El retiro que nos rompe el corazón: cómo Lionel Messi superó las críticas feroces y conquistó la gloria eterna
Ya está. Por desgracia ahora sí. Lionel Messi deja la Selección argentina después de 21 años. Se va sin ninguna deuda. Cubierto de gloria, habiendo alcanzado todos los títulos posibles. Campeón del mundo, dos veces subcampeón del mundo, doble campeón de la Copa América (otras tres finales), Finaliss
Ya está. Por desgracia ahora sí.Lionel Messideja la Selección argentina después de 21 años. Se va sin ninguna deuda. Cubierto de gloria, habiendo alcanzado todos los títulos posibles. Campeón del mundo, dos veces subcampeón del mundo, doble campeón de la Copa América (otras tres finales), Finalissima, medalla dorada en los Juegos Olímpicos, campeón del mundo juvenil. Sería ridículo subrayar que en cada uno de estos logros su participación fue vital, indispensable.
A pesar de ese palmarés abrumador hay que recordar que su paso por la Selección no siempre fue pacífico ni generó el consenso del que goza desde Qatar. Hubo silbidos en la Copa América 2011, críticas en varios momentos, cuestionamientos, rezongos y comparaciones injustas con lo que hacía en el Barcelona y con Diego Maradona. Alguna vez su hijo Thiago, ante un viaje para disputar una fecha de Eliminatorias, le preguntó: “Papá ¿Por qué seguís yendo si allá no te quieren?”. Pero Messi viajó cada vez. Cruzó el Atlántico con la ilusión de conseguir esos títulos con la Selección mayor que le resultaban esquivos. No se iba a permitir bajar los brazos. Lo seguiría intentando, dejaría todo. Alguna vez declaró que ese era el ejemplo que le debía dar a sus hijos y a los jóvenes que lo tenían como referente. No detener la búsqueda, no abandonar, dar todo hasta el final.
Y al final llegaron todas juntas las alegrías.
Lionel Messi fue campeón del mundo en Qatar 2022 (Foto: AP/Martin Meissner)
No es necesario recurrir a las estadísticas para entender, para descubrir, la dificultad suprema que enfrenta Argentina en los siguientes pasos. La pregunta ¿Cómo reemplazar a Messi? admite una sola respuesta: no hay forma de hacerlo.
Goles, asistencias, liderazgo, respeto reverencial en los rivales. Todo eso aportó durante más de dos décadas. Pero él, en cancha, con nuestra camiseta, aportaba algo más difícil todavía, algo casi inefable.
Messi logra algo que parece imposible. Pero sucede en cada espectador, en cada hincha propio o del rival. Sin importar el lugar de la cancha en que tome contacto con la pelota, a todos nos recorre la sensación de lo inminente. Siempre puede pasar algo. ¿La agarra de espaldas a metros de su área? Puede terminar en gol. ¿Cerca del arco rival? Lo más probable es que sea gol. ¿Sobre la derecha? Pobre el lateral izquierdo contrario. ¿Contra cinco rivales? Los va a dejar en ridículo. Tal vez su mayor característica es que genera ilusión –de gol, de belleza, de milagro- cada vez que agarra la pelota. Tanto es así que nadie se sorprendió cuando en Qatar arrastró a Gvardiol a lo largo de 50 metros, completando la checklist de todas las gambetas posibles del fútbol. Messi pulverizó nuestra capacidad de asombro. O cuando después de mil amagues hizo un pase con una trayectoria inverosímil contra Holanda. O cuando abrió el partido contra México y sacó al equipo de terapia intensiva. O cuando pasó como postes, en un slalom digno de 2009/2010, a cinco australianos, rozagantes pero desorientados. O cuando fue determinante en cada partido que disputó en 2026 con 39 años. En el debut, en los restantes partidos clasificatorios, en cada instancia eliminatoria. Y la enumeración podría ser infinita.
El rosarino superó todas las críticas (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
Hay una imagen de una cámara de campo que no salió en la transmisión oficial de los festejos de los jugadores argentinos después del empate de Enzo Fernández frente a Inglaterra. De Paul discute con un rival, a los gritos. Una de esas peleas típicas del volante, que le sirven para envalentonarse y para que los demás lo odien. De pronto se ve a Messi que cruza la mitad de cancha, ya listo para volver a jugar y le grita a su amigo. Parece que lo reta, que le ordenara que se calle, que se concentre en lo que viene. Pero no. Messi le grita, urgido, imperativo, otra cosa: “¡Dámela, dámela, dámela a mí!”. Falta muy poco para que termine la semifinal mundialista y él, a pesar del cansancio, de los partidos acumulados, de los tiempos suplementarios jugados, de la tensión insoportable del momento, iba por más. Y él quería ser quien liderara la remontada. Y, una vez más, lo hizo. Ya había dado la asistencia del primer gol y en el minuto 92, desbordó a dos jóvenes -dos colosos físicos: uno recién ingresado exactamente para que Messi no desbordara por derecha y 16 años más joven- y metió un centro perfecto, imposible, soñado, para que Argentina derrotara a Inglaterra -con todo lo que eso significa- y llegara a una nueva final mundialista -con todo lo que eso significa-.
No siempre se tiene en cuenta esa voracidad de Messi, su ambición desmesurada por la victoria, porque sus gestos son serenos, porque no suele perder la calma, porque nunca recurre a gestos demagógicos.
Por eso, con ese deseo irrefrenable por ganar es más valorable todavía la hidalguía que demostró cuando le tocó perder. Messi sabe ganar como nadie y también sabe perder (y nunca dejó que una derrota le sacara las ganas de ir por más: la vez que renunció después de la tercera caída consecutiva en una final, regresó con más ganas pocos meses después)
Después de la última Copa América, muchos se preguntaban cuál sería el rol de Messi durante el Mundial. Si entraría en los últimos 30 minutos, si por primera vez en su carrera no completaría los partidos y sería cambiado al promediar el segundo tiempo. Lo que nadie en su sano juicio podía suponer es que su influencia sería tan aplastante. Messi, pese a la elección oficial de Rodri después de la final, fue por escándalo el mejor jugador del Mundial.
Esta renuncia, aunque dolorosa y difícil de asimilar, es razonable. Su aporte en el último tiempo superó cualquier expectativa. Es más, antes del Mundial 2022, la FIFA no lo había puesto entre los 30 mejores jugadores de la temporada anterior. Una aberración, una falta de sentido común, que Leo reparó en el caluroso diciembre de Qatar.
Messi jugó un Mundial 2026 descomunal (Foto: AP Photo/Mike Stewart)
Eran muchos en Argentina los que creían que por primera vez en muchos mundiales, la Selección viajaba en 2022 sin el mejor del mundo en su plantel. Aunque se pudiera discutir el nombre del monarca de ese año, casi nadie lo ponía a Messi en el podio. Pero a él no le importó. Y hasta su última actuación internacional, la del Mundial 2026, demostró que mientras él esté en una cancha, nadie será mejor que él.
Un apogeo extraordinario. Nadie dominó un deporte de conjunto durante más de dos décadas. Messi lo hizo. Nadie razonable puede creer que esta hazaña vuelva a suceder.
Otra característica de Leo. Con los años fue agregando virtudes a su juego. Siempre le pegó bien a la pelota, pero en sus primeras temporadas no le pegaba cómo lo hizo en los últimos tiempos. La estadística de goles de tiros libres está para demostrarlo. Le sumó panorama, generosidad, visión de juego (cuando habla de táctica es sorprendente cómo entiende el juego y sus diferentes facetas, las que involucran al resto, a los mortales). Su rendimiento físico mermó naturalmente por la edad pero él se encargó de suplirlo con otras virtudes adquiridas en el camino. Sin el menor lugar a dudas su crecimiento más notable (y acaso más sorpresivo) fue en el liderazgo. Muchos afirmaron que él nunca podría ser un líder. Se lo veía demasiado retraído para hacerlo. Se equivocaron. Comandó este grupo con amabilidad, gobernando con el ejemplo, obligando a los compañeros a que lo bajaran del póster. Un liderazgo a contracorriente del mundo actual, que no busca privilegios, que no genera grieta.
La carta con la que Lionel Messi anunció su retiro de la Selección argentina (Foto: IG/@leomessi)
Una década atrás tampoco nos hubiéramos imaginado a un Messi sensible, llorando en público. En estos últimos tiempos vimos sus lágrimas de alegría, de emoción, de dolor, sin vergüenza para expresar sus sentimientos.
En esa evolución futbolística Messi logró una transformación, a la vista de todo el mundo, que no recuerdo haber visto ni el deporte ni en ninguna otra disciplina. Si siempre fue un genio futbolístico, termina su carrera internacional convertido en un sabio.
La pregunta que surge es sobre el futuro de la Selección. Se supone que por lo dicho tras la final, sumado a la decisión de Messi, Scaloni cada día está más lejos de continuar. Su sensatez será difícil de reemplazar. Habrá orfandad. Es inevitable. Nos pasó cuando Diego dejó de jugar, le pasó a Brasil tras el retiro de Pelé: es la contraindicación de disfrutar a los genios.
De todas maneras hay muy buenos jugadores, con experiencia, que continuarán con el legado y muchos jóvenes que reclaman lugar -no solo los que fueron al Mundial y no jugaron tanto como Nico Paz y Valentín Barco, sino muchos otros que sumarán al grupo en las siguientes convocatorias-. Todos tienen el camino allanado por la perseverancia de Messi estos veinte años que nunca abandonó. La de Argentina es una camiseta muy prestigiosa, un lugar que todo el mundo quiere ocupar. Qué otra cosa puede aspirar un jugador que seguir la estela de Messi, que pisar la huellas que él dejó marcadas. Nadie dice que será fácil lo que viene. Va a haber momentos de desconcierto, de desamparo. Pero existe el material y el marco para la reconstrucción.
Messi fue héroe ante Inglaterra, uno de los últimos logros que le faltaba conquistar con la Selección argentina (Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
Otro efecto colateral de este retiro internacional del mejor de la historia es que puede ser un empujón para que Chiqui Tapia pierda fortaleza, para que su presidencia del fútbol argentino tenga fecha de extinción. Messi -su grandeza, sus logros, su búsqueda permanente por la excelencia- fue el involuntario escudo del que Chiqui sacó provecho durante estos últimos años. Si el funcionamiento de la Selección -dentro y fuera de la cancha- fue excepcional desde 2019 en adelante, el fútbol local sufrió una degradación abismal desde todo punto de vista: competitivo, de organización, de arbitrajes, de claridad administrativa y financiera. El presidente de la AFA es, naturalmente, uno de los grandes responsables. El fútbol argentino necesita recuperar algo de razonabilidad y justicia.
Este retiro de Messi, su primer retiro, no sorprende pero nos rompe el corazón. Nos recuerda que ya no lo veremos jugando para la Selección. Nos recuerda, también, lo felices que fuimos en estos 21 años, lo felices que nos hizo.
Durante muchas jornadas de gloria nos convirtió, sin metáfora ni exageración alguna, en el pueblo más feliz del mundo.