La trampa de la “mejor versión”: por qué cuidarse también puede generar culpa y frustración
Las frases aparecen una y otra vez, por todos lados, invitándonos a buscar, encontrar y construir nuestra mejor versión . En ese afán por llegar, por pertenecer y por sentir que estamos haciendo las cosas bien, armamos una lista e intentamos cumplir cada mandato : levantarse a las 5 de la mañana, co
Las frases aparecen una y otra vez, por todos lados, invitándonos a buscar, encontrar y construir nuestra mejor versión. En ese afán por llegar, por pertenecer y por sentir que estamos haciendo las cosas bien, armamos una lista e intentamos cumplir cada mandato: levantarse a las 5 de la mañana, comer más proteínas, caminar 10 mil pasos, tomar suplementos de magnesio, dormir ocho horas, sonreír más, hacer más, vivir más. Y así, casi sin darnos cuenta, aquello que parecía motivación puede transformarse en autoexigencia, agotamiento y culpa.
“Una de las características centrales de nuestra época es que hemos pasado de la promesa de la felicidad al mandato del bienestar. Estar bien es un poco menos exigente que ser plenamente feliz, entonces ese bienestar parece más fácil de conseguir comparado con el viejo anhelo de la felicidad total y, además, tiene la ventaja de que puede medirse”, sostiene Federico Beines, psiquiatra (M.N. 112.474) y escritor, al intentar poner algo de claridad sobre el tema.
“Cuántos pasos hacés para cuidar la salud de tu corazón, cuántas horas dormís para tu sistema nervioso, cuántas calorías reducís para evitar el envejecimiento, y así podríamos seguir contando y midiendo. Pero ¿es realmente ese bienestar tan accesible?”, plantea.
Y agrega: “Se nos abre entonces un escenario nuevo: la optimización de uno mismo. Primero se nos dijo que debíamos ser felices; después, que teníamos que estar bien; y ahora aparece una exigencia más sofisticada: hay que convertirse en la mejor versión de nosotros mismos”.
El problema es que ese proceso de optimización suele no tener fin. Siempre se puede dormir un poco mejor, correr un poco más, comer un poco más sano, tener un cuerpo más fuerte o envejecer un poco más lento. Así, aquel bienestar que inicialmente aparece como una posibilidad para vivir mejor puede convertirse en una tarea más. “Una obligación saludable”, define Beines.
Y como si fuera poco, hasta el ocio se llena de exigencias. Y así, “las vacaciones, un tiempo donde era prioritario descansar, ahora hay que destinarlo a optimizar el bienestar. Muchas agencias de turismo ya están ofreciendo paquetes con entrenamientos saludables, los hoteles incluyen gimnasio, espacio para meditación, clases de danza”, sostiene Beines.
El descanso también puede quedar atrapado en la lógica de hacer, mejorar y aprovechar cada momento. Incluso aquello que debería funcionar como una pausa puede convertirse en otra oportunidad para cumplir objetivos.
Cuando ellas llevan las de perder
La presión por alcanzar una versión ideal de uno mismo también puede generar agotamiento. (Foto: Adobe Stock)
Aunque en muchos ámbitos de la vida las diferencias entre hombres y mujeres se han reducido, cuando se trata del cuerpo y, especialmente, de la búsqueda de la “mejor versión”, las exigencias no son iguales para mujeres que para hombres.
“Histórica y culturalmente, las mujeres hemos tenido exigencias que se transmiten y que podemos ubicar, por ejemplo, en los estereotipos. Y aunque estos se han modificado —en cierta medida en los últimos tiempos—, no es lo mismo lo que se espera de una mujer que de un hombre. A ellas se les pide ser exitosas, muchas veces madres, que se vean estupendas, que no envejezcan y, si lo hacen, que sea con estilo y sin arrugas”, explica Viviana Ramírez Gómez, licenciada en Psicología (M.N. 41.839 / M.P. 61.983).
Los mandatos sobre el cuerpo tampoco se manifiestan de la misma manera. “Durante mucho tiempo, la presión estética estuvo especialmente asociada en las mujeres con la delgadez extrema. En los varones, en cambio, ha cobrado mucha fuerza otro ideal corporal: el cuerpo musculoso y físicamente productivo. Esto puede contribuir a formas diferentes de preocupación por la figura, ejercicio compulsivo o conductas alimentarias rígidas”, explica Beines.
A esto se suma el impacto de las redes sociales. “Las redes sociales vinieron para convertirse en un espacio de referencia, donde se vende un bienestar ideal, la imagen perfecta, una meta a alcanzar: que estemos contentos, con buenos cuerpos, seamos exitosos y tengamos dinero para disfrutar de los placeres de la vida”, agrega Ramírez Gómez.
“Antes una persona podía encontrarse con un modelo corporal en una revista o en una publicidad. Hoy puede recibir durante horas imágenes de cuerpos, dietas, rutinas de entrenamiento, suplementos, técnicas de descanso, consejos de longevidad y discursos sobre productividad corporal. Como si eso fuera poco, el algoritmo aprende qué es lo que nos interesa y nos ofrece más de lo mismo”, aporta Beines.
La autoexigencia puede transformar el deseo de sentirse mejor en una fuente de ansiedad. (Foto: Adobe Stock)
El resultado puede ser una exposición constante a modelos difíciles de alcanzar. Toda esta exigencia, explica Ramírez Gómez, “puede generar frustración cuando no se alcanza el ideal, culpa cuando se siente que no se está haciendo lo suficiente, enojo, ansiedad, agotamiento y sensación de fracaso”.
Sin embargo, la manera en que estas situaciones se manifiestan no es igual para todas las personas. “También se articula con la historia personal de cada uno: los conflictos no resueltos y las problemáticas propias de cada sujeto”, ejemplifica la especialista.
La mejor versión vs. la versión real
En primer lugar, como en casi todos los órdenes de la vida, lo primero para salirse de esta especie de búsqueda sin cuartel. “Identificar que existe ese mandato y reconocer si nos está generando algún malestar. Porque si no ubicamos algo como un posible problema podemos pasar toda la vida respondiendo a mandatos sin siquiera cuestionarlos. Cuando empezamos a ´escuchar´ qué nos pasa frente a estas exigencias, se abre la posibilidad de preguntarnos si queremos seguir por ese camino o empezar a tomar decisiones que vayan en otra dirección”, propone Ramírez Gómez.
“Ser honestos con nosotros mismos, no abandonar el crecimiento, sino cambiar el criterio: pasar de ‘¿estoy alcanzando lo que debería?’ a ‘¿esto que estoy haciendo tiene sentido para mí?’”, propone la especialista. La diferencia parece pequeña, pero implica cambiar el eje: dejar de medir la propia vida únicamente en función de estándares externos para empezar a preguntarse qué es lo que verdaderamente tiene sentido para cada persona.
Por su parte, Beines sostiene que el primer paso suele ser el de reconocer que estos imperativos existen. “Muchos de estos mandatos son eficaces precisamente porque aparecen disfrazados de consejos razonables: dormí mejor, comé sano, movete más, cuidate, aprovechá tu potencial. Son mensajes que no son malos en sí mismos, salvo cuando dejan de ser posibilidades y se convierten en obligaciones”, sostiene.
Y plantea la necesidad de recuperar otras dimensiones del bienestar. “Necesitamos recuperar la dimensión mental y social del bienestar, porque puedo dormir ocho horas y estar igual obsesionado con mi sueño; correr diez kilómetros y no disfrutarlo; alimentarme de manera muy saludable y, a la vez, tener miedo permanente a la comida; controlar todos mis parámetros biológicos y estar completamente desconectado de mis vínculos”, advierte.
Quizás, entonces, el desafío no consista en convertirnos permanentemente en nuestra mejor versión. Tal vez se trate de parar, escucharnos, descansar de tanta exigencia y animarnos a abrazar una versión más real de nosotros mismos.