
En las últimas semanas, el juicio a Lindsay Clancy colocó a la salud mental perinatal en el centro de la conversación pública. Su historia circula por medios de comunicación y redes sociales acompañada de palabras como depresión posparto, psicosis posparto, suicidio, infanticidio, pensamientos intrusivos y problemáticas de salud mental.
Quizás una de las reflexiones más necesarias que este caso nos deja no tenga que ver solamente con preguntarnos qué ocurrió y porqué, sino además observar cómo hablamos de lo que ocurrió.
Porque visibilizar la salud mental perinatal es indispensable. Pero visibilizar no alcanza. Necesitamos también precisión y cuidado para formar e informar con evidencia y sensibilidad.
Cuando conceptos clínicos diferentes se utilizan indistintamente, cuando la psicosis posparto se presenta como una forma extrema de depresión posparto o cuando los pensamientos intrusivos son asociados rápidamente con el riesgo de ejercer violencia, la información que pretendía sensibilizar puede terminar generando confusión, temor y estigma.
Diferenciar también es cuidar
La depresión posparto y psicosis posparto no son términos intercambiables, y la psicosis posparto no debería comunicarse simplemente como una ‘depresión posparto grave’. Su presentación clínica incluye alteraciones en el criterio de realidad —como delirios y alucinaciones—, síntomas afectivos y cognitivos, suele tener un inicio abrupto y la evidencia actual señala una estrecha relación con el espectro bipolar. (Bergink et al., 2026).
Aunque pueden existir síntomas afectivos y presentaciones complejas, la psicosis posparto constituye una emergencia psiquiátrica poco frecuente, con una incidencia estimada de aproximadamente 1 a 2 casos cada 1.000 nacimientos. (Jairaj et al., 2023; Osborne, 2023).

Su inicio suele ser abrupto, habitualmente durante las primeras semanas después del nacimiento, y puede incluir insomnio severo, agitación, confusión, alteraciones marcadas del estado de ánimo, desorganización, delirios, alucinaciones y cambios rápidos o fluctuantes del estado mental.
Una característica particularmente relevante es que su presentación puede no coincidir con la representación social que tenemos de una persona con una descompensación psicótica. Pueden existir momentos de aparente organización alternados con períodos de profunda alteración. Los contenidos delirantes, además, pueden estar relacionados con el bebé, la maternidad, la culpa, la protección, la amenaza o determinadas creencias religiosas.
Reconocer estas particularidades requiere conocimiento específico y diferenciarlas de otras experiencias frecuentes durante el período perinatal también.
Los pensamientos intrusivos de daño, por ejemplo, pueden aparecer en trastornos de ansiedad y especialmente en el trastorno obsesivo-compulsivo perinatal. Son pensamientos, imágenes o impulsos no deseados que generan angustia precisamente porque resultan ajenos a los deseos y valores de quien los experimenta. No son equivalentes a un delirio ni a una alucinación y por tanto su presencia no significa, por sí misma, que una madre quiera dañar a su bebé. (Hudak & Wisner, 2012; Hudepohl et al., 2022).
Esta distinción clínica es también una distinción ética. Una mujer necesita poder hablar de aquello que piensa y siente sin temer que sus palabras sean inmediatamente interpretadas como evidencia de peligrosidad.
La formación especializada importa

El caso Clancy deja además otra pregunta compleja ¿Qué significa realmente tener acceso a atención en salud mental durante el período perinatal?
Sabemos que en este particular caso, existieron consultas, intervenciones profesionales, tratamientos farmacológicos e incluso una internación. Sin embargo, la reconstrucción de su trayectoria asistencial muestra también la complejidad que puede adquirir la búsqueda de ayuda cuando intervienen distintos profesionales y dispositivos.
Tener acceso al sistema no necesariamente significa acceder a atención especializada en salud mental perinatal.
Durante mucho tiempo, gran parte de nuestros esfuerzos de sensibilización se concentraron en transmitir un mensaje fundamental: pedir ayuda.
Necesitamos conservar ese mensaje, pero también ampliarlo. Porque cuando una mujer pide ayuda debe existir del otro lado un sistema capaz de reconocer aquello que está ocurriendo.
La salud mental perinatal requiere competencias específicas. Profesionales de psicología, psiquiatría, obstetricia, medicina familiar, pediatría, enfermería y otras disciplinas que participan del cuidado perinatal necesitan conocer no solamente la prevalencia de los trastornos mentales durante este período, sino también sus formas particulares de presentación, los diagnósticos diferenciales, los factores de riesgo y las señales que requieren una intervención urgente.
Esto resulta especialmente relevante frente a cuadros poco frecuentes pero potencialmente graves como la psicosis posparto y requiere saber qué hacer cuando aparecen. La formación especializada no debería ser un lujo reservado a quienes deciden dedicarse específicamente a este campo.
Conocimientos básicos sobre salud mental perinatal deberían formar parte de las competencias de quienes atienden mujeres y familias durante el embarazo y el posparto.
Psicosis posparto no es sinónimo de violencia

Existe, sin embargo, otro riesgo cuando hablamos de estos cuadros a partir de acontecimientos trágicos: Que terminemos definiendo una enfermedad por su desenlace más extremo.
La psicosis posparto merece ser conocida porque constituye una emergencia de salud mental que necesita reconocimiento y tratamiento específicos y rápidos. Pero asociarla automáticamente con infanticidio reproduce una relación simplificada entre enfermedad mental y violencia.
Los acontecimientos extremos reciben cobertura periodística precisamente porque son excepcionales.
Cuando una de las pocas oportunidades en las que la sociedad escucha hablar de psicosis posparto es después de la muerte de un niño, resulta fácil que quede instalada una asociación: psicosis posparto = madre peligrosa.
Esa asociación no solamente es clínicamente imprecisa. Puede tener consecuencias: puede aumentar el estigma hacia las mujeres que atraviesan enfermedades mentales graves. Puede incrementar el temor de las familias y puede dificultar que una mujer comunique experiencias que ya de por sí pueden resultar aterradoras o incomprensibles.
Hablar de riesgo es necesario porque ocultarlo tampoco protege, pero comunicar riesgo no significa convertirlo en linealidad
Una mujer que atraviesa una psicosis posparto es, antes que nada, una persona atravesando una emergencia de salud que necesita atención inmediata, especializada y compasiva.
Los medios y las redes también construyen salud
La forma en que los medios de comunicación y las redes sociales cuentan estas historias importa. Importan los titulares, las imágenes, las palabras elegidas y también importa qué información se decide dejar afuera.
La comunicación responsable sobre salud mental perinatal debería evitar tanto el sensacionalismo como la simplificación diagnóstica. Debería diferenciar depresión, ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo y psicosis; evitar utilizar estos términos como intercambiables y contextualizar adecuadamente los acontecimientos excepcionales.
También debería recordar algo elemental: detrás de cada diagnóstico hay una persona y una familia.
Las redes sociales agregan otro desafío. La intención de sensibilizar puede conducir a producir mensajes breves, impactantes y fácilmente compartibles. Pero la complejidad clínica no siempre cabe en un post o reel.
Decir que “la depresión posparto puede terminar en psicosis” puede parecer una manera sencilla de alertar sobre la gravedad del sufrimiento materno, pero transmite una idea equivocada.
Decir que “los pensamientos de hacer daño al bebé son una señal de psicosis” puede generar alarma, pero también puede hacer que muchas mujeres con pensamientos intrusivos no se atrevan a contarlos.
Y utilizar un caso de infanticidio como ejemplo paradigmático de un trastorno del ánimo perinatal puede aumentar la visibilidad de un diagnóstico al mismo tiempo que profundiza su estigma, porque comunicar también es intervenir.
Hablar más. Pero también hablar mejor

El caso de Lindsay Clancy seguirá siendo analizado desde múltiples perspectivas: judiciales, de salud mental, familiares, sociales y mediáticas. Sería importante que la conversación que abre este caso no sea solo sobre la psicosis posparto. Quizás pueda servirnos para algo más:
1- Para preguntarnos cuánto sabemos realmente sobre las problemáticas de salud mental asociadas al período perinatal.
2- Para revisar la formación de los profesionales de salud acompañan embarazos y postpartos.
3- Para construir mejores circuitos de detección y atención.
4-Para diferenciar experiencias clínicas que no deberían confundirse.
5- Para exigir mayor responsabilidad cuando la salud mental materna/perinatal se convierte en noticia o contenido para redes sociales.
Durante años hemos trabajado para que la salud mental materna dejará de ser invisible y ese trabajo sigue siendo imprescindible.
Pero la visibilidad trae consigo una nueva responsabilidad: que aquello que hacemos visible no quede reducido a diagnósticos confundidos, información sensacionalista o titulares que producen miedo o estigma.
Porque sensibilizar sobre salud mental perinatal significa además de conseguir que se hable del tema, construir una conversación pública en la que una mujer pueda reconocer lo que le ocurre, una familia pueda identificar cuándo pedir ayuda y un profesional sepa cómo responder oportunamente.
*Licenciada y profesora en psicología María Agustina Capurro, MN 69748 (@psiagustinacapurro). Este artículo fue publicado en Postpartum Support International (PSI)



