermano del padre del pequeño, siente inmediatamente la necesidad de acogerlo y cuidarlo, pero ella teme enseguida que la violencia y la maldad con la que el joven carga puedan haberse infiltrado en él. “Todo lo que Mara puede saber es que este chico ha nacido y crecido en un nido con un monstruo y siente el instinto de proteger a sus hijas, sobre todo a la más grande, que tiene la misma edad de la víctima”, señala la autora.
Pero lo cierto es que Luca debe enfrentarse a los juicios de todo el mundo. De hecho, muy pronto se le asegura que su cambio de vida se debe a que todos quieren protegerle “de la maldad de la gente”. “Yo creo que la crueldad de juzgar a alguien no es algo innato, sino cultural. Establecemos que hay unas reglas y estamos preparados para juzgar, incluso sin conocer. Es un problema que, además, está empeorando cada vez más: ese juicio sumario que es resultado directo de una sociedad que se detiene mucho en la superficie”.
Quizá, en ese sentido, el único remedio posible a una sociedad que se presta a condenar sin conocer sea su antítesis: el perdón que llega sin palabras, solo con hechos. “Yo creo que el perdón de verdad, el auténtico y no el retórico, es una cuestión muy íntima y personal que no tiene nada que ver con la cultura. A veces nos llenamos la boca hablando de perdonar, pero el verdadero perdón es algo íntimo que nos pertenece a todos por igual”, defiende Recchia. Ella misma reconoce tener una “relación difícil” con el perdón, “pero escribir esta novela me ha obligado a enfrentarme a ello”, añade.

Un libro lleno de esperanza
Yo que te he querido tanto se estructura como un gran arco del perdón. La novela de Recchia avanza a un ritmo muy dinámico y sostenido, apto para cualquier lector, y avanza desde la Italia aún muy tradicional de los 80 hasta casi los años 2000, siguiendo a Luca a lo largo de diferentes etapas a las que no siempre sabe poner nombre. “Lo que le falta es la capacidad de expresar sus emociones, su desorientación, sus miedos. Por eso la novela está llena de silencios. Incluso cuando es adulto, se da cuenta de que la vida tiene tal complejidad que no basta con haber aprendido palabras nuevas, porque la vida siempre será mucho más grande que todo aquello que somos capaces de expresar”.
A pesar de ser una novela sobre el dolor, el libro de Recchia también es un libro sobre la esperanza. Sobre alguien que, en cierto momento, descubre que es “todo el amor que había recibido y que tenía” y que decide “creer obstinadamente” en la felicidad. “Después de todo lo que ha sufrido y superado, que Luca llegue a esa conclusión es algo muy importante”, defiende la autora. “Hay que aceptar que existen muchos matices de felicidad y que sería utópico aspirar a una felicidad absoluta, pero es justo creer con obstinación que alcanzarla en cierto grado siempre es posible”.
Puede que ese sea el motivo por el que la novelista, en las últimas páginas, confiesa tener una “deuda de gratitud” por la canción Figli delle stelle, de Alan Sorrenti. La misma que escuchaba con devoción la joven Betta Ansaldo y que, en cierto modo, encierra en su letra la historia escrita por Recchia: “La de dos personas que se conocen y a las que algo muy importante hace que sus caminos se separen, sabiendo que, estén donde estén, de algún modo no se perderán”.