Patrick Zubczuk, arquero de Deportivo Garcilaso con pasado en Universitario de Deportes, reconoció que disputar y ganar un partido en el estadio Alejandro Villanueva tiene un sabor particular. No solo por la historia que lo une al club crema, sino porque el calor de una tribuna adversa, lejos de intimidarlo, lo potencia.
“Es bonito, es bonito porque las sensaciones son distintas”, afirmó el guardameta en el programa Mano a Mano. “Creo que hasta se lo toman un poquito personal conmigo y el tema de la hinchada, eso normalmente agranda al jugador. Es un estadio que siempre está lleno, que hacen un espectáculo muy lindo al salir. Más lindo es ganar.”
La declaración resume con precisión lo que siente un futbolista cuando el escenario lo desafía desde las gradas. Para Zubczuk, Matute no es un estadio más.
Vínculos que pesan dentro de la cancha

El conductor del programa Mano a Mano fue directo al plantear la pregunta: ¿hay algo especial en visitar ese recinto, considerando que el pasado del arquero y el de su familia están ligados a Universitario? La respuesta de Zubczuk no tardó, y fue tan honesta como contundente.
“Es bonito, es bonito porque las sensaciones son distintas”, expresó. Y es que el vínculo familiar con la institución de Ate le agrega una capa de significado a cada visita. No se trata únicamente de un partido de fútbol profesional: es un reencuentro con una historia propia, con aficionados que conocen su nombre y que, precisamente por eso, elevan la intensidad del duelo. Esa tensión, que para otros jugadores puede convertirse en un obstáculo, para él funciona como combustible.
La dinámica no es nueva en el deporte de alto rendimiento. Hay futbolistas que prefieren el anonimato de una cancha neutral, donde la presión externa se diluye. Otros, en cambio, crecen cuando el ambiente se vuelve hostil. Zubczuk pertenece con claridad al segundo grupo.
La presión del rival como motor

Cuando el periodista le preguntó si le agrada enfrentar a una hinchada en contra, el arquero no dudó. “Sí, sí, sí. La verdad es que sí me gusta. Siento que me concentra un poco más, saca un poquito lo mejor de mí”, respondió.
Esa capacidad de transformar la adversidad en rendimiento es una de las marcas que distinguen a los porteros de élite. La figura del arquero exige, por naturaleza, una compostura especial: es el único jugador que puede ver todo el campo frente a él, que recibe el impacto emocional de cada remate rival y que, al mismo tiempo, debe mantener la cabeza fría para tomar decisiones en fracciones de segundo.
Para Zubczuk, el ruido de una tribuna que lo abuchea no interrumpe ese proceso mental: lo afina. La hostilidad del público contrario actúa como un mecanismo de enfoque, una señal que su cerebro traduce en alerta máxima. El resultado, según sus propias palabras, es una versión más concentrada y competitiva de sí mismo. “Como saca un poquito lo mejor de mí”, sentenció
Ese tipo de perfil —el jugador que rinde mejor bajo presión externa— suele forjarse en experiencias acumuladas, en partidos jugados con el agua al cuello, en estadios donde cada error se paga caro frente a miles de personas que esperan exactamente eso.
Un triunfo que tiene otro peso

Ganar en Matute, entonces, no equivale a sumar tres puntos en cualquier cancha. Para el arquero, la victoria en ese estadio lleva consigo una densidad emocional que no se replica en otros escenarios. El espectáculo previo al pitazo inicial —las bengalas, los cánticos, el mosaico de la tribuna— convierte el partido en algo más cercano a un ritual que a un trámite deportivo.
“Es un estadio que siempre está lleno, que hacen un espectáculo muy lindo al salir”, subrayó. Y luego, con una sencillez que no necesita adornos: “Más lindo es ganar.”
Esa frase condensa todo. El ambiente puede ser impresionante, la producción de la hinchada puede ser memorable, pero el resultado es lo que transforma la experiencia en algo que vale la pena recordar. Para un arquero que cargó durante años con el peso de un apellido ligado al club local, salir con los tres puntos del Alejandro Villanueva tiene una dimensión que va más allá del marcador.
Zubczuk no lo dice con soberbia ni con provocación. Lo dice con la naturalidad de alguien que conoce bien ese estadio, que entiende lo que significa para quienes lo habitan cada fin de semana, y que aun así —o precisamente por eso— disfruta cuando las cosas salen a su favor entre esas cuatro paredes.