
En El Salvador, la juventud constituye hoy un pilar demográfico fundamental: más de la mitad de la población tiene menos de 35 años. Sin embargo, esta alta representatividad se enfrenta a dos grandes realidades.
Por un lado, los jóvenes muestran una elevada participación en la fuerza laboral; por otro, experimentan profundos desequilibrios estructurales que condicionan su capacidad para acceder a empleos dignos y estables.
Según el más reciente “Kit de Cifras” de UNFPA El Salvador (2026), actualmente 2.1 millones de personas tienen entre 15 y 35 años, cifra que representa el 34.2% de la población total.
Este grupo, conocido como la generación de relevo, será determinante en la productividad futura en la medida que el país ingrese en una era de envejecimiento acelerado: para 2032, las personas mayores de 60 años superarán en número a quienes están en su niñez.
Frente a este cambio de composición, la juventud salvadoreña enfrenta el reto de construir trayectorias de vida más prolongadas y diversas. La evidencia muestra que los jóvenes tienen hoy más logros educativos que generaciones previas, aunque persisten profundas brechas entre zonas urbanas y rurales.
En promedio, solo el 2.2% de la juventud de 15 a 35 años no sabe leer ni escribir, pero un 15.9% no ha cursado ningún grado de educación secundaria; además, el 77.6% de jóvenes entre 19 y 35 años no accede a la educación terciaria. Estas exclusiones educativas, acumuladas desde edades tempranas, limitan su inserción en empleos de mayor calidad.

La realidad digital no es ajena a estas desigualdades. Si bien la juventud tiene el mayor acceso a tecnologías clave (computadora, celular e internet), las brechas urbano-rurales siguen siendo marcadas: mientras el 96.5% de jóvenes urbanos accede a internet, en áreas rurales la cifra baja a 90.9%. Pero el desafío va más allá del acceso; solo el 87% de los jóvenes rurales usan internet diariamente, frente al 94.4% en los entornos urbanos.
En el ámbito laboral, los jóvenes salvadoreños exhiben una participación notable. El 63.5% de las personas de 15 a 35 años forma parte de la fuerza de trabajo, representando un 42.1% del total nacional. Sin embargo, esta integración al mercado laboral se da bajo condiciones muy desiguales. Más de una cuarta parte (26.3%) de la juventud de 15 a 19 años ya trabaja, muchas veces por necesidad y no por elección, anticipando su ingreso productivo.
A esto se suma el desempleo por falta de experiencia—el 32% de la juventud sin empleo nunca ha tenido uno—y la alta exposición a trabajos parciales: el 31.6% solo logra empleos de 20 horas semanales o menos. El ingreso promedio de quienes logran empleos de tiempo completo ronda los $457.3 al mes, lejos de las aspiraciones de autonomía y estabilidad.
La desigualdad de género es otro componente estructural: el 38.2% del tiempo de cuidado en los hogares recae en los jóvenes, pero son las mujeres quienes asumen la mayor parte de esta carga, perpetuando barreras para su completa inserción laboral y educativa.

Las trayectorias juveniles se han hecho más complejas: hay quienes estudian y trabajan, quienes solo estudian o trabajan, y una porción preocupante (14.8%) que no estudia ni trabaja pero dedica más de 20 horas semanales al cuidado familiar, situación que limita el desarrollo de sus capacidades y perspectivas futuras.
En conclusión, aunque El Salvador goza aún de un bono demográfico juvenil significativo, el camino hacia la adultez y la inserción laboral de los jóvenes está marcado por desigualdades educativas, territoriales, tecnológicas, laborales y de género.
Hoy, el reto está en invertir en esta juventud diversa y asegurar que su transición aportará a una sociedad más equitativa y próspera antes de que el país entre de lleno a la era del envejecimiento poblacional. La inversión de hoy en la juventud puede ser la garantía de bienestar para los mayores del mañana.




