
El pingüino emperador, reconocible por su marcha característica, su plumaje en blanco y negro y su costumbre de agruparse para conservar el calor, enfrenta un futuro incierto frente al retroceso del hielo marino en la Antártida. Cientos de miles de estos animales viven en 66 colonias distribuidas a lo largo de las costas heladas del continente, según datos de la NASA.
Para reproducirse, criar sus pichones y mudar el plumaje, dependen de un tipo específico de hielo: el hielo costero fijo, que es el hielo marino adherido a la orilla. A medida que retrocede, las colonias enfrentan temporadas de cría fallidas y una presión creciente sobre su supervivencia a largo plazo.
Dos estudios publicados en 2026 en las revistas Remote Sensing in Ecology and Conservation y Antarctic Science analizaron décadas de imágenes satelitales para comprender mejor la historia y el comportamiento de estas colonias. Las investigaciones, basadas en datos de los satélites Landsat de la NASA y el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), revelan que muchas colonias son más antiguas y más adaptables de lo que los científicos suponían.
Colonias con décadas de historia que la ciencia desconocía

Según el Servicio Antártico Británico, el derretimiento del hielo marino se vincula con el calentamiento del aire y de los océanos por el cambio climático. Ese aumento de temperatura reduce la capacidad del hielo de reflejar la energía solar y expone más superficie oscura del mar, lo que refuerza el calentamiento y acelera la pérdida de hielo.
Investigadores de la Universidad de Friburgo determinaron, a partir del análisis de imágenes Landsat, que 18 colonias de pingüinos emperador existen en promedio 17 años antes de su identificación oficial. Landsat registra imágenes de la Antártida de forma continua desde principios de la década de 1980, lo que lo convierte en uno de los pocos archivos sistemáticos y de largo plazo disponibles para estudiar colonias en lugares tan remotos.
El método que los científicos usan para identificar las colonias desde el espacio se basa en las manchas de guano, que son los excrementos que los animales acumulan sobre el hielo, visibles desde los satélites. Esto es así porque Landsat no tiene resolución suficiente para distinguir pingüinos individuales.
Una de las colonias con mayor historia revisada es la de la isla Smyley, en el mar de Bellingshausen: con alrededor de 6.000 individuos, sus registros ahora se remontan a al menos 1989, dos décadas antes de lo que se sabía. Otras colonias con presencias anteriores a sus fechas de identificación oficiales por 20 años o más incluyen las de Barrier Bay, Brownson, Luitpold Coast, Ragnhild, Smith y Verdi Inlet.

Michelle LaRue, ecóloga de vida silvestre de la Universidad de Canterbury y coautora del estudio publicado en Remote Sensing in Ecology and Conservation, señaló en declaraciones a la NASA que existe “poca información de referencia sobre qué es ‘normal’ para la mayoría de estas colonias”, algo que dificultó históricamente las proyecciones de población futura.
Satélites al servicio de la resiliencia animal
La colonia de isla Smyley acaparó la atención científica en los últimos años porque estuvo entre las más afectadas por el récord histórico de baja cobertura de hielo marino antártico registrado en 2022. Ese año, investigadores del Servicio Antártico Británico reportaron fallas de reproducción “catastróficas” en las colonias del mar de Bellingshausen. Las imágenes satelitales de ese período mostraron a la colonia desplazada hacia un iceberg encallado cerca de la costa.
A pesar de las persistentes condiciones de bajo nivel de hielo desde entonces, la colonia continuó presente en las imágenes satelitales, y en diciembre de 2025 (la observación más reciente disponible) Landsat la volvió a registrar en las inmediaciones del borde de la plataforma de hielo. “Vemos un grado de resiliencia en la colonia de isla Smyley. Parecen estar bien por ahora, y vamos a continuar su seguimiento para saber más sobre su comportamiento”, afirmó LaRue.
La investigadora agregó que una temporada de cría fallida, incluso un fracaso total, no representa el fin de una colonia: las tormentas y los depredadores también pueden provocar años con tasas de supervivencia muy bajas. “El problema comienza cuando vemos fallas de reproducción frecuentes, año tras año, porque los pingüinos no pueden recuperar el número perdido”, advirtió.
Flexibilidad frente al cambio del entorno

El segundo estudio, liderado por Grant Macdonald, científico de teledetección de la Universidad de Durham, analizó casi 40 años de observaciones de Landsat, del sistema ASTER (Advanced Spaceborne Thermal Emission and Reflection Radiometer, un instrumento del satélite Terra de la NASA) y otras fuentes. El trabajo se concentró en tres colonias que atravesaron perturbaciones por desprendimiento de icebergs o rotura anticipada del hielo marino.
Encontraron que las colonias de Mertz y SANAE respondieron a las alteraciones en su entorno con desplazamientos temporales hacia icebergs, bahías o plataformas de hielo cercanas, antes de retornar a sus sitios de cría originales. La colonia SANAE, ubicada en la región de Queen Maud Land, en la Antártida oriental, aparece en imágenes Landsat desde 1984 sobre hielo costero fijo en una bahía resguardada.
Tras un evento de desprendimiento de hielo en 2011 que dejó esa zona expuesta a vientos más intensos, la colonia se trasladó a una grieta de hielo en una bahía a 11 kilómetros al sur. El movimiento fue temporal: una parte del grupo regresó al sitio original en 2016. Ese mismo año (en la temporada 2016-2017) ocurrió algo que los investigadores no preveían: los pingüinos que volvieron treparon a la plataforma de hielo y se reprodujeron allí, incluso con hielo fijo estable disponible.

Una imagen de Landsat muestra el rastro sinuoso de guano que marcó el camino hacia la plataforma. Para 2022, luego de casi una década de desplazamientos y divisiones entre distintos sitios, la colonia entera volvió a su lugar de cría original sobre el hielo costero fijo, donde se reprodujo cada año desde entonces, según informó la NASA.
En la colonia Astrid, sobre la plataforma de hielo Vigridisen, los pingüinos mantuvieron su sitio de cría original incluso después de un gran desprendimiento ocurrido en 2006, posiblemente porque parte del hielo costero se conservó y los icebergs cercanos ofrecieron algo de refugio. Las manchas de guano indican, además, que la colonia pasó tiempo en una plataforma de hielo adyacente al final de la temporada de cría, tanto antes como después del evento.
Macdonald señaló en declaraciones a la NASA que los desplazamientos hacia superficies alternativas (plataformas de hielo, icebergs o grietas glaciares) pueden ser “más comunes y viables de lo que se pensaba antes”, quizás porque algunos sitios ofrecen mejor protección frente al viento. Esta disposición al movimiento podría representar “una adaptación útil” ante el aumento de las temperaturas oceánicas y la pérdida de hielo marino, aunque el investigador advirtió que la flexibilidad conductual por sí sola no necesariamente compensará los efectos de largo plazo de la pérdida continua de hielo.
LaRue cerró su aporte a la NASA con una perspectiva sobre el valor de los satélites para el estudio de estos animales: “Tenemos mucho más que aprender sobre los pingüinos emperador. Estas colonias son tan remotas y difíciles de acceder que los satélites, especialmente los gubernamentales con datos de fácil acceso, serán absolutamente invaluables para entender lo que el futuro les depara”.