Pablo Ruival es el presidente de la Asociación Forestal Argentina (AFOA), entidad que acaba de celebrar sus 80 años de existencia con un seminario en Posadas, Misiones. Pese a tan larga historia que arranca en 1946, la ansiedad del sector es como la de un niño que tiene todo por hacer, la vida por delante. Ruival, que proviene de la empresa Arauco, lo resume en este entrevista: sucede que la superficie de bosques implantados de la Argentina está estancada desde hace varias décadas, no crece. Pero el potencial del país para producir árboles es enorme y podría permitir triplicarla, de 1,3 a 4 o 5 millones de hectáreas.

¿Por qué no sucedió hasta ahora? El presidente de AFOA tiene claro que “le hemos puesto a los argentinos incertidumbre jurídica, incertidumbre económica, restricciones legales y carga impositiva”, que finalmente han terminado alejando las inversiones foresto-industriales que se necesitaban para absorber esa madera. Sucedió con Uruguay y el caso de las pasteras. Pero también con otros países. Ruival puso como ejemplo a la propia Arauco, que está invirtiendo 5.000 millones de dólares en una nueva planta de celulosa en Brasil.

Hace 25 años, cuando Pablo comenzó a trabajar en el sector forestal, ya se hablaba de que la Argentina tenía condiciones para alcanzar unas 5 millones de hectáreas implantadas. Un cuarto de siglo después, la superficie continúa prácticamente clavada en alrededor de 1,3 millón de hectáreas.

-¿Y por qué debería ser importante para nosotros la forestación?- preguntó Bichos de Campo en una entrevista con el directivo.

-El principal argumento para la lucha contra el cambio climático son los árboles, los bosques implantados, porque son los que fuertemente están creciendo y capturan el dióxido de carbono- afirmó.

Luego explicó que implantar árboles también permite aliviar la presión sobre el bosque nativo, que cumple otra función indispensable. Las áreas protegidas, indicó, “tienen un aporte muy importante en materia de conservación de biodiversidad, aunque aporta poco en materia de captura de dióxido, porque al ser un bosque maduro, está casi en equilibrio. En cambio, el bosque implantado, al ser un bosque que está creciendo, es el que fuertemente captura el dióxido de carbono”.

“No es uno u otro”, enfatizó. Y puso como ejemplo a la propia Arauco, que posee unas 260.000 hectáreas en la Argentina, de las cuales aproximadamente 230.000 están en Misiones, con la mitad de ese patrimonio que corresponde a reservas naturales.

Para el dirigente, la actividad productiva aporta la base económica que hace posible conservar el bosque antivo: “La conservación sin la pata económica se hace muy difícil. ¿Quién lo sostiene? La complementación es lo que da riqueza a todo esto”.

Pero las ventajas que Ruival encuentra en la forestoindustria no terminan en el árbol. “Todos los productos derivados de esta industria son biodegradables, reciclables o reutilizables. No hay  otra industria que pueda decirlo”, sostuvo.

La celulosa, por ejemplo, tiene usos que exceden largamente al papel tradicional: está presente en productos de higiene, pañales, materiales para la construcción, filtros, textiles y una variedad creciente de productos. A eso se sumó el fuerte incremento de la demanda de embalajes provocado por el comercio electrónico.

Además, destacó la capacidad de agregar valor de la industria. Según ejemplificó, un rollo de madera que puede valer unos 25 dólares por tonelada puede convertirse, mediante su industrialización como celulosa, en un producto de 800, 900 o hasta 1.000 dólares por tonelada.

Entonces surge inevitablemente una pregunta: si hay materia prima, crecimiento forestal, tecnología, posibilidades de agregar valor y mercado, ¿por qué la Argentina lleva décadas sin despegar?

La respuesta de Ruival fue contundente: “Le hemos puesto a los argentinos, a lo largo de los años, incertidumbre jurídica, incertidumbre económica, restricciones legales, carga impositiva”, enumeró. Toda esa carga es la que mantiene desde hace tiempo a la forestación en un estado de latencia.

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El presidente de AFOA entre los impuestos cuestionó especialmente Ingresos Brutos, que es cobrado por las provincias: “No nos damos cuenta de lo distorsivo y regresivo que es un impuesto como Ingresos Brutos”, exclamó.

También puso el foco sobre la Ley de Tierras, que limita las inversiones de extranjeros y que acaba de ser discutida, sin éxito, en el Congreso. El gobierno de Javier Milei pretendía eliminar o al menos ampliar los límites a la compra de tierras en el país por parte de capitales de otros orígenes. Pero la discusión no prosperó.

AFOA había sido unos de las entidades empresarias que más activamente apoyó ese debate. El argumento es que una planta de celulosa requiere inversiones multimillonarias, inmovilizadas durante décadas y asociadas necesariamente a una disponibilidad segura de materia prima.

“Hoy, por ejemplo, Arauco está invirtiendo en Brasil en una planta de celulosa 5 mil millones de dólares. Básicamente todos esos son fierros adheridos al suelo. No te los podés levantar como una fábrica de zapatillas y llevártelos a otro lado”, explicó.

Para realizar semejante inversión, añadió, una compañía necesita disponer de una superficie forestal que le garantice al menos una parte importante de su abastecimiento. Por eso sostuvo que “la Ley de Tierras restringe fuertemente ese tipo de inversiones”.

“La Ley de Tierras puede tener pros, contras y demás, pero a la forestoindustria le pone una restricción muy fuerte para recibir inversiones de escala mundial”, afirmó.

Pese a ese diagnóstico, Ruival considera que el potencial argentino sigue estando disponible. “Argentina tiene enorme cantidad de tierras de aptitud forestal, con tasas de crecimiento que no tienen otros países, disponibilidad de agua y recursos humanos de primer nivel”, enumeró.

El problema es transformar esas ventajas naturales en competitividad. Para eso, dijo, todavía es necesario “bajar los costos argentinos” y especialmente reducir el costo logístico, que tiene un peso decisivo para una actividad que transporta productos de gran volumen.

Ruival aseguró que actualmente existe un trabajo conjunto entre empresas y los gobiernos nacional y provinciales para remover algunos de esos obstáculos, aunque reconoció que los cambios no avanzan con la velocidad que pretende el sector.

Sin embargo, mantiene la expectativa de que finalmente llegue a la Argentina una nueva inversión industrial de gran escala. “Yo personalmente creo en eso y lo espero de corazón, porque además una planta de celulosa es un motor, una base a partir de la cual se generan un montón de otras industrias anexas”, afirmó.

En el seminario de AFOA se presentaron una serie de iniciativas de inversión de gran escala, que esperan que se generen las condiciones necesarias. Si fuera así, finalmente Ruival cree que “se pone en marcha el círculo virtuoso. Yo creo en eso”.

El desafío es que esta vez no haya que esperar otros 25 años.