Estamos viviendo más años de los que la historia humana conoció jamás (Freepik)

Argentina discute, con razón, la caída de la natalidad. La tasa se redujo más de un 40% en la última década, la fecundidad ronda 1,3 hijos por mujer —muy por debajo de los 2,1 necesarios para sostener la población— y las proyecciones indican que hacia 2050 el país podría tener más personas mayores de 65 años que menores de 14.

No solo lo discute Argentina, sino que lo hace América Latina y gran parte del mundo: los Estados Unidos, la Union Europea, China e India, entre otros. El diagnóstico que domina el debate público es casi siempre el mismo: menos manos jóvenes, un sistema previsional en jaque, una sociedad que se achica.

Es un diagnóstico correcto, pero incompleto. Falta la otra mitad de la ecuación, la que rara vez se menciona con el mismo énfasis: estamos viviendo más años de los que la historia humana conoció jamás. No es solo que nazcan menos personas. Es que las que ya nacimos vamos a vivir, en promedio, más que quienes nos han precedido.

Esa mitad silenciosa del fenómeno demográfico es, en realidad, uno de los logros más extraordinarios de nuestra especie. Y sin embargo, la seguimos leyendo casi exclusivamente como un problema de sostenibilidad fiscal, como si el tiempo de vida ganado fuera solo un pasivo a financiar. Detrás de los datos demográficos, de pensiones o de fuerza de trabajo hay personas.

La caída de la natalidad es un fenómeno que preocupa en Argentina y en el mundo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando empecé a formular el concepto de nueva longevidad, hace ya más de una década, la premisa de la que partía era simple pero incómoda para el sentido común instalado: la nueva longevidad no es una manera mejor de envejecer, sino una manera distinta de pensar el tiempo de vida ganado. No se trata de llegar más lejos con el mismo mapa, sino de aceptar que el mapa cambió y que todavía no aprendimos a leerlo.

Ahí aparece una palabra que suele sonar escolar y que, sin embargo, es la que mejor describe lo que nos falta: pedagogía. En un sentido amplio, la pedagogía es un método organizado y reflexivo para ayudar a las personas a aprender; no se limita a transmitir información, sino que busca desarrollar conocimientos, habilidades, valores y actitudes que mejoren la convivencia, la participación en la comunidad y el bienestar de todos. Aplicada a la longevidad, esa idea adquiere una urgencia muy concreta: la pedagogía de la longevidad es el enfoque educativo y formativo que busca preparar a las personas para vivir vidas plenas y posiblemente más largas, promoviendo el aprendizaje a lo largo de todo el curso de vida y abordando, de frente, los desafíos y las oportunidades que trae una sociedad con esperanza de vida creciente.

Y aquí conviene detenerse en un punto que suele pasarse por alto: esta pedagogía no empieza a los sesenta años, ni es un asunto que le compete solo a quienes ya envejecieron. Empieza en la niñez y nadie está enseñando qué significa una vida posiblemente extensa, pero además, en convivencia con múltiples generaciones. No hay currícula que aborde cómo sostener la salud a lo largo de décadas, cómo administrar el dinero y el tiempo cuando la vida activa ya no termina a los sesenta y tantos, cómo construir vínculos y sentido de propósito que atraviesen transiciones múltiples de trabajo, pareja, salud e identidad. Enseñamos historia, matemática, lengua. No enseñamos a habitar el tiempo que el siglo pasado nos regaló.

La vida activa se extiende cada vez más

La pedagogía de la longevidad no se agota en preparar a las personas mayores para las transiciones del envejecimiento. Igual de importante es educar a las generaciones más jóvenes sobre el valor de esos años ganados, fomentar la inclusión intergeneracional, el respeto por las personas sin importar su edad y su integración plena en los distintos ámbitos sociales, laborales y económicos. Una sociedad que envejece sin haber aprendido a convivir con esa transformación tiende a resolverla con edadismo: apartando, subestimando, dando por sentado que la segunda mitad de la vida es una etapa de repliegue. La evidencia dice lo contrario, pero la evidencia sola no cambia una cultura. Eso lo hace la educación, sostenida en el tiempo.

Por eso me parece un error tratar la discusión sobre natalidad y la discusión sobre longevidad como si fueran dos temas separados, o como si solo la primera mereciera política pública urgente. Son la misma conversación sobre el futuro de la sociedad del nuevo siglo. Sabemos por qué nacen menos chicos, hay evidencia de sobra, la síntesis global es: a mayor desarrollo y riqueza, suele haber menos nacimientos. Por ello, necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo para que los años que ya ganamos —los que ya están ahí, incorporados a nuestra biografía colectiva— se vivan con salud, con propósito y con autonomía, y no como una prórroga incierta.

Debemos hacer pedagogía para que los años incorporados a nuestra biografía colectiva se vivan con salud, con propósito y con autonomía, y no como una prórroga incierta (Getty Images)

La pregunta que de verdad importa no es cuántos años más vamos a vivir. Eso, en gran medida, ya está definido. La pregunta es qué vamos a hacer con ellos. Y esa respuesta no se improvisa a los setenta, cuando las decisiones que la condicionan ya se tomaron treinta o cuarenta años antes. Se aprende. Se enseña. Requiere escuela, política pública, medios de comunicación, sistema de salud y familias trabajando en la misma dirección.

El mundo que hoy se pregunta, con razón, cómo revertir la caída de la natalidad, tiene pendiente una pregunta hermana, igual de decisiva: cómo construye, desde ahora, la pedagogía que le permita a sus ciudadanos vivir bien el tiempo que ya ganaron.