
Olvidarse de cosas y perder memoria con los años parece una certeza de la que nadie escapa. Sin embargo, lo que la ciencia acaba de revelar es que ese proceso no es igual para todos: aunque el cerebro pierda tejido al mismo ritmo, no todas las personas experimentan las mismas consecuencias sobre su pensamiento o su lenguaje.
Un estudio del Instituto de Neuroimagen e Informática Mark and Mary Stevens (Stevens INI) de la Escuela de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California (USC) encontró una pista que puede explicar esa diferencia: la salud de un delgado entramado de fibras nerviosas que conecta zonas vecinas del cerebro podría amortiguar el deterioro cognitivo incluso cuando la pérdida de tejido ya está en marcha.
Para entender el hallazgo, conviene tener presente que el cerebro tiene, entre otros tejidos, dos protagonistas en el estudio del envejecimiento: uno es la materia gris, que contiene las células encargadas de procesar información; el otro es la materia blanca, formada por fibras que conectan distintas regiones entre sí. Durante décadas, la ciencia midió el riesgo de deterioro mental casi exclusivamente por la pérdida de materia gris.

Lo que la nueva investigación propone es que existe una capa de esa materia blanca, llamada materia blanca superficial, ubicada justo debajo de la corteza cerebral y cuya misión es unir áreas próximas entre sí.
Ese tejido, hasta ahora relegado en los estudios de envejecimiento, también incide en cuánto resiente la mente el paso del tiempo. El trabajo, publicado en la revista Alzheimer’s & Dementia: The Journal of the Alzheimer’s Association, es uno de los primeros en examinar esa capa de tejido en una población comunitaria de un país de ingresos bajos y medios, según sus autores.
Para llegar a esas conclusiones, el equipo analizó imágenes cerebrales y evaluaciones cognitivas de 459 adultos de 60 años o más que viven en comunidades de India. El hallazgo central es que la materia blanca superficial puede actuar como un amortiguador: cuando ese cableado local está en buen estado, el cerebro parece sostenerse mejor frente a la pérdida de materia gris. No alcanza, entonces, con saber cuánto tejido gris se conserva; también importa la salud de las fibras que lo conectan con las zonas vecinas.
La materia blanca superficial como posible factor de resiliencia

Para evaluar la materia blanca superficial, el equipo del Stevens INI utilizó una variante avanzada de resonancia magnética de difusión, una técnica que mide cómo se desplaza el agua a través del tejido cerebral y permite inferir su estado microscópico sin necesidad de intervención quirúrgica. El análisis se centró en dos parámetros.
El primero fue la densidad de neuritas, que son las pequeñas prolongaciones de las células nerviosas a través de las cuales estas envían y reciben señales. El segundo fue la cantidad de agua que se mueve libremente alrededor de esas prolongaciones.
Cuando la densidad de neuritas disminuye o el agua libre aumenta, puede ser señal de daño en la mielina, la capa protectora que recubre las fibras nerviosas y facilita la transmisión de señales, o bien de inflamación del tejido, según se indica en el comunicado de prensa.
Dicho de otro modo, cuando la densidad de neuritas es alta, el tejido está sano y el cerebro rinde mejor; cuando baja, o cuando el agua libre a su alrededor aumenta, el rendimiento cognitivo se resiente.

Los participantes también completaron pruebas de lenguaje, memoria, función ejecutiva, que es la capacidad de planificar, tomar decisiones y resolver problemas, y habilidad visuoespacial, referida a la destreza para orientarse y comprender las relaciones entre objetos en el espacio.
El vínculo más firme que emergió del análisis fue entre una materia blanca superficial más saludable y un mejor desempeño en el lenguaje, con las asociaciones más nítidas en regiones frontotemporales vinculadas al reconocimiento de palabras, la fluidez verbal y la retención de información lingüística.
La pérdida de materia gris se mantuvo como el predictor global más fuerte del rendimiento cognitivo. Esa relación, sin embargo, dependía en parte del estado de la materia blanca superficial: cuando el cableado local mostraba peor integridad, la pérdida de materia gris se asociaba más fuertemente con un deterioro del lenguaje y del rendimiento cognitivo general. Cuando la materia blanca superficial estaba más sana, esas asociaciones se atenuaban.
“La materia gris y la materia blanca superficial son físicamente cercanas y pueden cumplir roles distintos: la materia gris procesa información, mientras que la materia blanca superficial ayuda a que las regiones cerebrales próximas se comuniquen”, afirmó Yingxu Liu, investigador posdoctoral del Stevens INI y primer autor del estudio.

“Nuestros hallazgos sugieren que la salud cognitiva no depende solo de la materia gris, sino también del estado del cableado que la conecta”, añadió, según el comunicado de prensa.
Una muestra que amplía la mirada sobre el envejecimiento global
Los datos del estudio provienen de la Evaluación Diagnóstica Armonizada de Demencia para el Estudio Longitudinal del Envejecimiento en India, conocida como LASI-DAD. La relevancia de esa fuente radica sobre todo en su composición: más de la mitad de la muestra ampliada del LASI-DAD tiene escasa alfabetización y alrededor del 60% vive en comunidades rurales, grupos que rara vez aparecen en investigaciones de neuroimagen.
Esa composición permite cuestionar si los modelos de envejecimiento cerebral desarrollados mayormente en países de altos ingresos reflejan la diversidad real del mundo. La asociación entre materia blanca superficial y lenguaje fue más pronunciada entre quienes no sabían leer, carecían de educación formal o vivían en zonas rurales.
El estudio aclara que esas condiciones sociales no demuestran ser la causa directa de los cambios cerebrales observados; lo que los datos señalan es la manera en que las experiencias sociales, educativas, sanitarias y ambientales acumuladas a lo largo de la vida pueden entrelazarse con el envejecimiento del cerebro.

“Los hallazgos apuntan a la materia blanca superficial como una posible fuente de resiliencia”, señaló Leon Aksman, profesor asistente de investigación en neurología del Stevens INI y autor principal del estudio, según el comunicado de prensa.
“Dos personas con un grado similar de pérdida de materia gris pueden no experimentar los mismos efectos cognitivos si las conexiones locales que rodean esa materia gris presentan distinto estado de salud. Seguir a los participantes a lo largo del tiempo será fundamental para comprobar si preservar esas conexiones puede ayudar a mantener la cognición”, añadió.
Qué falta saber y hacia dónde va la investigación
Dado que el estudio registró un único punto en el tiempo, los investigadores no pueden determinar si los cambios en la materia blanca superficial preceden a la pérdida de materia gris o al declive cognitivo, o si sucede a la inversa. Esa limitación define el rumbo de los pasos siguientes: estudios de largo plazo que sigan a las mismas personas durante años, para observar cómo evolucionan ambos tejidos en paralelo y qué otros factores, entre ellos la salud vascular, la inflamación y las proteínas asociadas al alzhéimer, contribuyen a esa dinámica.
Arthur W. Toga, director del Stevens INI y profesor de la USC, subrayó la dimensión más amplia del trabajo. “Una comprensión más completa del envejecimiento cerebral requiere investigaciones que reflejen la diversidad social, cultural y geográfica del mundo”. “Al estudiar una población poco representada y mirar más allá de la materia gris, este trabajo nos acerca a identificar los factores biológicos y sociales que pueden proteger la cognición a lo largo de la vida”, concluyó, según el comunicado de prensa.



