Durante décadas, la pantalla chica lo encasilló en un rol inmodificable: discusiones a los gritos, llanto y un desfile de situaciones disparatadas que alimentaron el consumo irónico de los años 2000. Sin embargo, detrás de esa fachada concebida para impactar en el rating, siempre habitó una realidad muy distinta. Arquitecto de profesión, exprofesor universitario y tripulante con 26 años de servicio en el área internacional de Aerolíneas Argentinas, Guido Süller aprendió a desdoblarse para cumplir con las demandas del espectáculo sin desatender su vida civil.
Hoy, instalado a 150 kilómetros de la Capital, entre frutales, la tranquilidad de la huerta y en pareja con Hernán, un joven cuatro décadas menor, Süller repasa su trayectoria en La vida después. Sin las ataduras de la televisión en vivo, desarma la estructura del personaje que vendió al público, rememora las marcas de su juventud —desde la violencia en la colimba hasta el abuso sufrido en su niñez—, evoca los días compartidos con un joven Ricardo Fort y analiza el costo más amargo de su popularidad: el quiebre definitivo con su familia.
Luis Novaresio: Contame quién sos.
Guido Süller: Soy lo que la vida quiso que sea. Nada de lo que yo tenía programado sucedió. O sea, soy arquitecto porque mi padre quiso que fuera arquitecto, no por vocación. Me encanta la arquitectura, pero no tengo una gran vocación. Sí tengo ese arte de crear... Me voy a dormir pensando en el proyecto, me levanto en medio de la noche, tengo un borrador en la mesa de luz, hago un gráfico y sigo durmiendo. Sueño con los proyectos. ¿La parte aeronáutica? Nunca en la vida imaginé que iba a volar casi 26 años. Desde 1989 al 2015. Nunca lo imaginé, porque yo fui a acompañar a un amigo a anotarse y estaba recién recibido de arquitecto. Y ahí me quedé 26 años. Conocí el mundo, idiomas, costumbres, comidas; viví experiencias, aventuras, cosas sórdidas... He vivido de todo, de todo, de todo, en las ciudades más importantes del mundo como París, Nueva York, Londres, Roma o Barcelona.

LN: Me quedo pensando en esto: no tenías una gran vocación para ser arquitecto y te recibiste, no tenías una vocación de ser aeronáutico… ¿Qué querías ser?
GS: Actor. Es lo que más me gusta en la vida: actuar. Pero no me dan oportunidades. Una vez un director me dijo: “¿Vos ya llegaste a tu personaje cumbre?”. “¿Cómo mi personaje cumbre, si nunca me ofrecen nada?”. “Hacer de Guido Süller, no vas a superar al Guido Süller que le vendiste al público”.
LN: ¿Te parece que tu personaje cumbre fue Guido Süller?
GS: Y debe haber mucha gente que piensa lo mismo. Llegué a mi techo, es el personaje que no se desgasta nunca… Yo decía: “Bueno, lo hago un par de años”. Esto fue en el 2001 con la crisis de De la Rúa y el corralito. Yo estaba volando y de repente se frenaron los vuelos y se cortó el sueldo. Dije: “¿Qué hago, qué hago, qué hago?”. Bueno, voy a buscar trabajo de arquitecto o voy a buscar trabajo de actor. De arquitecto no conseguí, y de actor, si bien tampoco conseguí, me contacté con Carmen Barbieri y con Polino, que a ellos les gustaba reportear así, a personajes. Estaba el caso Rímolo-Soldán y yo era testigo de un montón de cosas, entre ellas una compañera mía de gimnasio a la que Rímolo le había arruinado la salud. Ella dijo: “Si tengo una cámara a la Rímolo la hago bolsa”. Fue el remís a buscarla, le dio pánico escénico y no bajó. El remisero tocando el timbre... Y los de Movete me decían: “Guido, sos un irresponsable, tenemos media hora de vivo y la chica no baja”. Le digo: “Miren, yo me sé la historia de memoria, si quieren voy yo”.
LN: Y ahí fuiste.
GS: Fui. Y Carmen Barbieri me escaneó así (hace gesto tirar rayos con los ojos). Vio un pichón de mediático muerto de hambre, de fama y de cámara. Digo: “¿Qué le pasa a esta señora que me mira tanto?”. Me estaba estudiando. En eso veo los monitores y mi cara estaba en primer plano.
LN: ¿Te gustó eso?
GS: Obvio. Siempre quise eso.
LN: ¿Siempre quisiste ser famoso?
GS: Sí, quise ser famoso, actor famoso... Ser famoso a través de la actuación, no famoso porque sí. Porque en realidad ser famoso porque sí lo inventamos nosotros: mi hermana, yo, los mediáticos, la tele de principios del 2000. Eso no existía antes.
LN: Una vez leí una frase tuya que me impactó: “Quise ser famoso para ser inolvidable”.
GS: Eso con Ricky Fort, con Ricardo Fort. Los dos queríamos ser inolvidables. Nos sentábamos en el umbral del departamento o en el cordón de la vereda, mirábamos el cielo y elegíamos cada uno la estrella más brillante. Y le pedíamos, por favor, ser inolvidables. Él quería ser cantante y yo quería ser actor.

LN: ¿Cómo lo conociste a Fort?
GS: En Búnker. ¿Conociste Búnker?
LN: Claro, obvio, cómo no.
GS: Después de la dictadura militar empezaron a habilitarse boliches gays y ese era el máximo, el boliche number one, digamos. Fui a bailar... Yo venía llorando por una relación anterior, él se me acercó y me sacó a bailar. Antes se sacaba a bailar, ¿te acordás?
LN: ¿Cómo no?
GS: Y le dije que no. Él como diciendo: “Mirá quién te está sacando a bailar...”.
LN: “¿Me vas a decir que no a mí?”.
GS: “¡Me vas a decir que no!”. Y sí, la verdad que no. Yo estaba con la cabeza en otro lado. Nada peor que decirle que no a Ricardo, entonces insistió toda la noche. Y él me decía: “Son las 6:00 y no te fuiste con nadie, te invito a mi fábrica. Tengo una fábrica de chocolates”. “¿Qué vas a tener una fábrica de chocolates? No tenés ni sombra de barba”. Tenía 19 años él. “No tenés sombra de barba y me vas a decir que sos dueño...”. “Bueno, vas a ver, vas a ver”. Yo me olvidé de él completamente; bailaba y sufría por alguien que no valía la pena. Se hicieron las 6:00, 6:30, encienden las luces del boliche y siento que me tocan la espalda, cuando lo veo digo: “Ay, no, otra vez este”. “Te estás por ir solo a tu casa. ¿No querés venir a conocer la fábrica?”. Y bueno...
LN: ¿Fue un amor en tu vida Fort?
GS: Salí un año y medio, pero con una intensidad... Él tenía una energía que era única, generaba amor y odio, las dos cosas. Ahora, porque está fallecido, todos lo idolatramos, pero tenía un lado oscurísimo y un lado de insoportable también. Pero yo también soy medio tóxico, me gustan un poco los bad boys.
LN: ¿Sos tóxico o te juntás con tóxicos?
GS: Me junto con tóxicos y me vuelvo tóxico. Me parece como un juego medio enfermizo pero que te engancha. Antes… ahora me parece que no, ya no.
LN: Ya no más.
GS: No, quiero paz, quiero tranquilidad, quiero naturaleza, perritos de la calle, otra cosa. Pero a esa edad yo quería brillar, quería ser lindo, quería entrar al boliche y que todos me miren. Y con Ricardo lo lográbamos: entrábamos los dos juntos y éramos Susana y Moria.

LN: Muy guapos eran.
GS: Se abría un pasillo así de gente, íbamos los dos caminando y tratando de ser inolvidables, como me preguntaste.
LN: ¿Sos inolvidable?
GS: Yo no sé, es feo decir eso de uno mismo. Me gustaría que cuando muera alguien me recuerde, sí, pero no sé si lo voy a lograr, porque hay que morir en forma trágica y joven.
LN: ¿Y qué te dio la fama?
GS: Qué me sacó. Yo era más feliz antes. La fama me da canje, me da el amor de la gente, que agradezco muchísimo, muchísimo, pero yo perdí a mi familia. Mi hermana se transformó en mi peor enemiga. Y yo creo que tanto desear algo terminó convirtiéndose en mi infelicidad.
LN: La fama no te dio nada…
GS: La fama no me dio felicidad: me la quitó, me la arrancó. Desde las entrañas yo era mucho más feliz, mucho más feliz.
LN: ¿Por qué ese odio con Silvia, que también es una mujer tan copada? ¿Por qué?
GS: Hay que preguntarle a ella. Yo siempre la amé y siempre la idolatré. Ella fue una diva de los 90, y un poquito soy responsable porque le traía las pelucas, los tacos, los corsés con cintura de 50... Hablábamos antes de los reportajes, yo la ayudaba mucho con las cosas que tenía que decir y no decir, y siempre la admiré. Yo era el che pibe de ella, le llevaba la cartera y no se me caía ningún anillo, a pesar de que yo era el que había estudiado teatro, el que soñaba con ser actor. Ella no, ella quería plata, nada más, y la vida la llevó por ese camino. Yo estaba bailando en Música en libertad cuando le presenté a Soldán, ¿entendés? Yo estaba trabajando, empecé antes que ella. Fui Chico Diez en el 85: hubo un concurso, salí elegido Chico Diez y ahí me dieron un contrato de tres años para bailar y hacer playback en Música en libertad, ¿te acordás?, en Sábados de la bondad con Leonardo Simons.
LN: Obvio.
GS: Y bueno, estábamos en un ensayo —Silvia estaba recién separada— y le digo: “Vení, hermosa”. Silvia era una muñeca. “Vení, vení”, porque yo quería meterla en Música en libertad. Justo pasa un productor y dice: “Necesito una modelo, necesito una modelo”. “Yo tengo una modelo acá, está atrás de la puerta”. “A ver, traela”, me dice, creyendo que era cualquier cosa. Cuando se abrió la puerta y apareció esa rubia con un metro de pelo dorado y la cintura diminuta, la vio el productor y le dijo: “¿Tenés un vestido lindo?”. “Sí”, le dijo Silvia. “Bueno, mañana debutás como secretaria en Grandes valores del tango”.

LN: ¿La extrañás?
GS: Sí, un poco sí. Pero es imposible, no podemos volver.
LN: ¿Y esa ruptura se la debés a la fama?
GS: Se puso muy mal Silvia cuando me empecé a hacer conocido, a pesar de que le hablé en todos los idiomas y le dije: “Silvia, es todo lo que ansié en la vida, y aparte no somos competencia. Sos una mujer y sos una vedette, ¿entendés? ¿Qué tengo que ver?”. Y los hermanos unidos podríamos... Las pocas veces que hicimos reportajes juntos explotó el rating. Y sí, la extraño, pero ya no es la Silvia que conocí, ya es otra persona. Ella vive en ese círculo de dolor constante y no es que no puede salir: me parece que no quiere salir. Ella quedó atrapada en ese divorcio con Soldán.
LN: Viene la fama... Pasás de Movete y es como una bola de nieve que se va armando, y te transformás de un tipo serio a ser el Guido Süller de Zap TV. ¿Cuánto de verdad había en esas peleas con Adriana Aguirre o con los demás?
GS: Me di cuenta de que mi personaje garpaba, que tenía algo que a la gente le gustaba. Pero yo no me daba cuenta, y es el día de hoy que no me doy cuenta. Esto me lo dijo Rial, porque en un momento yo quería dejar de ser conocido: “Voy a enloquecer”, pensaba. Me dice Jorge: “Guido, hay una línea y vos pasaste esa línea, no hay vuelta atrás. Tenés que aprender a vivir así, con esa mochila de ser conocido”.
LN: Lo loco es que eras auxiliar de a bordo, fuiste jefe de cabina con el máximo galardón...
GS: Sí, las tres tiras.
LN: Reconocido por Aerolíneas. Y salías de ahí y te ibas a la tele a hacer ese personaje que esperaban.
GS: La prensa me esperaba en el aeropuerto de Ezeiza y había salido un artículo que decía que yo no podía mostrar el uniforme en cámara. Bajaba del avión, me metía en un bañito que había ahí al costado, me cambiaba de civil y metía el uniforme en la valija. Los periodistas pensaban que yo era como un playboy, un millonario: “¿De dónde venís? ¿De París? ¿De Nueva Zelanda?”. No decía que estaba sin dormir, hecho bolsa, cansado y que había atendido a 400 pasajeros, porque era el Jumbo 747. Y a veces directamente del aeropuerto iba a los estudios de Zap, a tirar vasos de agua, a pelearme, a insultarnos, de todo... Cuando en el avión yo siempre traté de “usted” a todos los pasajeros de 15 años para arriba.

LN: ¿Es verdad que te quisieron echar por eso?
GS: Sí, me echaron. Estuve 24 horas echado y ahí fue que amenacé con encadenarme a la rueda de un Jumbo y llamar a Crónica TV. No sé por qué me salió Crónica TV, de la desesperación, porque siendo tan buen tripulante, nunca imaginé que iban a mezclar mi vida privada con la vida a bordo, porque vos privadamente podés ser bailarín, locutor, modelo... Hasta prostituto podés ser en tu vida privada. Y me dicen: “Estás despedido, tenés 24 horas. Como no tenemos motivo, te vamos a indemnizar”. Le digo: “No, ustedes tienen 24 horas para volver a tomarme, porque voy, me encadeno a la rueda de un Jumbo y llamo a Crónica. Me pongo a llorar frente a una cámara y me meto al país en el bolsillo. ¿Ven este celular? Con solo apretar una tecla tengo a toda la prensa en la planta baja”, le dije llorando. Todo salió de mi imaginación en la lucha para que no me echen. Pasaron 24 horas, suena el teléfono... El mismo que me echó. No me acuerdo el nombre, se murió, se debe estar ardiendo en el infierno. Me llama el mismo que me echó, voy a la oficina, me da un beso y me dice: “¿Desayunamos?”. Le digo: “Perdón, ¿usted es el que ayer me echó?”. “Sí, Guido, pero olvidate de toda esa charla que tuvimos, ya pasó, nada que ver, nada de lo que sucedió ayer existió”. “¿Entonces no estoy echado?”. “No, para nada”. “¿Y cómo sigue mi vida?”. “Como siempre”.
LN: Dijiste en un momento que te querías bajar de la fama y no podías.
GS: Sí… Todos me dijeron: “Guido, tanto querer esto y ahora que lo conseguiste te querés retirar... No vas a poder retirarte, te van a buscar o te van a inventar historias”. Entonces dije: “Bueno, tengo que aprender a vivir así, tratar de ser feliz con esta mochila”. Otra mochila más en mi espalda.
LN: ¿Pudiste ser feliz?
GS: Trato de ser feliz. Lo que pasa es que la mochila más pesada de toda mi vida ha sido mi familia... Es una mochila impresionante. Yo amaba a mis padres con toda mi alma y se me murieron los dos con una diferencia de un año. Y corté relación con mis hermanos: tengo tres hermanos además de Silvia y corté relación con todos, me quedé solo, sin familia.
LN: ¿Y sentís que la fama te dejó solo?
GS: La fama me dejó solo, sí, porque me alejó de Silvia, que era mi preferida. Y con mis hermanos me enojé por cómo cuidaron a mis padres y todo eso. Había muchos roces, muchos roces... Entonces dije: “Se me está pasando la vida, ¿por qué tengo que cargar con esta gente?”. Me desligué y me quedé sin familia. Pero eso tampoco está bueno, no está bueno estar tan solo. Me divorcié también de Tomasito. Yo no soy muy amiguero, no tengo muchos amigos, soy solitario... y con la idea de irme a vivir al campo, pensé: “¿Voy a ser de esos viejos ermitaños locos que te corren con un palo cuando te ven o te sueltan un perro para que te muerda?”. Dije: “No quiero eso”. Tengo una cabañita en Ushuaia y estando con mi amigo de allá me dice: “Guido, la única forma de que consigas a alguien compatible con vos es que vayas por las provincias. Buscate un changuito provinciano, sano, desintoxicado, cero Grindr”. “¿Cómo voy a ir por las provincias a buscar a un changuito? Me quedo solo”. Entonces, ¿podés creer que en Instagram me empieza a escribir una persona? Yo lo rechacé durante meses por la diferencia de edad, pero iba reuniendo ciertas características: vivía en un pueblito, no le gusta la droga, no le gusta el alcohol, no le gusta la noche, la joda, el reviente... Nada. “Mirá todo lo que ando buscando. ¿Pero vivís en Jujuy?”. Me dice: “Me voy a Buenos Aires”. “¿Cómo que te vas a Buenos Aires? ¿A qué?”. “A conocerte”. Pasan unos días, suena el teléfono... Me dice: “Estoy en Buenos Aires”. El corazón: tún, tún, tún. Y ahora, ¿qué hago? Estuvimos un año hablando por WhatsApp, ¡un año! Fíjate lo cerrado que estaba, que no quería saber más nada. Incluso vendí la casa, porque era la casa de mis sueños para compartir con mi pareja de ese momento. Hice borrón y cuenta nueva, y en el borrón estaba incluida la venta de la casa para empezar de cero…

LN: ¿Qué edad tiene tu pareja?
GS: Nos llevamos 40 años, 22 tiene. Yo le dije: “Vos entendés que estás empezando a vivir y que yo ya estoy terminando”. “No me importa”, me dice. “No te importa a vos, pero a mí sí. Si vos querés ir a bailar, yo no quiero ir más a bailar, ya fui mucho a bailar”. “Yo soy casero”, me dice, “a mí me gusta la familia”. Es una generación que son cueveros, les gusta estar con sus celulares, con la PC gamer, con los jueguitos... Es una generación solitaria que ni siquiera prende la luz del velador, una cosa rarísima. Y bueno, vino y pensé: “Me va a criticar todo el mundo… Bueno, es la última carta, saco la última carta”. Y la estoy jugando hace dos años.
LN: Suponete que yo tuviese el poder para transformarte en anónimo... Si yo tuviera la capacidad de decirte: “Desde este momento, Guido, no te conoce nadie”, ¿en serio querrías eso?
GS: Ah, pero me cambiás toda la vida. No sé cómo sería yo sin... Son muchos años. Si vos me sacás la fama, yo la hubiera añorado toda la vida porque no la hubiera conocido. Yo ahora la conocí: los pro y los contra.
LN: ¿La fama es puro cuento?
GS: Sí, obvio, obvio. Vos valés tu último rating.
LN: ¿Qué fue esa vida?
GS: Una gran aventura, lo quiero tomar así, una gran aventura. Yo venía viviendo aventuras, pero creo que la fama y el entrar en los medios, el traspasar así la pantalla, es una aventura que muy pocos logran.
LN: Este Guido Süller, que lo veo entero, seguro, bien plantado, con proyectos, ¿le diría algo al Guido Süller que llegó a la tele?
GS: Lo que pasa es que lo tuve siempre claro: yo sabía que se iba a terminar. “Guido, no te mareés, esto es pan para hoy y hambre para mañana. Después seguís volando, se acabó, te diste el gustito, se va a terminar”. Pero no se terminó…

LN: ¿Y hoy no tenés más ganas de huir de aquel personaje al que el director de teatro le puso un techo?
GS: Sí, y voy rumbo a eso, pero muy despacito, porque todo el mundo me va a decir que lo voy a extrañar. Ya empecé yéndome a vivir al campo. Yo no voy a cualquier reportaje, vine a verte a vos, me hice 150 kilómetros para estar ahora sentado con vos.
LN: Dijiste algo que me interesa: empezaste despacito a huir de Guido Süller.
GS: Sí, sí, sí.
LN: ¿Y te vas a animar a dejarlo?
GS: Con un buen compañero de vida y teniendo la chacra que tengo, los árboles frutales, la huerta... No sabés, soy un linyera: vestido todo trapeado, todo barbudo, todo despeinado. Me gusta, me gusta. Pero capaz cada tanto que me inviten y brillar un poquito... Y eso que hablábamos con Ricky Fort de ser inolvidables... En el fondo, después de que muera —que tampoco falta tanto—, me gustaría que alguien me recuerde.
LN: “Pollo al horno con papas”...
GS: Bien doraditas. Mi comida preferida, que me la hacía mi mamá para mis cumpleaños. La extraño, no hay un solo día que no la llore a mi mamá. El amor de mi vida. Era muy buena, muy buena, muy buena. Y se fue... Lo que pasa es que soy de una generación a la que no nos enseñaron lo que era la muerte, nos enseñaron lo que era la vida. Entonces yo pensé que mi mamá iba a ser inmortal. Encima era sana: mi papá tenía cáncer, pero mi mamá no tenía nada, se fue en unos días. Yo le compraba dos potes de dulce de leche y con una cuchara se los comía enteros, a los 90 años. Le hice un análisis porque vivía conmigo, porque de la memoria estaba un poco perdida. Lo miro y le digo: “Ay, mamá, me dieron bien todos los análisis”. “Nélida de Süller” decía el estudio… “¡Mamá, estás mejor que yo!”. “Ay, bueno, traeme las facturitas”, me decía.

LN: ¿Estaba orgullosa de vos?
GS: Nunca le hablé de mi sexualidad, era... Muy de otra época.
LN: ¿Y vos estás orgulloso de vos?
GS: Voy a tirar una bomba ahora... Pero me hubiera gustado no ser gay. Me hubiera encantado ser heterosexual, no me gusta pertenecer a una minoría discriminada. Yo viví la época de los militares, viví la época en la que decían que eras un enfermo, viví la época donde en la colimba te abrían el culo así a ver si... ¿Qué tiene que ver ser un buen soldado con tener el culo sano? Burlas, bullying, discriminación de todo tipo... ¿Por qué? Es el día de hoy que me escriben chicas que quieren estar conmigo. No es una elección de vida, yo nunca hubiera elegido ser gay.
LN: ¿Nunca perdonaste al que abusó de vos?
GS: No lo perdoné porque soy rencoroso, pero no me voy a arruinar la vida por un degenerado que me manoseó a los 12 años. Me llevó tiempo darme cuenta, pero mi vida es única. El tipo ya murió para mí; se olvidó a los días de lo que hizo conmigo y a mí me quedó grabado a fuego porque era inocente completamente: tenía 12 años pero parecía de ocho, era totalmente virgen… y sucedió. Pero después, con los años, te vas volviendo un viejo más sabio y digo: “¿Me voy a arruinar la vida porque un tipo me manoseó hace 40 años?”. No, señor; no, señor.
LN: Si alguien que no sabe de tu actualidad pregunta: “Che, ¿qué fue de la vida de Guido Süller?”.
GS: Lo que pasa es que era un zoológico al cual yo no pertenecía, yo me hacía el que pertenecía. Yo no soy bizarro, tengo cero bizarro, soy universitario, hablo idiomas, soy una persona educada... Queda mal que diga todo esto de mí, pero bueno, lo tengo que decir: soy fino, ¿entendés? No soy kitsch, no soy ese personaje que inventé. Es más: soy callado, soy educado, cero quilombo y conflicto conmigo. Yo no recuerdo una pelea verdadera en mi vida real. Lo que pasa es que se ve que las hacía muy reales en la televisión y todo el mundo se las creía, pero eran consensuadas. La única pelea verdadera fue con mi hermana.
LN: “No soy ese personaje que inventé”. ¿Lo querés al personaje que inventaste?
GS: Y lo tengo que querer porque es el personaje que la gente quiere. Yo recibo mucho cariño por la calle, mucho, mucho, mucho, capaz más de lo que merezco.
Fotos: Maximiliano Luna




