
Tener un buen descanso es fundamental para nuestra salud, motivo por el que hay que darle importancia a dormir bien. Durante el sueño, el organismo lleva a cabo numerosos procesos biológicos esenciales para nuestro bienestar físico y mental.
Sin embargo, hay numerosos expertos que afirman que también tiene una gran influencia en el peso corporal. Esta relación ha sido analizada en diferentes investigaciones. Una de las últimas ha sido publicada en el International Journal of Obesity y ha contado con la participación de investigadores de varias instituciones y países, entre ellas el Harvard Medical School.
El estudio analizó los hábitos de sueño de 10.572 personas, con una edad media de 63 años. Los participantes llevaron un acelerómetro durante una semana para registrar la duración de su sueño y los investigadores analizaron cuánto variaba entre unas noches y otras. Posteriormente, compararon estos datos con dos mediciones del índice de masa corporal (IMC) realizadas con una separación media de 2,5 años.
La influencia del sueño en el peso
Los resultados mostraron que las personas que presentaban una mayor variación en la duración de su sueño entre unas noches y otras experimentaban un mayor incremento del IMC. En concreto, quienes tenían una variabilidad superior a 60 minutos registraron un aumento del IMC de 0,24 kg/m² superior al de aquellos cuya duración del sueño variaba 30 minutos o menos, tomando como referencia un periodo de tres años.
Además, este grupo presentó un 80 % más de riesgo de desarrollar obesidad durante el seguimiento. Los investigadores llegaron a estas conclusiones después de ajustar los resultados teniendo en cuenta diferentes factores sociodemográficos, el trabajo por turnos y el IMC inicial.
La relación también se mantuvo cuando incorporaron al análisis otros aspectos relacionados con el estilo de vida, las enfermedades previas y otros factores del sueño, incluida la duración total del descanso. El estudio tampoco encontró que esta asociación cambiara de manera relevante en función de la edad, el sexo, el IMC inicial o la predisposición genética.
De esta forma, los resultados apuntan a que no solo importa cuánto se duerme, sino también la regularidad con la que se mantienen los horarios de sueño.
Hábitos que pueden ayudar a dormir mejor
Mantener unos hábitos de sueño adecuados repercute directamente en la calidad del descanso. Una de las recomendaciones más habituales es establecer unos horarios regulares para acostarse y levantarse, intentando mantenerlos también durante los fines de semana. De esta forma, se favorece una rutina que puede facilitar la conciliación del sueño.
También es importante prestar atención al entorno. El dormitorio debería ser un espacio tranquilo, oscuro y con una temperatura agradable, mientras que conviene evitar el uso de dispositivos electrónicos justo antes de acostarse, ya que pueden dificultar la relajación.
La alimentación y el ejercicio también pueden influir en el descanso. Realizar actividad física de forma habitual puede favorecer la calidad del sueño, aunque es preferible evitar el ejercicio intenso justo antes de irse a la cama. Del mismo modo, las cenas muy abundantes, el alcohol y las bebidas con cafeína pueden interferir en el descanso, especialmente cuando se consumen cerca de la hora de dormir.