El mercurio en el pescado varía según la especie, el tamaño, la edad y la posición en la cadena alimentaria (Imagen Ilustrativa Infobae)

El pescado mantiene una posición privilegiada en las recomendaciones de nutrición por su elevado aporte de proteínas de alta calidad, minerales esenciales y ácidos grasos omega-3. Sin embargo, este valor nutricional convive de forma permanente con la inquietud pública sobre la presencia de mercurio en distintas especies marinas.

De acuerdo con la Escuela de Salud Pública de Harvard, la respuesta de la comunidad médica no radica en suprimir este alimento de la dieta cotidiana, sino en comprender los mecanismos de contaminación acuática para diferenciar los ejemplares de consumo seguro de aquellos que exigen moderación estricta.

El consumo de pescado sigue siendo compatible con una dieta saludable si se eligen especies con menor contenido de mercurio (Imagen Ilustrativa Infobae)

El ciclo marino y la acumulación del metal

El mercurio se incorpora a los océanos, ríos y lagos mediante procesos geológicos naturales, como las erupciones volcánicas, y a través de la actividad industrial humana. Una vez presente en los ecosistemas acuáticos, diversas bacterias transforman este elemento químico en metilmercurio, una variante orgánica altamente tóxica que resulta fácilmente absorbible por los organismos vivos.

Este compuesto inicia su recorrido en el plancton y en los invertebrados marinos más pequeños. A medida que estos seres son consumidos por peces de menor tamaño, el metal se transfiere y se fija en los tejidos musculares. Este fenómeno, denominado bioacumulación, se intensifica a lo largo de la cadena alimentaria marina. Por este motivo, los peces depredadores de gran tamaño, que se alimentan de múltiples especies a lo largo de vidas prolongadas, terminan registrando las concentraciones más elevadas de este elemento.

Factores como el área geográfica, la temperatura del agua y la alteración de los hábitats marinos también influyen en los niveles finales detectados en cada ejemplar.

Impacto neurológico y grupos de mayor vulnerabilidad

La principal preocupación en materia de salud pública reside en la capacidad del metilmercurio para atravesar las barreras biológicas protectoras del cuerpo humano, entre ellas la barrera hematoencefálica y la placenta. Una vez en el torrente sanguíneo, este compuesto presenta una afinidad particular por el sistema nervioso central en desarrollo, lo que incrementa los riesgos durante la gestación y los primeros años de vida.

El metilmercurio se acumula en peces grandes, depredadores y longevos por un proceso de bioacumulación en mares, ríos y lagos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), en las mujeres embarazadas, en período de lactancia o que planifican un embarazo, la exposición a dosis elevadas de este metal puede interferir con la formación del cerebro fetal. La evidencia médica vincula este fenómeno con posibles alteraciones en las capacidades cognitivas, el lenguaje y las habilidades motoras de la infancia. Del mismo modo, el organismo de los niños pequeños metaboliza con menor eficiencia este contaminante, razón por la cual las pautas pediátricas imponen restricciones más severas.

En el caso de los adultos sanos, el cuerpo posee mecanismos para eliminar pequeñas cantidades de metilmercurio de manera gradual. No obstante, un consumo frecuente y desmedido de especies con alto contenido de este metal puede sobrepasar la capacidad de depuración orgánica.

Esta acumulación paulatina se asocia con síntomas neurológicos que incluyen hormigueo en las extremidades, pérdida de coordinación motora, debilidad muscular, alteraciones en la memoria y cambios progresivos en el estado de ánimo.

Al respecto, un análisis científico global sobre metales pesados en alimentos acuáticos publicado en Environment International concluyó que los beneficios nutricionales de los ácidos grasos omega-3 superan ampliamente los riesgos químicos, siempre que se reduzca la ingesta de las especies clasificadas en los rangos de mayor acumulación.

Selección de especies según la carga contaminante

Para orientar las compras en el mercado, las agencias de seguridad alimentaria clasifican los productos pesqueros en función de su balance entre nutrientes y contaminantes. La regla general indica que las especies más pequeñas y situadas en los eslabones inferiores de la cadena alimentaria ofrecen el perfil más seguro para la salud.

Según la Clínica Cleveland, entre las opciones recomendadas por su bajo contenido de mercurio figuran el salmón, la sardina, el abadejo, la merluza, el bacalao, la trucha, el arenque, la boquerón y la tilapia. Estos ejemplares combinan una presencia mínima del contaminante con un aporte sobresaliente de ácidos grasos esenciales como el ácido eicosapentaenoico y el docosahexaenoico, indispensables para la protección cardiovascular y la salud cerebral.

Las recomendaciones sugieren variar el consumo de pescado y priorizar salmón, sardinas, trucha, bacalao y otras especies con menor carga de mercurio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por el contrario, la nómina de especies que conviene evitar o consumir de forma muy esporádica está integrada por los grandes depredadores oceánicos. Entre ellos se destacan el pez espada, el tiburón, la caballa real, el marlín, el reloj anaranjado y el pez azulejo.

El atún representa un escenario particular, ya que sus variedades presentan diferencias marcadas: mientras que el atún claro enlatado contiene niveles moderados que permiten un consumo controlado, las variedades de gran tamaño como el atún rojo o el atún albacora acumulan concentraciones superiores que obligan a restringir la ingesta semanal.

El atún mostró niveles más altos de mercurio en un estudio, mientras que el salmón, la merluza y el abadejo registraron valores más bajos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Guía práctica de consumo y porciones recomendadas

La meta de una alimentación equilibrada consiste en aprovechar las virtudes del pescado reduciendo al mínimo el riesgo químico. De acuerdo con las pautas conjuntas de la FDA y la Clínica Cleveland, los adultos sanos pueden consumir entre dos y tres porciones semanales de 113 gramos de especies con bajo perfil de contaminación. Esta cantidad asegura la cuota adecuada de omega-3 sin sobrepasar los umbrales de seguridad fijados por los organismos sanitarios.

En el grupo de mujeres embarazadas o en período de lactancia, la recomendación estipula seleccionar entre dos y tres porciones a la semana pertenecientes de manera exclusiva al listado de pescados seguros. En la población infantil, la porción debe adaptarse a la edad del menor, variando desde 28 gramos en niños de uno a tres años hasta 85 gramos en menores de 10 años.

Asimismo, los nutricionistas sugieren diversificar las compras en lugar de concentrar el consumo en una sola variedad. Alternar pescados blancos y azules de pequeño tamaño no solo distribuye la ingesta de nutrientes, sino que evita la acumulación repetida de contaminantes asociados a una única procedencia.

Preparar el pescado a la plancha, al horno o al vapor preserva sus propiedades nutricionales y consolida una pauta alimentaria saludable y sostenible a largo plazo.