
Si miramos 70 años atrás, la sociedad se estructuraba bajo unos cánones muy diferentes a los que nos encontramos hoy. Gracias a avances como el acceso a la formación universitaria, la normalización del uso de la píldora anticonceptiva o el aumento de divorcios, la forma en la que vive la población ha cambiado. Así lo expone la galardonada con el Premio Nobel de Economía en 2023, Claudia Goldin, en su publicación en la Universidad de Harvard sobre la “revolución silenciosa” que transformó la vida de la mujer.
Todo esto ha hecho que el modelo tradicional donde la madre se quedaba en casa cuidando de los hijos quede obsoleto en la gran mayoría de los casos. Y por tanto se haya reorganizado la gestión dentro del núcleo familiar. Así, cuando existe una incompatibilidad con los horarios laborales que impiden el cuidado de los hijos, se recurre a una figura clave: los abuelos.
Su apoyo se intensifica aún más en épocas estivales, cuando los menores se liberan de sus responsabilidades escolares. “Si la conciliación familiar es una tarea llena de dificultades cuando los menores pasan una buena parte de sus días en el colegio, ¿cómo no va a serlo, más aún si cabe, cuando llega el necesario descanso vacacional?”, se pregunta Javier Ortega Allué, psicoterapeuta familiar acreditado por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF).
Al final, el tiempo libre del que disponen, al estar generalmente jubilados, facilita su adaptación a las necesidades del cuidado de los nietos. Así, como refuta Javier para Infobae, “el 70% de abuelos en España se ocupan de sus nietos durante las vacaciones estivales”.
Aunque la unión entre nieto y abuelo siempre es especial para ambas partes, el traspaso de responsabilidades no está exento de tensiones familiares. “Es un cambio drástico en la vida de los abuelos”, debido al incremento de horas y de responsabilidad en la educación de los menores. A esto se suman ocasiones en las que se pueden “confrontar modelos y estilos educativos entre los progenitores y sus propios padres” por diferencias en la parentalidad, puntualiza el psicoterapeuta.

El impacto del legado familiar como origen de la disputa: “Cambio la letra, pero no la música de la canción”
Los parámetros tradicionales que dictaminan la parentalidad han evolucionado en las últimas décadas. Aunque estos cambios han traído mejoras como mayor flexibilidad y una expresión más adecuada de los afectos, todavía persisten las influencias de “modelos aprendidos y vividos” que condicionan el modo en que se educa a los hijos. Javier Ortega describe este fenómeno como “el legado de los ausentes”, ya que en la parentalidad está muy presente la manera en que cada persona fue educada y tratada durante su infancia.
A modo de ejemplo, explica: “Si mi padre fue un hombre duro e intolerante, de aquellos que defendían que ‘la letra, con sangre entra’, seguramente yo me esforzaré por hacer lo contrario, tratando de ser un padre dialogante y más flexible”. Sin embargo, advierte que, cuando surgen conflictos durante la adolescencia de sus hijos, “como es esperable que ocurra”, es común que los padres se pregunten en qué se equivocaron; aun cuando hayan intentado evitar reproducir los patrones que no les gustaban de su propia educación.
“Mi padre fue rígidamente intolerante y yo fui rígidamente flexible. Cambio la letra, pero no la música de la canción”, sintetiza el psicoterapeuta. De esta forma, pese a los esfuerzos conscientes por cambiar, “muchas veces en el horizonte de la educación de los hijos aparecen estas reiteraciones que no se han modificado y que es la influencia aún presente de lo trigeneracional en nosotros”.
Debido a ello, se observan muchos escenarios de disputa donde “los abuelos se defienden señalando que tampoco lo hicieron tan mal cuando educaron a estos hijos que ahora son padres y madres y cuestionan sus métodos, exigiendo que eduquen a sus hijos como ellos desean que los eduquen”, expone Ortega Allué. Por lo que, hay que iniciar un doble proceso de adaptación: el aumento de horas y responsabilidad de los mayores y la búsqueda de un punto medio que no genere “desencuentros descalificadores en dos direcciones”.

“Conviene que los abuelos hagan de abuelos y los padres, de padres”
A pesar de los roces, la presencia de los abuelos es una ventaja inestimable. Los mayores actúan como la “memoria viva del sistema familiar, que nos conecta con la continuidad y la permanencia en el tiempo”. Al estar liberados de la obligación directa de educar, disfrutan de un margen de flexibilidad y tolerancia mucho mayor, ofreciendo a los niños modelos de cuidado basados puramente en el afecto.
Ortega Allué destaca que en su consulta es habitual observar cómo los pacientes recuerdan con profunda emoción y agradecimiento a un abuelo como su principal figura de reconocimiento afectivo. Mientras los padres socializan e imponen normas protectoras, los abuelos constituyen un manantial de amor, calidez y ternura. Pero este beneficio es estrictamente bidireccional, convirtiéndose en un bálsamo contra la soledad no deseada de los mayores y compensando la falta de atención o disponibilidad de los padres.
También hay que tener en cuenta que “los niños no sienten un amor incondicional, sino que aman a aquellos que les cuidan y los protegen”, viendo en los abuelos a sus grandes aliados. A cambio, los nietos representan una inyección de vitalidad y compañía, o en palabras de Ortega Allué, “una pequeña gotita de eternidad en sus vidas”, ya que les permiten saber que seguirán existiendo en el recuerdo de las futuras generaciones.
Aun así, este cariño y amor no debe utilizarse como un cheque en blanco. “Una cosa es que nos ayuden, otra bien distinta es que nos sustituyan”, matiza Ortega Allué. Por lo que los progenitores “han de ser muy conscientes de lo que ello supone” y diferenciar aquellas situaciones en que hay “necesidad de tal sustitución frente a otras que ya son mero capricho o desentendimiento”, sostiene el psicoterapeuta.
Además, Ortega Allué asegura que “los abuelos son una ayuda para los progenitores, pero lo son más y mejor cuanto menos los necesitamos”. Y es que cuando se cae en el abuso y se delega la parentalidad por completo, se pueden llegar a observar casos donde estas “sustituciones a tiempo completo dejan huérfano al niño o la niña, sometidos al vaivén de las necesidades adultas y no sostenidos en sus propias necesidades de bienestar psicológico”.

En definitiva, si los abuelos asumen un rol parental, se favorece la aparición de esas disputas sobre las pautas de crianza que solo perjudican a los menores a largo plazo. Así, el terapeuta lanza un consejo claro: “Conviene, pues, que los abuelos hagan de abuelos, y los padres, de padres”, y en caso de desbordamiento, apelar a la red comunitaria o “tribu”.
¿Cómo se establecen estos límites en la red familiar?
Para convivir en armonía, el terapeuta insta a los padres a definir de antemano el marco de la colaboración: “Tenemos la obligación de decirles qué esperamos con su ayuda y cómo deseamos que esta se desarrolle”. De esta manera, en lugar de ceder o desentenderse, es preciso sentarse a dialogar detallando las directrices en los aspectos fundamentales de la educación.
En cambio, aconseja evitar batallas estériles en asuntos secundarios, asumiendo con realismo que “así como no hay padres perfectos, no hay abuelos que alcancen tal condición”. Aunque, al final, la clave radica en el momento vital de los mayores, ya que pueden arrastrar achaques propios de la edad y tienen derecho a disfrutar de su tiempo libre: “Ellos ya hicieron, mejor o peor, su tarea de crianza”, insiste Ortega Allué.
Igualmente, los progenitores deben recordar que los abuelos no son los padres enérgicos de su juventud. Al final, “los abuelos, cuando existen y están en buenas condiciones físicas y mentales, son una ayuda provisional, cuyo ejercicio se sostiene en el amor y no en el deber”, recuerda el psicoterapeuta.
Convertir un acto de entrega voluntaria en una exigencia obligatoria es un grave error de madurez que daña la riqueza transgeneracional que los niños necesitan para confiar en el mundo. Como conclusión, Ortega Allué subraya que “los niños necesitan de ambas figuras transgeneracionales: de unos padres cercanos, reconocedores y responsables, y de unos abuelos más flexibles y tolerantes, que lleven consigo la memoria de la historia familiar y su legado”.