Buenos Aires, 8 septiembre (NA) — La crisis de la Unión Cívica Radical (UCR), la Coalición Cívica (CC) y el Partido Socialista (PS) es palpable. Se expresa en la falta de competitividad en las últimas elecciones, la poca representación en el Congreso nacional y en la fuga de cuadros, una monera corriente para todas las fuerzas que supieron compartir paraguas hasta 2013 y con buena performance en el comicio nacional de 2013: el Frente Amplio UNEN. El caso del radicalismo es paradigmático. Luego de ser parte de la constitución de Cambiemos en 2015, la alianza que permitió que Mauricio Macri sea presidente, la fuerza ingresó en un tobogán que la llevó a perder representatividad en el Parlamento, como muestra la foto de las dos cámaras a partir del 10 de diciembre de 2025. El bloque oficial muestra a solo 6 diputados nacionales, lejos de los 14 con los que contaba previamente y a gran distancia de las cifras que supo cosechar. En el Senado conserva solo 10 miembros, que están bajo la conducción de Eduardo Vischi. Para la analista política y docente universitaria Eugenia Soler la crisis del partido centenarioes producto de diversos factores. “Por un lado, la polarización creciente del escenario político, que tiende a licuar las opciones de centro y favorece la migración del electorado hacia espacios con posicionamientos más definidos y radicalizados. A esto se suma una pérdida de identidad propia, producto también de una interna en la que conviven posiciones ideológicas cada vez más divergentes y difíciles de sintetizar en un proyecto común”, planteó en diálogo con Agencia Noticias Argentinas. Y señaló: “por otro lado, la UCR ha ido perdiendo progresivamente la ocupación del polo antiperonista que históricamente le permitió constituirse como principal alternativa al peronismo. Este proceso, que se vuelve particularmente visible a partir de 2001, se profundizó con la aparición y consolidación de nuevas fuerzas y liderazgos como el PRO y actualmente LLA que fueron disputando ese espacio. En este contexto, el radicalismo conserva estructura territorial y presencia institucional, pero pierde centralidad electoral y dificultades para construir una identidad y una propuesta nacional claramente diferenciadas”. Para el partido que todavía tiene la figura de Elisa Carrió (ex candidata a presidente 2003, 2007 y 2011) como centro de gravedad, el trance que atraviesa tuvo un punto de inicio: 2022. Como marca una fuente interna de la CC ante NA, la líder apostó fichas ese año en el respaldo de la candidatura a jefe de Gobierno de la Ciudad del por entonces ministro de Salud Fernán Quirós, apoyado por Horacio Rodríguez Larreta, quien soñaba con alcanzar la presidencia en 2023. “Apoyamos a un candidato de otro espacio que estaba atado a la determinación de su jefe político cuando teníamos a Paula Oliveto con intenciones de ser la postulante. Y encima se jugó fuerte en la interna contra Jorge Macri. Cuando Quirós se bajó, previsiblemente, para las autoridades del partido de la Ciudad no quedó otra que cerrar con Macri, a quien ya se lo criticaba duramente. Y prácticamente no nos dejó lugares”, completó esta voz. Muchas miradas se concentran en el ex legislador y actual presidente del partido porteño Claudio Cingolani, a quien acusan de no escuchar a la militancia y de construir entendimientos que conspiraron contra las chances electorales del espacio, alejados de las banderas históricas. Aunque también reconocen que toda decisión se basa exclusivamente en “los caprichos” de Carrió. A este panorama, se añade que en 2025 decidieron competir en soledad en vez de edificar pactos con otros partidos con ideas similares, como la UCR de Martín Losteau, la fuerza de Larreta o Confianza Púbica de Graciela Ocaña. Para esta voz del lilismo, el rumbo fue ejecutado exclusivamente por la ex diputada nacional y además que “tiene un problema personal con Lousteau y no quiso negociar”. Y los resultados fueron negativos tanto en la elección nacional como en la Ciudad de Buenos Aires, con cifras que arañaron el 2% de los sufragios. En Diputados, solo tiene 2 miembros que con mandato hasta 2027 y en la Legislatura 1 solo. El Socialismo también padece un retroceso importante tras tener la gobernación de la provincia de Santa Fe con la conducción de Hermes Binner y Miguel Lifschitz hasta 2019, si bien hoy posee lugares gracias al pacto que enhebró con la UCR local de Maximiliano Pullaro. De hecho, Binner fue candidato a presidente en 2011, con un segundo puesto detrás de Cristina Kirchner y su 54%. Hoy, intenta construir movimientos para volver a contar con más representantes en el Parlamento ya que cuenta con Esteban Paulón como máximo y principal exponente. Desde FEED Consultora, ante la pregunta de NA, resaltan que el análisis sobre lo que sucedió con todas las fuerzas contiene divergentes aristas. “Creemos que la crisis de estos partidos es la fase actual de un proceso largo de desgaste dentro de un clima de época: son partidos construidos como estructuras de mediación programática e identitaria en un sistema que hoy premia exactamente lo contrario. Desde 2001 el radicalismo dejó de tener proyecto nacional propio y pasó a existir como socio menor de coaliciones ajenas -la Alianza, Cambiemos-, lo que le permitió conservar territorialidad al precio de vaciar su identidad: cuando el electorado antiperonista encontró entre 2023 y 2025 una oferta más nítida, no tuvo razones para seguir votando al intermediario”, evaluaron. Hay otro punto clave para el conjunto de profesionales: octubre de 2025. “La UCR bajó de 14 a 6 diputados, el bloque más chico de su historia, con dirigentes migrando a LLA o al PRO y su propio presidente partidario compitiendo bajo otro sello; la Coalición Cívica quedó en 1,83% en la Ciudad, su distrito fundacional; el socialismo sobrevive como fuerza de gobierno en Santa Fe pero integrado a un frente conducido por otros, sin proyección nacional desde el binnerismo. Lo significativo para pensar la escena política nacional, creemos, no es tanto el rendimiento electoral sino el tipo de representación que ofrecen: un gradualismo institucional ilegible en un escenario polarizado, nacionalizado y personalista, donde el voto se estructura por identidades afectivas antes que por trayectorias partidarias”. Y completaron su mirada con las siguientes palabras: “puede pensarse que el votante moderado no desapareció -Sanz habló de una mayoría huérfana-, pero dejó de encontrar en esos sellos un vehículo con consecuencias prácticas. El achicamiento, entonces, nos habla menos de una derrota que del agotamiento de una forma de hacer política —el partido como gran institución del siglo XX— frente a maquinarias de armado dinámico y liderazgo directo y claro sobre el electorado”. Agencia NA