Hay un tipo de silencio que preocupa más que cualquier grito: el de un chico o una chica que deja de contar cómo le va, que se corre de la mesa familiar o que empieza a compartir cada vez menos lo que siente con quienes lo rodean. Ese retraimiento, que muchas familias atraviesan sin saber bien cómo nombrarlo, es también una forma silenciosa en la que se expresa un malestar que en Argentina no para de crecer.

Los números, cuando se los mira en conjunto, obligan a detenerse. Según cifras del Observatorio de Política Criminal (OPC), a partir de registros del Sistema Nacional de Información Criminal y del Sistema de Alerta Temprana de Suicidios, la cantidad de muertes por esta causa en el país pasó de 3.304 en 2017 a 5.209 en 2025. La tasa trepó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, el valor más alto de toda la serie relevada.

La mirada de género también resulta ineludible. Un informe de la Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones, elaborado con datos de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS), contabilizó 31.527 muertes por suicidio entre 2009 y 2018. De ese total, 25.324 —el 80,3%— correspondieron a varones.

El especialista remarca la importancia de sostener redes de cuidado entre adolescentes y jóvenes. (Foto: Adobe Stock)
El especialista remarca la importancia de sostener redes de cuidado entre adolescentes y jóvenes. (Foto: Adobe Stock)

Las estadísticas dimensionan el problema, pero no explican por sí solas por qué una persona decide quitarse la vida. Se trata de un fenómeno complejo y multicausal: sería un error trazar relaciones directas entre pobreza, desempleo, consumos problemáticos, género o padecimiento psíquico y el suicidio. Pero también sería un error usar esa misma complejidad como excusa para desentendernos de las condiciones sociales en las que se produce el sufrimiento, sobre todo entre adolescentes y jóvenes.

Una vida nunca es solamente individual

El sociólogo francés Maurice Halbwachs, en su obra “Las causas del suicidio” (1930), planteó una idea que sigue vigente: lo que aparece como una decisión estrictamente individual está entramado con las formas de vida en comunidad, los vínculos y las condiciones concretas de existencia. Un adolescente o un joven puede estar rodeado de gente y, aun así, sentir que ya no pertenece.

La pérdida del trabajo, la precarización y las dificultades para sostener la vida cotidiana afectan mucho más que el bolsillo. Pueden alterar vínculos, lugares de pertenencia y la posibilidad misma de imaginar un futuro. Esto no significa que el desempleo cause estas muertes, sino que las condiciones materiales de existencia no son ajenas a la salud mental.

Jorge Prado, psicólogo, plantea que la prevención empieza mucho antes de la crisis.(Foto: Adobe Stock)
Jorge Prado, psicólogo, plantea que la prevención empieza mucho antes de la crisis.(Foto: Adobe Stock)

El trabajo también ordena tiempos, genera pertenencias y construye relaciones. En la adolescencia, el estudio y las primeras experiencias laborales funcionan como espacios desde donde empezar a imaginar una vida posible. La pregunta que queda flotando es qué pasa cuando ese entramado comunitario existe, pero no hay políticas que sostengan una idea de futuro.

Organizar una radio, un centro de estudiantes o un proyecto barrial construye lazo. Pero el lazo necesita horizonte. Ahí cobra sentido la llamada prevención inespecífica: no arranca únicamente cuando alguien expresa una idea de este tipo, sino que implica construir de antemano condiciones de cuidado, pertenencia y participación. Prevenir también es que haya un adulto disponible para escuchar y que pedir ayuda sea posible.

Leyes, cuidado y derecho a un futuro

La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 aporta una clave central: entiende la salud mental como un proceso atravesado por factores históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos. El padecimiento no puede explicarse solo mirando hacia adentro de una persona; también hay que preguntarse qué pasa a su alrededor.

La Ley Nacional 27.130 de Prevención del Suicidio ubica el problema dentro de la salud pública y propone acciones de asistencia y acompañamiento desde un abordaje interdisciplinario. Leídas juntas, ambas normas habilitan una pregunta incómoda: ¿tiene sentido hablar de prevención entre adolescentes y jóvenes si no se construyen antes condiciones sociales que les permitan imaginar un futuro?

El cuidado también tiene género

Los aportes de la psicóloga Débora Tajer suman otra dimensión: la organización social del cuidado. Quién cuida, cómo se reparten esas tareas y qué responsabilidad les toca a las familias, las instituciones y el Estado son preguntas que no pueden quedar afuera.

Los datos también invitan a preguntarse cómo aprenden los varones jóvenes a cuidarse. Bancársela solo, no llorar o recurrir al alcohol para tramitar el malestar no son rasgos naturales: son mandatos de masculinidad construidos socialmente, y ayudan a pensar otras formas de exposición al riesgo, como los siniestros viales o los consumos problemáticos.

Ahí, la Educación Sexual Integral aporta una herramienta preventiva concreta: permite construir un lenguaje para hablar de miedo, tristeza o soledad, y habilita que pedir ayuda no se viva como un fracaso.

Prevenir, entonces, excede la atención de una crisis puntual. Implica algo profundamente colectivo: sostener espacios de participación, organizar socialmente el cuidado y devolverles a los adolescentes y jóvenes el derecho a imaginar que lo que construyen hoy puede tener continuidad mañana.

(*) Prof. Lic. Jorge Prado (M.N. 55.582). Psicólogo. Especialista en clínica con niños y adolescentes. Perito en niñeces, adolescencias y familias. Docente de Salud Pública y Salud Mental II en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Integrante del Equipo Técnico de Dispositivo Escolar en territorio.