Facundo Arana habla de la vida como quien todavía tiene mucho por contar. De su familia, de la montaña, del teatro, de los años en los que la enfermedad le hizo pensar que podía morir y de esos momentos en los que tampoco tuvo ganas de levantarse de la cama. Hay humor, memoria y también algunas confesiones. Entre todas aparece una idea que atraviesa buena parte de la charla: estar para el otro.
A los 50 años, vuelve al escenario del Multiteatro con Visitando al Sr. Green, una obra que ya hizo hace dos décadas junto a Pepe Soriano. Esta vez comparte elenco con Jorge Suárez, que regresa al teatro después de un doble trasplante. Arana vuelve a encontrarse con un texto que, 20 años después, lee desde otro lugar: con más experiencia, otra mirada y una vida atravesada por muchas cosas que entonces todavía no habían ocurrido.
Después de casi dos décadas en pareja con María Susini, tomaron la decisión de separarse, pero hay algo que no cambió: siguen siendo familia. India, Yaco y Moro continúan siendo el punto de encuentro y, al hablar de ellos, Arana cuenta cómo atraviesan esta nueva etapa, qué aprendió de sus propios padres y por qué eligieron, en distintos momentos, caminos diferentes para su educación. “Los hijos de uno son hijos de todos”, dice en un momento de la charla con Infobae, una frase que también explica bastante de su manera de mirar la vida.
La montaña es otro de sus grandes lugares. Desde aquel primer Aconcagua al que llegó casi sin experiencia hasta el edema pulmonar que sufrió en el Himalaya y del que salió gracias a un rescate en helicóptero, el actor cuenta por qué sigue volviendo. Y entre la aventura, el trabajo y la familia aparece una conversación más íntima sobre la salud mental, la importancia de pedir ayuda y la certeza de que, en algún momento, a todos puede faltarnos el aire.
—¿Fue una linda época el colegio?
—No, porque a mí me gustaba mucho dibujar. Los profesores tenían que formarte, enseñarte, y yo dibujaba. Dibujaba todo el tiempo. Tenía que estudiar todo un año de todas las materias en dos meses para rendir.
—¿Te llevabas todas?
—Todas, menos dibujo.
—¿Y en tu casa qué decían?
—Diciembre y marzo adentro. Estudiaba y las sacaba.
—Dibujabas en las carpetas, estabas en Narnia. ¿Hay cuadros tuyos en tu casa?
—En todos lados dibujaba. La verdad que nunca hice nada con todo ese material, pero podría sentarme un día y hacer algo. Algunos dibujos los subo a Instagram.
—Está el actor, el músico y el pintor.
—Y ya escribí un libro.
—¿Dónde estás viviendo?
—En todos lados.
—¿Cómo se vive en todos lados? ¿Un poco afuera, un poco con María y los chicos?
—En todos lados. Vivo adentro mío, te lo juro. No son palabras y es un montón.
—¿Y dónde dormís?
—En todos lados.
—¿Estás repitiendo eso para no responderme? ¿Volvieron?
—(Risas) No, no volvimos. No sé si volvamos. Estoy muy bien, ella está muy bien y sabemos todos cuál es nuestra prioridad y estamos súper tranquilos.
—¿Cuál es la prioridad?
—Los chicos. Para mí, los chicos y su felicidad siempre. Soy un convencido de que una persona es muy afortunada si encuentra en su vida el amor de su vida. Yo lo encontré, lo viví, lo vivo y lo voy a vivir hasta el último día de mi vida. Entonces, que lo que te una a esa persona sea un amor incondicional, ya sabés que elegiste bien y después lo otro son detalles. A esta edad es muy lindo haber podido darme cuenta de eso y vivirlo así.
—¿Y se extraña?
—Sí, todo el tiempo, pero es parte de la vida. Si ellos están bien y tienen una sonrisa en el alma, vos te podés ir a vivir a Marte, no pasa nada.
—¿Cuántos años tienen ya?
—16 los varones y 18 India.
—¿Fue difícil contarles la separación?
—Hay cosas que no tenés que contar porque ya tienen una edad. Ya son grandes. Lo que importa es qué nos hace felices hoy, cómo encaramos mejor hoy, cómo nos sentimos mejor hoy. Nada es definitivo. Lo único definitivo es la muerte.
—¿Se lo tomaron bien?
—Sí. ¿Sabés qué se toma mal? Una enfermedad a destiempo, una falta a destiempo. Hay muchas cosas para tomar mal, no se toma mal lo que está bien. Supongo que nadie se junta con alguien pensando “algún día me separo”. Las cosas a veces no son como debieran ser, son como son. Y cuando son como son, lo mejor que podés hacer es darle lo mejor de vos a todo esto que te va pasando en el presente. Eso es lo que hago, lo que intento hacer.
—Ese nene que dibujaba y no encontraba ese espacio estaba en una educación más tradicional. ¿Hay algo de eso que quisiste cambiar en la educación de tus hijos?
—Tu papá era juez, ¿no?
—Sí. Entonces, ¿qué les voy a enseñar yo a mis hijos? Qué mejor que enseñarles eso mismo si tengo la experiencia. Hoy miro para atrás y me siento muy feliz de las elecciones que tomé.
—¿Es verdad que a tu papá le dijeron en el colegio que necesitaban que trabajara menos y estuviera más con vos?
—No le dijeron así. Le dijeron: “Doctor, tiene que venir al colegio a tener una reunión con los directivos por Facundo”. Mi viejo fue y preguntó qué pasaba conmigo. Le dijeron: “Le falta padre, doctor”. Volvió a casa y le dijo a mi vieja: “A Facundo le falta padre”. Y ella le preguntó: “¿Y qué vas a hacer?”. “Voy a dejar la Justicia”. Era como que vos hoy dejes el periodismo. Había empezado cosiendo expedientes, había llegado a juez, había sido juez de la Cámara Electoral. Y dijo: “Le falta padre”. Dejó la Justicia y compró raquetas para todos, empezamos a jugar al tenis, a hacer programas juntos. En Miramar compró un mediomundo y nos íbamos todos a pescar. Fue espectacular, pero en el momento no me explicaron el motivo.
—¿Cómo te enteraste?
—Porque pregunté de grande y me enteré por mi vieja y por amigos de mi viejo. Mi viejo predicaba con el ejemplo, hablaba poco y predicaba con el ejemplo. Mi vieja explicaba los ejemplos y también predicaba con el ejemplo.
—¿Alguna vez te enojaste con ellos?
—Sí. Los hijos nos enojamos todo el tiempo con los padres. Siempre escuchamos lo mismo: “Ya te vas a acordar”. Y llega un momento en que te acordás. Tal vez los errores que les señalaste eran circunstancias que vos no podías ver más que con tu mirada de chico.
—¿Y volviste y les dijiste “ya me acordé”?
—Sí. Mi viejo fue un juez de un 504 usado. Jamás se compró un auto nuevo. Y hubo épocas de vacas flacas. Yo recuerdo perfectamente a mi vieja diciendo todas las noches: “No tengo más hambre”. Yo comía como un Heliogábalo. De grande fui y le dije: “Ma, el ‘yo no tengo más hambre’ que me dijiste durante toda esta época, ¿vos me ponías el plato de comida a mí?”. Se le llenaron los ojos de lágrimas. No me pudo mentir. Esa vieja tengo yo y la suerte de abrazarla y agradecerle.
—¿Eras un poco el preferido entre tus hermanas?
—No era el preferido. Para mi viejo éramos todos sus amados hijos, pero yo era el varón en una época en la que el varón... Gracias a Dios los tiempos cambiaron. Para mi vieja fuimos siempre sus cachorros, nos hizo pasar la vida más feliz y extraordinaria, todo el tiempo con primos y amigos. Mi vieja era el fuego donde nos reuníamos todos.
—¿Y con tus hijos hay alguno que te saque lo que quiera?
—La mujer siempre te saca lo que quiere: India me saca lo que quiere, los varones no te piden nada. Los amo, tienen momentos de mayor necesidad de que te pongas al lado, pero María es tan buena madre que a mí me resulta difícil verlo porque ella va ecualizando.
—¿Siempre estuvieron de acuerdo con María en la crianza y los valores o existieron choques?
—Choques nunca. Teníamos la idea de que los chicos tuvieran un alma sonriendo siempre y punto. Y con eso nos fuimos moviendo, pasa que hubo cambios de colegio y de tipo de formación.
—Tuvieron una época de estudiar en casa.
—Sí. India ya terminó. Fue una prueba superada porque estuvo buenísimo. No es para todos, pero para el chico que lo necesita está buenísimo. A mí me hubiera venido increíble hacer homeschooling.
—¿Hoy lo recomendás?
—No a todo el mundo. Para ciertas personas, si ya tienen lo social resuelto, es súper útil poder enfocarse y no tener tanto estímulo externo. Hay chicos que esos estímulos los distraen y no pueden llegar a tener ni 15 minutos de clase de verdad. Y otros, como era yo, que no podían y me metía en el dibujo. María recorrió los colegios de toda la zona y para la última etapa, fue homeschooling. Además, la institución te habilita a que si querés, cuando terminás, podés estudiar en una universidad de Estados Unidos.
—¿Cuánto tiempo?
—En total van a ser tres años, y en el caso de ellos funcionó porque lo social ya estaba resuelto.
—¿Cómo te encontraste con la montaña?
—Me la llevé por delante. En 2003, bajando por la Ruta 40 hacia Uspallata, de repente vi una montaña que parecía salida de escala. Era enorme, como un bonete de bruja. Pasó una camioneta y pregunté: “¿Y eso?”. Me dijeron: “El Aconcagua”. Y me agarró como un amor a primera vista. Fui a Uspallata, pregunté quién era el guía por excelencia y le dije que quería escalar. Me preguntó qué experiencia tenía. Nula. Qué equipamiento tenía. “Lo que tengo puesto, ojotas”. Me dio equipamiento y me mandó al Sarnoso, que era una montaña cercana. Si le llevaba una piedrita de la cumbre, me llevaba al Aconcagua. Al día siguiente hice cumbre, le llevé la piedra y me preguntó: “¿Tenés ganas de seguir jodiendo?”. Yo tenía las patas ampolladas, pero le dije que sí. Al día siguiente salimos al Aconcagua. No había nadie, salvo una expedición ecuatoriana y la montaña me regaló la cumbre. Bajé diciendo: “No voy a volver a subir nada nunca”, porque estaba destrozado. A la semana ya quería volver: fui tres veces más y, de las cuatro, hice tres cumbres.
—¿Qué encontraste ahí arriba?
—Te encontrás con vos. Son muchos momentos de silencio, con la cabeza yendo a mil porque te dice “bajá de acá”, mientras caminás muy despacio con el cuerpo. Es 30% físico y 70% cabeza. Tenés mucho tiempo para reflexionar, yo no soy muy del autoanálisis y ahí tenés tiempo para analizarte, entender algunas cosas y corregir otras. Yo me encuentro mucho en la montaña.
—¿Hay una adrenalina que genera la montaña?
—No lo puedo explicar. Es como el amor: no tiene explicación, solo querés volver. Querés ir a otro cerro, preguntar por dónde, cómo, con quién. Ya tengo mis amigos de la montaña.
—¿Cómo es la noche?
—Es espectacular. A donde voy hace muchísimo frío, pero mirás para arriba y tenés los cielos más limpios del universo. Ves toda la Vía Láctea como cuando la ves con inteligencia artificial en una computadora. La ves entera, perfecta.
—Sí, y acá en mi casa también. Acá te da cáncer y allá te da edema cerebro pulmonar.
—¿Te asustaste ahí?
—No tenés tiempo de asustarte. Tenés que respirar tranquilo, guardar la calma y cruzar los dedos para que pueda entrar el helicóptero. Ya sabés cómo termina el edema si no bajás.
—¿Cuánto tiempo tenés para bajar ahí?
—Ya tenía fluido en los pulmones y eso no decrece a menos que bajes. Estaba con oxígeno y tuve que pasar la noche en Pheriche. Toqué el botón rojo del seguro que había contratado, y me dejaron tirado. Me dijeron el edema se cura bajando. Así que inmediatamente la médica, que se llamaba María por satelital llamó a una compañía de helicópteros de Nepal y dijeron mañana no hay buen clima pero vamos a estar parados ahí esperando que se levante un poquitito. Si se levanta un poquitito el techo de nubes entramos. Así que a las 7.30 de la mañana estaba sentadito ahí Pablo Betancourt, que fue quien me salvó la vida, esperando el helicóptero. Yo estaba tirado, como si me desinflara como un globo con una pinchadura. De golpe empezó a levantarse la nube y escuché el helicóptero. Pasó, dio la vuelta y volvió a aterrizar sobre las piedras. El piloto se sacó su bigotera de oxígeno, me la puso a mí y dijo: “Not today, hoy no te vas a morir”. Me levantó, nos subimos con Pablo y bajamos. Visto a la distancia es un aventurón, pero estuvo complicado.
—¿Y esa noche qué pensabas?
—No podía pensar. Tenía que estar enfocado en respirar y estar tranquilo. Entrás en un estado de supervivencia. Era mejor eso que un ataque de pánico y por suerte estuve muy bien acompañado.
—¿No dejaste de hacer alpinismo después de ese episodio?
—No. Ahora estuve en el Ama Dablam, una montaña que está muy cerquita del Everest. Es una montaña sagrada.
—Cuando bajaste, en algún momento tuvo que haber dado miedo.
—Tomé conciencia de que tenía los chicos muy chicos y que me podría haber muerto. Pero vos no vas a la montaña a morir ni a correr ningún riesgo, vas a vivir una experiencia única para la que te preparaste. Yo quería llevar mi bandera de donar sangre y no pude, Pablo la puso en la cumbre y después pude hacerlo yo, en 2016.
—¿India no te dijo nunca “papá, dejate de joder”?
—¿A mí me va a decir “papá, dejate de joder”? Ella monta todo el tiempo. Soy yo el que reza.
—Y te lo bancás.
—No es mi vida, es la de ella. Yo tengo mi aventura y ella tiene la suya.
—¿María nunca te dijo “basta con la montaña, Facundo”?
—La primera vez que pasó lo del Everest se tomó un avión inmediatamente y se fue a Nepal sin saber dónde estábamos. Llegó a Katmandú y empezó a preguntar. Cuatro años después, cuando fui de nuevo, me dijo: “No hagas que te vaya a buscar”. Eso se dice cuando se ama. No se dice “no lo hagas”. Se dice “cuidate”.
—¿Vos la bancaste siempre a ella en todos sus deseos?
—Todos.
—Y hablando de crecer, 20 años después te volvés a encontrar con una obra que te dio un mundo.
—Sí, con Jorge Suárez. Hacer esta obra, que hice con Pepe Soriano hace 20 años, y subir hoy con Jorge, las dos veces dirigidos por Santiago Doria, en la misma sala, es espectacular. Veinte años después tenés otra madurez. Agarrás el mismo libro y lo leés con veinte años más de experiencia. Y Jorge es un actor descomunal y un compañero delicioso. Además, está volviendo a hacer teatro después de su doble trasplante de riñón y de páncreas. Estuvo un año y medio fuera de las tablas, algo que nunca le había pasado.
—Se reencuentra con el teatro con este pedazo de obra.
—Está con una leche de subirse al escenario. Nos divertimos mucho, imagínate que ensayamos por Zoom cuando no estamos en el teatro.
—¿Cuándo estrenan?
—El 9 de septiembre. Estamos súper aceitados y las entradas se vienen vendiendo muy bien. El director está contento y tenemos un equipo maravilloso.
—En algún momento te dejaron de llamar para ser el personaje del galán. ¿te llevás bien con eso?
—Hace muchos años ya. Y solo te diré que que estoy acá, Tati. Estoy vivo.
—¿Es verdad que en algún momento del cáncer le pediste a la vida diez años más?
—Diez.
—¿Por qué ese número?
—No sé. Pensé que Dios me había regalado diez años más. Entonces dije: “Bueno, a los 27”. Cumplí 28 y pensé: “Fa, diez años más”. Después, 38. Y después, 47. A los 47, 48, ya estaba casado y con mis chicos, que era lo que más anhelaba: formar mi familia. No es lo mismo ser hijo que ser padre. Vivir mi vida como hijo y después como padre era un anhelo tan fuerte que convirtió en polvo aquello de los diez años más. Ahora soy de esos padres que prometen que van a vivir hasta los 110. Fue la única mentira que me dijo mi viejo, se murió a los 81, pero lo perdoné porque, cuando era chico, me daba mucha tranquilidad. Tengo memoria de la importancia de decirle a tu cachorro: “Sí, voy a estar vivo siempre”. Cuando algún día se dé cuenta de que era una mentira, te la va a perdonar con una sonrisa.
—Con lo cual dejaste de negociar de diez en diez.
—No, ya está. Fue una linda forma de pulverizar aquel diez en diez. Mirá si me hubiera imaginado a los 17 que eso iba a desaparecer el día que tuviera la familia que no sabía que podía tener.
—Y algún día vas a ser un abuelo que no te imaginás ser.
—Si es que los chicos quieren tener chicos.
—En tu casa no existe eso de “vas a ser esto”.
—No. En mi casa es: hacé lo posible porque tu alma sonría. Después es tu aventura.
—Buscar la felicidad.
—Sí, aunque no la encuentres, pero que el último día de tu vida te agarre caído hacia adelante, arañando fuerte para llegar a eso que querés.
—¿Te pasó eso de no tener ganas de levantarte de la cama?
—Estoy seguro de que nos pasa a todos. A veces pasa y es bueno decir: “Che, pasa”. Todos tenemos un momento de la vida en que nos cansamos, nos acostamos y no nos queremos levantar. A todos nos pasa en algún momento y si podés guardar la calma y sentir que, con el esfuerzo que puedas, el agua puede bajar, baja. Tenés que pedir ayuda. A veces te agarrás de la mano de tu compañera, de tus amigos, de tu familia, a puro mimo y tratamiento el agua baja. Pero no hay que quedarse solo porque eso te lleva a un lugar que parece no terminar nunca.
—Poder pedir ayuda es súper importante.
—Sí. Naturalizamos tantas cosas terribles que de golpe pasan los días y no tuviste un buen día, y cuando te querés dar cuenta estuviste con mal ánimo durante mucho tiempo. El ser humano es capaz de acostumbrarse a un infierno y sentir que todo es normal, por eso hay que pedir ayuda.
—¿A quién le pediste ayuda?
—A todo el mundo. María se dio cuenta, me dijo “vení para acá”, nos pusimos a hablar y después todo mi mundo estuvo a disposición, como yo me pongo a disposición de mi mundo.
—¿Y te acompaño algún profesional?
—Sí, claro. Es necesario. No me gusta esa idea de “voy al psicólogo” o “voy al psiquiatra”. Es ayuda profesional. Te sale una mancha y vas al médico, te duele la panza y vas al médico. Bueno, si tenés una tristeza que se extendió más de lo normal, también hay que buscar ayuda. La cabeza es mucho más delicada que todo el cuerpo.
—Cada vez estamos hablando más de salud mental.
—Sí, son temas que se van poniendo sobre la mesa. Hay personas que están atravesando un trastorno o una depresión severa y no te das cuenta. Por eso hay que estar atento al otro, no para decirle “te comprendo”, sino a veces con una sonrisa, un abrazo, un “¿todo bien?”.
—Estar.
—Sí, estar para el otro.
—Todos podemos estar ahí. Si no estuvimos, podemos estar.
—Si tenés que elegir una para siempre ¿mar o montaña?
—Lo que pasa es que hay lugares en el mundo que tienen el mar al lado de la montaña.
—¿Saxo o piano? Te la respondo yo: saxo.
—Saxo, dale, sí. Está muy bien.
—¿Escribir de madrugada o de mañana temprano?
—De madrugada. En la madrugada vienen todas las musas.
—¿Y a la mañana cómo funcionás?
—Me levanto temprano.
—Hombre de teatro.
—Sí, hombre de 50 años (Risas). Me levanto temprano, después puedo seguir durmiendo, pero te prometo que me levanto.
—Tu peor defecto como pareja.
—No saber escuchar.
—Mira qué reconocimiento.
—Uno a veces pone todo el empeño en escuchar creyendo que lo está haciendo muy bien. Escuchar es un arte. Y a veces sabés escuchar tanta intrascendencia y te perdés de escuchar bien a quien amás.
—Algo en lo que María tenía razón y vos no.
—En todo. Hay que poder reírse, no tiene que ser todo traumático. Donde hay amor, las cosas no son traumáticas.
—¿Pudieron reírse hasta último momento?
—Nos vamos a seguir riendo.
—Bien jugado. Una cosa que la fama te arruinó.
—Nada, al contrario, me llenó de regalos.
—¿El ego estuvo acomodado siempre?
—Nunca está acomodado el ego. Es como querer domar el viento: va, viene, a veces se porta bien y otras, horrible. No domás nunca el viento.
—¿Hay algo que no te perdones?
—Sí, varias cosas. No podría contar.
—Una cosa que tus hijos cambiarían de vos.
—Casi todo. Te lo prometo, Tati. Te estoy hablando con el corazón en la mano. Los hijos contradecimos casi todo de nuestros padres.
—¿En qué momento le dijiste a India, por ejemplo, tenés razón en lo que me estás diciendo?
—Arrancaron temprano con argumentos que me dejaban pensando. A mí no me gusta ganar porque sí un argumento. No quiero tener razón: quiero que escuches mi razón y me des la tuya. Pero a veces tu razón es más entendida que la mía. Con los chicos pasa que un día tienen argumentos que te enorgullecen porque tienen razón y vos estabas diciendo una pavada. Me pasa muy temprano en casa. Insólitamente temprano. Yo lo esperaba mucho después.
—¿Y se los reconocés en el momento?
—Sí o no, pero siempre lo reconozco. Nunca es tarde. India se reía porque cuando la mandaba al cuarto en penitencia, a los cinco minutos abría la puerta y me decía: “¿Qué hacés acá?”. “Vengo a estar en penitencia con vos”.
—Lo voy a tomar prestado el “vengo a estar en penitencia con vos”. ¿Me lo compartís?
—“Vengo a estar en cana con vos”, así se lo acuerda India.
—¿Te costó más decir que no o aprender a que te digan que no?
—Me cuesta un montón decir que no, pero hace unos diez años entendí que es una muy buena cualidad. No es solamente decir que no: es ser claro, no ser ambiguo y poder decirlo claramente no ofende al otro.
—¿Qué cambió?
—Entender el no. Que no sea un no abstracto, sino un no que tiene contenido.
—¿Alguna vez alguien quiso salvarte y vos no lo dejaste?
—No.
—¿Y al revés? ¿Vos quisiste salvar a alguien que no se dejó?
—No. Qué lindo poder decirte que no en las dos. La gente que me ayudó me salvó y son contados, los tengo en mi alma para toda la vida. Pero no me pasó de querer ayudar a alguien y que no se deje ayudar.
—Mucha gente te escribió por temas de salud y que siempre te pusiste a disposición.
—Los hijos de uno son hijos de todos y el padre de uno es el padre de todos. Mi viejo murió en 2017, entonces, cuando veo a un padre de la edad que tendría el mío, o a una persona de mi edad con su padre, me gusta decirle: “Che, ¿te puedo dar un abrazo?”. Porque el papá de uno es papá de todos.
—¿María va a ser familia para siempre?
—No va a ser: ya es, desde que la conocí.
—¿Podés llegar a volver a enamorarte?
—¿De quién? ¿De María? Estoy enamorado.
—De otra persona.
—No busco. Cada uno con su librito y el mío lo escribo yo. Estoy tan feliz con lo que siento por ella que es una pregunta que no se me cruza por la existencia. Me gusta cómo escribo mi libro.
—Espero ansiosa el próximo capítulo.
—Bueno, lo vas a tener acá.



