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Cultura

El aullido de María Luisa Manassero, en una muestra que recupera sus últimos años

Una mujer aprisionada, tal vez por el hogar, la rutina o los mandatos. Una obra que revela, en ese aullido, el dolor contenido. Una mujer. Una vida. O muchas. El viento sopla las hojas secas sobre Sánchez de Bustamante al 2400, algunos transeuntes parecen acompañar ese movimiento y se pierden en otr

Cadena LáserVía Infobae7 min de lectura
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El aullido de María Luisa Manassero, en una muestra que recupera sus últimos años
En el centro

Una mujer aprisionada, tal vez por el hogar, la rutina o los mandatos. Una obra que revela, en ese aullido, el dolor contenido. Una mujer. Una vida. O muchas.

El viento sopla las hojas secas sobre Sánchez de Bustamante al 2400, algunos transeuntes parecen acompañar ese movimiento y se pierden en otras calles, más allá, ensimismados en olvidar el frío. Otro se detienen. Uno, dos, tres segundos. Observan. Señalan hacia el interior, donde una mujer desnuda, de rodillas, de apariencia algo enfermiza, lanza un grito enjaulado.

Contemplan a Atrapada, una pieza escultórica de esas que nos remiten a una experiencia personal y universal a la vez, y en tanto actual. Presente.

La pieza se encuentra dentro de jaula de pájaro suspendida desde el techo. Tiene algo de expresionista, detrás, se le pueden contar las costillas y difiere, en el sentido estético, del resto de las obras de la muestra El peso del despegue, la primera exhibición póstuma en torno a María Luisa Manassero (Buenos Aires, 1929–2019), que reúne obras desde la década de 1980 a principios de los 2000.

En sí, la exhibición, en galería La Pipa curada por Olivia Azpiazu, Lucía Ramundo y Antonella Bonanata, está dividida en dos periodos, mientras en la planta baja se encuentra El peso del despegue, en el subsuelo, Una historia que todavía.

La escultura

Atrapada rompe con un patrón en común que recorre a las obras de Manassero, en el formato que sea: cierta opulencia de los cuerpos, una manifestación de lo desmesurado, pero más cercana a las curvas en algunos Gorriarena que los obesos de plantilla de Botero.

El peso del despegue, explican a Infobae Cultura, revela la etapa de libertad material y expresiva de la artista, pero también el momento en que su obra se volvió más dura en su crítica al poder, a la vida doméstica y al lugar de la mujer. Así, a través de pintura, dibujo, escultura y cerámica se reintroducen un abanico de procedimientos que “concentra motivos presentes a lo largo de toda la trayectoria de Manassero”.

“La muestra intenta reivindicar el lugar de Manassero dentro de la historia del arte argentino, a partir de vínculos estilísticos, afinidades con artistas de su tiempo y los espacios en los que expuso”, dijo Ramundo, sobre la artista que tuvo individuales entre los ‘70 y ‘90, y partició en colectivas junto a Mildred Burton, Edgardo Giménez, Marta Minujín, Margarita Paksa, Miguel Ángel Bengochea y Pablo Suárez, entre otros, y cuya obra forma parte de colecciones privadas de Argentina, México, Brasil, Estados Unidos e Israel.

La expo forma parte del Proyecto María Luisa Manassero, que apunta a evitar un destino frecuente de muchas artistas tras su muerte, el de una presencia finita en algunas líneas en los libros y que se desvanecen de la circulación pública y, por ende, de su diálogo con las temáticas actuales.

La muestra revela su crítica al poder, a la vida doméstica y al lugar de la mujer

La primera parte de la exposición, El peso del despegue, se sostiene a partir de piezas que “en su mayoría convivieron durante años en su casa-taller y casi no habían circulado fuera de ese ámbito”, comenta Azpiazu, nieta de la artista, y quien desde 2023 lleva adelante el Proyecto de restauración, preservación, relevamiento, catalogación y de la documentación que Manassero produjo y conservó durante su trayectoria profesional.

En ese sentido, sostuvo que, salvo la pintura La sopa de la cazada (1983), exhibida en 1987 en Galería Centoira, el resto del conjunto no tiene registro de haber sido mostrado antes en otro espacio.

El óleo, de grandes dimensiones, en el que se observa “este cuerpo gigante sostenido en unos zapatitos tan chiquitos”, que parte de una serie de pinturas llamadas cazadas y cazadores, se observa la recurrencia de algunos elementos de Manassero: la luna, las figuras de perfil, el desnudo, el contraste entre una cara luminosa y otra oscura. El contraste como forma y método.

Azpiazu situó ese último período en un momento de estabilidad personal de la artista, ya que no cargaba con “la presión de demostrar su dominio técnico ni con la obligación de vender para sostenerse”, y vinculó esa situación con una producción más suelta, más expresiva y, al mismo tiempo, más cruda en su contenido.

En la obra de Manassero, lo biográfico cobra un valor particular, ya que su expansión como artista comienza a gestarse cuando logra separarse en 1974, para “ser una de las primeras mujeres en pedir el divorcio” cuando se promulgó la ley en 1987.

Tras ese quiebre comenzó a cerrar el balcón de su departamento, vender artesanías, siguió estudiando y daba clases mientras preparaba su primera muestra individual de peso de bronces batidos en Galería Ática (1974), a la que siguieron puestas en Galería Vermeer (1976) y Galería Gordon (1977), donde presentó la escultura Lágrimas y frutos (1977), obra con la que obtuvo el premio del XXI Salón de Tucumán.

Manassero comenzó dando clases en escuelas primarias y secundarias públicas mientras vendía pequeñas piezas, en especial objetos en alpaca, collares y pulseras en Galerias Jason de Belgrano, pudo con ese sostén abrir otra casa y montar un taller propio, donde llegó a tener 250 alumnos, en una escuela que ofrecía composición, dibujo, pintura, historia del arte y otras materias.

En esa lectura, la libertad de la vida privada no suavizó su obra, sino que fue “más cruel o más políticamente cruda”, con imágenes más directas y una crítica más frontal. “ Con toda esa liberación, ella comienza una obra como de poder, sin tapujos, donde expresa el horror de las cosas”, afirmó Azpiazu.

“ Con toda esa liberación, ella comienza una obra como de poder, sin tapujos, donde expresa el horror de las cosas”, afirmó Azpiazu.

Por ejemplo, mientras en Globalizados, una instalación en la que unas piernas cuelgan y sobre un piso de tierra se encuentran zapatos y botellas de plástico, se define un momento reciente (y muy actual) de la sociedad argentina, realizada post crisis del 2001, en la escultura La tragada se condensa la centralidad de la vivienda en el universo simbólico de la artista, la casa que fue “su cárcel y su liberación a la vez”.

Ya en el subsuelo, donde se encuentra Una historia que todavía, se reconstruye una parte del proyecto expositivo Historias negras, historias rosas, realizado en 1984 en la Galería Centoira, a partir de un conjunto de documentos originales, hallados en la Colección Miguens.

Para esta recorte se presentan dibujos en lápiz de color, tinta y grafito, además de collages con recortes de diarios que remiten al contexto político de la posdictadura en Argentina, donde la crítica política adquiere un carácter más explícito y se refleja en composiciones cargadas de gestualidad.

En el subsuelo se encuentra

La serie marca un desprendimiento del tecnicismo y de la ruptura con una figuración más académica, revelando una apertura formal que luego se profundizaría en trabajos posteriores. En esta segunda sala, más pequeña y de techo bajo, se resalta la potencia de las obras, pero con el suficiente aire como para centrarse en cada una.

Figuras difusas, de rostros apenas reconocibles en algunos casos, como borramientos -como técnica y metáfora- se reúnen en cuadrículas, números que irrumpen y marcan el ritmo, figuras militares reconocibles por la gorra y la postura van surgiendo, todos indicios de una época, como quien denuncia lo invisible, donde lo macro ingresa a lo cotidiano por las rendijas y se hace tan presente que terminan construyendo la realidad.

También hay referencias a recortes donde se nombra a Margaret Thatcher, al sida, a secuestros y a escenas de opresión, elementos que las curadoras leen como señales de un momento en el que la artista fue “más directamente cruda” con lo que representaba.

María Luisa Manassero

Esa crudeza se combina con motivos persistentes en su obra: el lugar de la mujer, el poder y la figura masculina. Donde la artista buscaba formular una crítica incisiva de su presente, también se observa una relación física de tensión con el papel, con el tiempo invertido en cada cara y con el pasaje hacia una línea más abierta.

“Deseo suprimir la menor distancia que se interponga entre mi trabajo y el espectador. La crisis del mundo actual nos involucra a todos y es por eso por lo que nadie debe quedar ajeno al juego de la verdad”, escribía Manassero, en un texto del ‘84.

Una mujer enjaulada, que grita. Un aullido hecho pintura, escultura. Una mujer que, en una cruda tarde de invierno, se revela al público. Una mujer. O muchas.

*El peso del despegue y Una historia que todavía, en Galería La Pipa, Sánchez de Bustamante 2497, CABA. De miércoles a viernes de 11 a 21 h; se pueden concertar visitas para otros días mediante cita previa. Entrada libre y gratuita.

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