
“Me he dado cuenta de que los niveles de emoción a los que llego en un partido no me los transmite absolutamente nada más en la vida”. Así se presenta Pablo Laíño, vicepresidente del Ourense CF con solo 21 años. El club gallego, que milita en Segunda Federación después de que la pasada descendiera, hoy es la máxima prioridad de un joven al que en determinadas circunstancias está dispuesto a asumir pérdidas si eso ayuda a que el equipo crezca. “Se ha convertido en un hijo para mí”, confiesa en conversación con Infobae.
No nació en Ourense, aunque buena parte de sus raíces están allí. Laíño nació en A Coruña y con un año de edad su familia se trasladó a la ciudad que hoy dirige. A los cinco se marchó a Colombia, donde vivió 10 años y a los 15, en plena pandemia y con su abuela enferma, decidió regresar a Galicia. Allí, sin amigos y con muchas horas por delante, comenzó una etapa que él mismo recuerda como “bastante friki”: se refugió en los videojuegos. Pero lo que empezó como entretenimiento acabaría convirtiéndose en su primera escuela empresarial. Tres años después, es uno de los directivos más jóvenes de un club de fútbol.
“Antes de la pandemia era muy friki. Jugaba mucho a GTA, Role Play, Minecraft, este estilo de cosas”, cuenta. Sin embargo, no se limitaba solo a jugar. Creaba servidores, reunía comunidades y vendía elementos dentro de ellos: un coche podía costar 15 o 20 euros a través de PayPal. “Nos iba bastante bien para ser unos chavales y supimos sobre todo muy bien hacer la estrategia de publicidad”, recuerda. Llegó a tener 3.000 en Discord y entendió que aquella red de contactos tenía valor. “Me conozco con toda la gente que juega a esto de España, voy a montar yo mi servidor”, pensó. Funcionó. “Quizás esos fueron mis primeros ingresos en la vida”, apunta. Después llegaron otros proyectos en Senegal y Guinea, ambos con el aval de su familia. A los 18 años, dichos negocios ya eran rentables.

Un préstamo que lo convirtió en vicepresidente
La relación con el Ourense venía de antes. Laíño había vivido allí, sus abuelos eran orensanos y el club había acompañado de cerca sus primeros proyectos en África. Por eso, cuando la entidad atravesó dificultades económicas y necesitó capital para seguir funcionando, él no dudó. Puso el dinero de su bolsillo y buscó el resto entre los inversores de su red de contactos. “Mucha gente está esperando el tiro perfecto y nunca dispara en la vida. Yo siempre he sido de disparar a todo”, confiesa.
Sin embargo, el club no pudo devolver el préstamo a tiempo, así que aquella deuda se transformó en una ampliación de capital, como recogían las condiciones del acuerdo. Su grupo inversor terminó con en torno a un 40% de la propiedad y, en aquel momento, hasta le ofrecieron la presidencia. La rechazó. “Yo estaba viviendo entre Dubái y Ourense y siento que verdaderamente la presidencia sí que tiene que ser un tipo que asuma la realidad del día a día”, explica a este diario.
Prefirió estar un escalón más abajo y concentrarse en la expansión internacional del club. También participa en la gestión económica, mientras que Camilo, socio e hijo del fundador, tiene mayor peso en la administración del día a día. “Yo creo que yo soy mejor a la hora de generar relaciones fuera, de mover la imagen del club”, subraya.

50 viajes entre Madrid y Dubái en un año
Esa manera de repartirse las tareas no le ha librado de las responsabilidades que la vicepresidencia implica. Solo en 2025, Laíño hizo el trayecto Dubái-Madrid 50 veces: 25 idas y vueltas. En algunos momentos se queda en Ourense uno o dos meses. Una rutina poco habitual para alguien que apenas había cumplido la mayoría de edad cuando entró en el club.
Llegar con 18 años a un vestuario con futbolistas mucho mayores no fue sencillo. Laíño reconoce que algunos jugadores entendieron rápido lo que podía aportar; otros tuvieron más dificultades para asumir su autoridad. “Hay futbolistas que no son capaces”, admite. No lo considera una falta de respeto, sino de credibilidad. Al principio, dice, se le respetaba menos. Con el tiempo, ha conseguido que eso cambie. “Ya no es lo mismo tener 18 que 21. Aunque siga siendo un niño, ya a día de hoy la situación ha cambiado más”.
Y en esa madurez también admite fallos, sobre todo en el primer año. “La gente comete errores y también se te juzga por esos errores”, subraya. Así, esta misma temporada, el club ha reforzado su papel en la parcela económica incorporando a una persona encargada específicamente de las cuentas.

Un proyecto de scouting en Latinoamérica: “Hay que dispararle a todo”
Mientras tanto, el Ourense está construyendo una academia fuera para conseguir más y mejores jugadores. El club prepara, junto a varios influencers, un proyecto de captación a través de redes sociales: formar equipos con futbolistas detectados en vídeos, organizar un torneo y ofrecer pruebas en Ourense a quienes normalmente quedan fuera de los grandes circuitos de cantera. “Al final, nosotros somos un club pequeño y la gente de las grandes canteras la suelen abarcar los clubes grandes”, explica. Muchos de los interesados, apunta, proceden de Latinoamérica. “Uno nunca sabe dónde va a encontrar talento”.
Esa ambición convive con una idea que repite a menudo: la de que un club modesto también puede jugar con las herramientas del entretenimiento para hacerse un hueco. “Me encantaría hacer del Ourense un reality show”, confiesa, convencido de que ese tipo de formatos pueden acercar al club a un público que hoy no lo sigue. La razón, explica, tiene que ver con cómo consume fútbol la generación más joven: “Los niños no aguantan 90 minutos viendo un partido de fútbol”, apunta, y ahí es donde cree que el entretenimiento puede tender un puente hacia la afición del futuro.

El objetivo: Primera Federación y, después, el fútbol profesional
Cuando se le pregunta por la visión a futuro, Laíño es ambicioso a la vez que prudente. “Yo creo que en cinco años estaremos ya estabilizados en Primera Federación”, afirma. El siguiente paso, ya en un horizonte de siete, ocho o 10 años, sería el fútbol profesional, para lo que considera necesario construir una infraestructura que sostenga esa categoría. “Con llegar a Segunda División ya diría que mi objetivo estaría logrado”, sentencia.
Sin embargo, aún queda camino por recorrer. Laíño es consciente de que, contada así, su historia suena más a guion que a biografía. “Me llaman bastante Chava Iglesias”, reconoce entre risas, en referencia al protagonista de una serie de Netflix, un joven mexicano que hereda el club de fútbol de su padre y pierde la cabeza. También le comparan con “el pequeño Nicolás”, al que dice conocer personalmente. Apodos aparte, sigue centrado en lo mismo que le trajo hasta aquí: seguir disparando y llevar a su club a lo más alto.




