Paco Aguado
Bilbao, 29 ago (EFE).- Las Corridas Generales de Bilbao se cerraron hoy, además de con otro lleno en los tendidos, con el triunfo de Daniel Luque, que cortó sendas orejas -y aún se le pidió una tercera- a su lote de toros, pero también con cinco naturales de oro de Morante de la Puebla en el único momento de toreo auténtico y hondo de la tarde.
Con esa gran entrada, aun sin llegar al "No hay billetes" del viernes, el ciclo bilbaíno de 2026 ha terminado por marcar en la ciudad un claro repunte de afición que llegó hoy atraída por el reclamo de Morante, sin que, a falta de un lote mínimamente propicio, el sevillano pudiera corresponder más que, ante su primer toro, con esos detalles de mayor torería y trascendencia de la tarde.
Porque el triunfo de Luque, con esas dos orejas que el público pidió que fueran tres, vino por otra vía, meritoria pero de menos calado, en tanto que se basó enteramente en el oficio y en la habilidad para lograr mover a dos astados de raza muy medida en unas faenas que se jalearon con gratitud por la concurrencia aunque sin llegar a niveles mayores.
La primera oreja se la dieron de un segundo "garcigrande" que en varas ya comenzó a buscar la huida hacia tablas, justo donde Luque aceptó pasarlo sin exigirle de más, con cites sesgados para que el animal no llegara aburrirse y pasara por allí lo justo para granjearle ese primero trofeo, eso sí, tras una soberbia estocada volcándose en el morrillo.
La otra se la llevó del quinto, un toro noble pero muy medido de raza que acometió con muy poco celo tras los engaños ya desde el personal quite, con el capote cogido a una mano por la esclavina, que le cuajó el torero de Gerena antes de brindar a los monosabios de la plaza, en homenaje a su compañero Jesús Sanjuán, herido de gravedad la tarde anterior.
Tampoco este otro trasteo de Luque tuvo demasiada enjundia en lo fundamental, pues no pudo "apretar" nunca al de Garcigrande sino que se limitó a moverlo a media altura y, tapándole la vista con el engaño, también a redondearle mucho el trazo en los remates de cada tanda, que fueron los que más llegaron al tendido.
Fue faena corta, con el astado venido pronto abajo, pero culminada con otro efectivo espadazo que desató la desmedida pañolada en petición de un doble trofeo que el presidente, con firme y buen criterio, acabó dejando en el único que merecía en realidad: el que corresponde a la voluntad popular.
En cambio, la mayoría de los espectadores que casi llenaron el coso bilbaíno salió decepcionada con la actuación del esperado Morante de la Puebla, que, con un lote muy bajo de raza, no tuvo mimbres para hacer cestos... pero sí para dejar, con abismal diferencia, los mejores muletazos de la tarde.
Sólo cinco, porque no hubo opción de más, pero tan soberbios, tan deslumbrantes, por templados, hondos y deletreados, que provocaron los roncos olés de los auténtico aficionados en ese primer turno de la corrida, con un toro de buenas hechuras sólo que con la raza y la fuerza medidas,
La paciencia, la colocaciòn y el buen trato que Morante le dio con la muleta, poniéndole todo a favor al animal para que rompiera a embestir medianamente tras el engaño, tuvieron como resultado, ya medida la faena, esos cinco naturales de dormido pulso que, aun de uno en uno, sin posible ligazón, valieron su peso en oro por su rotunda verdad.
Y no hubo más. Ese primer de su lote no dio más de sí que ese último esfuerzo impensable y el cuarto, sin clase ni raza algunas, se paró desfondado a las primeras de cambio, lo que muchos tomaron, erróneamente, como el efecto de un excesivo castigo en varas ordenado por Morante pero que no fue tal.
El único ejemplar realmente bravo de la corrida fue el que en principio iba destinado como sexto, pero que se acabó jugó como tercero al devolverse a los corrales el titular Y fue un fino y hechurado cinqueño, de mayor volumen y apretado y cornivuelto de pitones que descolgó su largo cuello a ras de suelo desde el primer capotazo hasta el último pase de muleta.
A pesar de la inconcreta lidia que se le dio en los primeros tercios, el colorado de Garcigrande acabó, con su profunda calidad, poniendo un clarísimo y rotundo triunfo en manos de un Borja Jiménez que, por falta de asiento y de sinceridad, no llegó ni a rozar en ningún momento.
Porque en vez de llevar realmente guiadas y en toda su dimensión tan excelentes embestidas, el rubio sevillano buscó desde el principio el refugio de la pala del pitón o las pasó despegadas y en trazos demasiado cortos, dentro de un empeño deslavazado que fue cayendo progresivamente, aun con las virtudes del astado en extendida duración.
Ya con el último, el que figuraba como sobrero y, por tanto, de más fea lámina, Jiménez se alargó en otro empeño inconcreto, sin acabar de dar con la clave para aplacar ciertas complicaciones, ninguna insalvable, de un toro que, antes de desentenderse, aún tuvo algunas arrancadas más que estimables.
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FICHA DEL FESTEJO:
Seis toros de Garcigrande, el sexto como sobrero al devolverse el tercero por partirse los dos pitones contra la arena, de correcta presencia, bajos de agujas y de buenas hechuras, sin exceso de volumen. Salvo al sobrero, cinqueño, que embistió con gran calidad y entrega, al resto, aun manejables, les faltó más raza y celo en los engaños, alguno directamente rajado.
Morante de la Puebla, de canela e hilo blanco: pinchazo y estocada desprendida (ovación); pinchazo y estocada trasera atravesada (algunos pitos).
Daniel Luque, de lila y plata: estocada (oreja); estocada trasera caida (oreja con petición de la segunda y dos vueltas al ruedo).
Borja Jiménez, de blanco y oro: pinchazo y estocada contraria delantera (ovación); estocada delantera desprendida (ovación).
Sexto y último festejo de las Corridas Generales, con casi lleno en los tendidos (unos 13.000 espectadores), en tarde menos calurosa y sin viento.
EFE
pa/ess
(foto)