Las investigaciones sobre rostros infantiles indican que los rasgos de bebé captan atención, activan la recompensa y refuerzan la motivación de cuidado. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Este fin de semana compré en una pequeña tienda de antigüedades unos muñecos Kewpie, una verdadera reliquia de porcelana de 1900.

Son bebés, redondos, sonrientes y tienen expresión entre angelical y traviesa. Sus ojos miran ligeramente hacia un costado o para arriba en forma displicente, se nota que quien los creó sabía que los bebés son los reyes del mundo. Por algo Freud los llamaba “his majesty the baby“: por lo que convocan en nuestro psiquismo.

Los Kewpie aparecieron por primera vez en 1909 en la revista Ladies’ Home Journal. Su nombre proviene de Cupid, Cupido en inglés. Su creadora, Rose O’Neill, fue una ilustradora, escritora y militante sufragista estadounidense. Decía que estos personajes hacían “buenas obras de una manera divertida”: ayudaban a los niños que lloraban, a huérfanos y a personas que atravesaban toda clase de problemas.

Su popularidad fue tan grande que, en 1912, comenzaron a fabricarse como muñecos de porcelana en Alemania. Más tarde se hicieron en celuloide y se convirtieron en uno de los primeros juguetes producidos y comercializados masivamente durante el siglo XX.

El vínculo con un bebé real requiere tiempo, redes de cuidado y revisión de expectativas para reconocer su subjetividad más allá de la ternura que despiertan sus rasgos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los rasgos que caracterizan a los Kewpie no son improvisados; la ilustradora, según se sabe, parece haberse inspirado en su hermanito menor.

En 1943, el etólogo austríaco Konrad Lorenz llamó Kindchenschema —“esquema del bebé” o “esquema infantil”— a un conjunto de características corporales que suelen despertar en las personas adultas respuestas de ternura, protección y cuidado: una cabeza grande en relación con el cuerpo, frente amplia y redondeada, ojos grandes, mejillas prominentes, extremidades cortas, cuerpo redondeado, piel suave y movimientos algo torpes. El esquema del bebé designa el grado en que estos rasgos están presentes.

Por eso también pueden producirnos ternura ciertos animales, personajes animados o muñecos de peluche. Los Kewpie reúnen y exageran casi todos esos rasgos.

Hace poco se viralizó un reel donde una joven sostenía el bebé de otra mujer y, llorando, decía “ahora necesito uno”. Es difícil no quedar subyugado ante los bebés y que no tomen el protagonismo por completo en cualquier escena.

El bebé imaginado empieza a existir antes del nacimiento a través de fantasías familiares, nombres, rituales y expectativas sobre su lugar en la vida y el linaje. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lorenz afirmaba que estas características funcionaban como una señal capaz de despertar en las personas adultas una respuesta de protección. Investigaciones posteriores encontraron que los rostros infantiles captan especialmente la atención, activan zonas cerebrales vinculadas con la recompensa y son percibidos como más tiernos. Cuando esos rasgos se acentúan experimentalmente, también aumenta la disposición expresada por las personas a acercarse y cuidar.

Eso es lo que se denomina motivación de cuidado: un aumento de la atención, el interés y la inclinación a proteger a quien se percibe como pequeño y vulnerable.

Una revisión reciente advierte que todavía no puede afirmarse con certeza que esta respuesta sea completamente innata, universal ni idéntica en todas las personas. Lo que sí sabemos es que la intensidad de esos rasgos influye en nuestra percepción: los bebés considerados más tiernos tienden a ser vistos también como más saludables y a despertar una mayor motivación de cuidado. Esto puede observarse con claridad en las publicidades, que repiten una y otra vez determinadas imágenes de la infancia.

La disposición a cuidar también está atravesada por la historia de cada persona, sus experiencias infantiles, sus posibilidades emocionales y materiales, los vínculos que la sostienen y las representaciones sociales acerca de la maternidad, la paternidad y la crianza.

El vínculo con un bebé real requiere tiempo, redes de cuidado y revisión de expectativas para reconocer su subjetividad más allá de la ternura que despiertan sus rasgos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Mucho antes del nacimiento existe un bebé imaginado. Se fantasea su rostro, su sexo, su carácter, sus capacidades y hasta aquello que llegará a hacer en la vida. Hoy, las llamadas fiestas de revelación de sexo (o gender reveal parties), los baby shower que se organizan para agasajar a la mamá y ofrecer regalos al bebé que vendrá, se han convertido en rituales de bienvenida en distintos lugares del mundo.

A cada bebé se le busca un nombre, se le atribuyen parecidos, y hasta cuando está en la panza se le adjudican intenciones, y se construyen escenas futuras a su alrededor.

Se preparan sus cosas, su ropa, el cochecito, la camiseta del club de fútbol y hasta sin saberlo, porque es inconsciente, el lugar que ocupará en su linaje.

Ese bebé empieza a existir psíquicamente, a veces mucho antes de ser engendrado y, con seguridad, antes de nacer. Estas fantasías preparatorias suelen formar parte de la disposición afectiva para recibirlo.

El lugar que se le prepara no siempre es únicamente familiar: también puede ser comunitario.

El bebé empieza a existir psíquicamente, a veces mucho antes de ser engendrado y, con seguridad, antes de nacer (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hace pocos días se conoció la noticia del nacimiento de Cassiopée en los Pirineos franceses. Fue registrada en Artigues, una pequeña comuna en la que no se inscribía un nacimiento desde hacía alrededor de sesenta años. La última persona nacida allí había sido el actual alcalde. La llegada de la bebé fue recibida como una señal de esperanza en una población pequeña y envejecida.

Algo todavía más intenso ocurrió con Akyp, nacido en diciembre de 2025 en el pueblo indígena akuntsu, en la Amazonia brasileña. Era el primer nacimiento de la comunidad en más de treinta años. Después de la violencia y los conflictos territoriales que redujeron al pueblo akuntsu a solo tres mujeres, su llegada fue vivida como una esperanza de continuidad y como un símbolo de resistencia.

En ambos casos, el nacimiento desbordó el ámbito familiar. Antes de que esos bebés pudieran saber algo acerca del mundo, una comunidad ya les había otorgado un lugar en su historia y había depositado en ellos deseos de futuro.

Así, cada bebé puede representar la continuidad de una familia o de una comunidad, la posibilidad de reparar algo de la propia historia, la realización de un proyecto o la esperanza de que la vida siga.

El bebé real tiene un cuerpo propio, un temperamento, ritmos, necesidades y maneras de responder que no siempre se parecen a lo esperado (Imagen Ilustrativa Infobae)

Estas fantasías forman parte del modo en que se construye una disposición afectiva para recibir a alguien que todavía no se conoce. El problema aparece cuando no pueden transformarse y dejan poco espacio para encontrarse con la persona real.

Ningún bebé coincide completamente con el bebé imaginado; no cumple con las expectativas, por suerte.

El bebé real tiene un cuerpo propio, un temperamento, ritmos, necesidades y maneras de responder que no siempre se parecen a lo esperado. Puede dormir poco, llorar mucho, tener dificultades para alimentarse o necesitar una atención que nadie había previsto. Puede no calmarse en brazos, no sostener la mirada o no adaptarse a las rutinas imaginadas.

También puede nacer antes de tiempo, con una discapacidad, una enfermedad o una condición de salud inesperada. Puede necesitar estudios, intervenciones médicas o internaciones prolongadas que transformen por completo las primeras escenas soñadas.

Recibir a un bebé supone realizar un trabajo psíquico (Imagen Ilustrativa Infobae)

La distancia entre lo imaginado y lo real puede ser pequeña o volverse abrupta. Cuando lo inesperado irrumpe, pueden aparecer sorpresa, tristeza, temor, desconcierto, enojo, culpa y preguntas acerca del futuro.

Es importante poder hablar de estos sentimientos para metabolizarlos, tanto para los adultos como para las implicancias en el propio recién nacido. El dolor siempre aparece en el derrumbe de una representación previa, en la incertidumbre y en el temor ante un futuro desconocido.

Recibir a un bebé supone realizar un trabajo psíquico: abandonar algunas fantasías para comenzar a conocer a esa persona y hacerle el lugar que merece.

Ese movimiento necesita tiempo y también sostén. Las condiciones materiales de vida, el acceso a la salud, las redes afectivas y la posibilidad de compartir las tareas de cuidado influyen profundamente en ese encuentro.

Recibir a un bebé también supone elaborar expectativas, temores y proyecciones (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sin embargo, todavía persiste la idea de que el nacimiento debería producir una felicidad inmediata y completa porque se ha romantizado especialmente la maternidad. Bajo ese mandato, la tristeza, la ambivalencia o el desconcierto pueden vivirse con vergüenza y permanecer en silencio.

Reconocer esos movimientos afectivos permite comprender que el vínculo no siempre aparece de manera instantánea. A veces necesita construirse en la experiencia cotidiana: sostener, alimentar, mirar, interpretar un llanto, aprender un ritmo y descubrir poco a poco quién es esa persona y quién es uno frente a ella. A veces se requiere de ayuda profesional para impulsarlo.

No es casualidad que se hayan inventado las escuelas para familias: no son tanto para los niños y niñas sino para mamás y papás que requieren trabajar sus expectativas y temores.

El bebé también participa activamente en ese encuentro. Con sus gestos, movimientos, sonidos y formas de responder, convoca, desconcierta, acepta, rechaza e introduce algo nuevo en la vida de quienes lo reciben.

Del bebé soñado al bebé real: un pasaje emocional y psíquico que comienza con el nacimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)

La motivación de cuidado puede acercarnos inicialmente a un bebé, pero el vínculo no se sostiene sólo en la ternura que producen determinados rasgos. Amar implica reconocer que ese pequeño ser humano tiene su propia subjetividad y respetarlo.

Los pequeños Kewpie permanecerán siempre iguales. Nunca crecerán, nunca enfermarán, nunca llorarán durante horas ni rechazarán aquello que se les ofrece. No tendrán un ritmo diferente del esperado ni harán una demanda difícil de comprender, ni tendrán fiebre. Su expresión permanecerá suspendida para siempre entre lo angelical y lo travieso. Son arte.

Los bebés reales, en cambio, llegan para alterar y cambiar el mundo que los precede, afortunadamente.

El pasaje del bebé imaginado al bebé real es un trabajo de alta complejidad y comienza cuando el deseo de quienes lo esperaban puede transformarse: cuando esa llegada deja de ser solamente portadora de los sueños de una familia o de una comunidad y empieza a ser reconocida como una persona singular, con una vida que es y será siempre de sí mismo.

*Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.